
El guion de la historia de Gustavo Fernández (25) es como el de esas películas de Hollywood que arrancan de manera triste y dramática, pero terminan emocionando hasta las lágrimas.
El flashback se remonta a julio de 1995, cuando el ministro de Economía era Domingo Felipe Cavallo, y Diego Maradona y Claudio Caniggia firmaban contrato para jugar en Boca Juniors.
Por esos tiempos, Gustavo tenía un año y medio y estaba en su casa de Córdoba jugando con su papá, también Gustavo, basquetbolista profesional y cinco veces campeón de la Liga Nacional.
Mientras saltaba de una silla, cayó al piso del comedor. Hacía esfuerzos por incorporarse y no podía. Al principio, su papá y su mamá Nancy pensaron que el nene estaba bromeando, pero los minutos les mostraron que no: a su hijo se le había roto una vena en la médula –los médicos lo llaman "infarto medular"–, provocando que aquel chico que a los ocho meses había sorprendido animándose a correr, nunca más volvería a caminar.

Pero aquella pesadilla, según entienden hoy ellos, "terminó siendo una bendición". Porque Gusti –como lo llaman en la intimidad– comenzó a demostrarle a su familia y a todos que con esfuerzo y coraje todo es posible. Primero se destacó como jugador de básquet, hasta que su padre se retiró de la práctica profesional en Río Tercero.
Entonces, con 11 años comenzó a jugar al tenis, deporte que lo llevaría a la cima del mundo. "No cambiaría nada de mi vida. Si esta discapacidad es el precio que tuve que pagar para llegar a ser lo que soy, me salió barato", señala Gustavo, el mejor jugador de tenis adaptado en la historia nacional y sudamericana. A saber:
Consiguió más de 40 títulos como singlista y ganó cinco de las once finales de Grand Slam que disputó: Roland Garros en 2016 y 2019, el Abierto de Australia en 2017 y 2019; y Wimbledon hace una semana.
También dirimió seis Grand Slam en dobles, obteniendo otro título de Wimbledon en 2015 junto al francés Nicolás Peifer. Es decir, con 25 años, Gustavo jugó 17 finales de Grand Slam. En pareja con Florencia Tagliaferro (23) desde hace una década, y mientras se prepara para el próximo desafío, habla con GENTE:

–Sorprende que digas que no cambiarías nada de tu vida. Un ejemplo para cualquier persona que por ahí tiene una discapacidad y no encuentra consuelo.
–Es que de verdad lo siento así. Lo único que modificaría es todo el dolor que les hice pasar a mis papás cuando se enteraron de lo que me había pasado. Pensá que ellos tenían 25 años, mi edad de ahora: demasiado chicos para tanto sufrimiento.
–Conseguiste lo que ningún tenista argentino: cinco Grand Slam y ser el Uno del mundo. ¿Sos el mejor de la Historia?
–¡No es muy humilde que lo diga yo! (carcajadas). Bueno, Guillermo Vilas ganó cuatro Grand Slam, un Máster, y técnicamente fue Número Uno del mundo, pero son deportes incomparables.





–¿Tus entrenamientos no se parecen a los de un tenista convencional?
–Sí, es verdad. Yo entreno seis días a la semana durante seis horas: dos de gimnasio y cuatro de tenis. Le pongo tanto esfuerzo y sacrificio porque no quiero dar ninguna ventaja. ¡Desde que tengo tres años no me gusta perder a nada!
–Los premios para los que juegan tenis adaptado son muy diferentes a los que perciben los tenistas convencionales. Sin embargo, los gastos son prácticamente los mismos. ¿Cómo hacés para afrontarlos?
–Es complicado… Cuando gané Australia este año, la diferencia entre el campeón de tenis adaptado y el convencional era abismal. Yo cobré el 0,3 por ciento de lo que se llevó Novak Djokovic en el single masculino. Y ahora, para afrontar Roland Garros, lo hice en una silla que me recicló Fernando San Martín, mi entrenador. Una nueva cuesta cerca de diez mil dólares. Para mí es imposible comprarla.
–¿Imposible?
–Calculá que para ir a los torneos pago los pasajes con parte de los premios que gano, aparte del apoyo que me dan el ENARD (Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo) y algunos sponsors privados como el Banco de Córdoba, Nativa Seguros y Fidumtec, una empresa de soluciones integrales de comunicaciones.

–¿Qué sentiste cuándo ganaste Wimbledon, uno de los Grand Slam te que faltaba como singlista?
–"¿Ganar Wimbledon?… Ni siquiera lo había soñado. Significa muchísimo para mí. Es difícil expresarlo con palabras, pero estoy feliz de compartirlo con mis seres queridos, mi novia y toda la gente que me apoyó
–Llegás al próximo torneo siendo el Nº 1. ¿Te bancás la presión de ser el hombre al que todos le quieren ganar?
–Estoy acostumbrado (risas). No lo siento como una presión, todo lo contrario. Estoy contento de ser el mejor del mundo: un premio para mi familia, que tanto esfuerzo hace para que yo pueda seguir jugando.
Por Sergio Oviedo con Pablo Procopio.
Fotos: Julio César Ruíz, archivo Editorial Atlántida e Instagram de G.F.
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