
Francisco de Goya fue considerablemente longevo para su época. Nacido en marzo de 1746 en Fuendetodos (Aragón), murió en Burdeos (Francia) el 16 de abril de 1828, a los 82 años.

La suya no fue una vejez del todo saludable. Unos años antes, había quedado sordo y tenía muchas dificultades de visión. Además, siendo ya bastante mayor, tuvo que exiliarse en Francia. Pero su espíritu y su genio permanecían indoblegables. No dejó de pintar hasta el final. Además, fue innovador también en sus últimos años, incluso más, y es por ello que sus obras recorren todos los estilos y corrientes de la época e incluso se adelantó a muchas de esas tendencias: romanticismo, neoclasicismo, impresionismo, expresionismo y hasta surrealismo.
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El poeta francés Charles de Baudelaire ubicaba a Goya entre los grandes de la pintura de la historia: Rubens, Leonardo, Rembrandt, Miguel Ángel, Delacroix…
Sobre el pintor aragonés, escribió: “Al final de su carrera, los ojos de Goya se habían debilitado al punto de que, según dicen, había que afilarle los lápices. Sin embargo, aun en esa época, hizo grandes litografías muy importantes, planchas admirables, vastos cuadros en miniatura, otra prueba en favor de esa ley singular que preside el destino de los grandes artistas y según la cual como la vida se gobierna a la inversa de la inteligencia, ganan por un lado lo que pierden por otro, y van así, siguiendo una juventud progresiva, reforzándose, remozándose y creciendo en audacia hasta el borde de la tumba”.
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Quizás sea por ese espíritu, nunca envejecido, que, a los 69 años, Goya se autorretrató como un hombre de 50 años, incluso menos.

Goya pintó este óleo en 1815, el año de la Restauración absolutista en Europa, y una época en la cual el pintor se alejó de la vida social y de los ambientes políticos que alguna vez había frecuentado intensamente. Poco después, se retiró al campo.
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En el retrato, se lo ve vestido de entrecasa, no tiene una pose estudiada, y la expresión de su rostro es muy natural. Solo los rasgos son los de una persona bastante más joven de lo que era Goya en ese momento. A juzgar por la vitalidad de que hizo gala en ese tiempo y en los siguientes años, se puede pensar que el autorretrato es el reflejo de como se sentía Goya: no habrá sido el pintor aragonés el primer adulto mayor en autopercibirse mucho más joven de cómo lo veían los demás o de lo que indicaba su aspecto físico.
Ahora bien, en 1826, accedió a posar para un retrato que realizó Vicente López Portaña, es decir, cuando ya tenía 80 años, lo que permite darse una idea de cómo habría sido realmente diez años antes.
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En su vejez, si podemos considerar tal a los 60 y pico, Goya no cesó de buscar la perfección, a la vez que se renovaba constantemente. En 1810, cuando se produjo la ocupación francesa de España, Goya, que entonces tenía 66 años, empezó a registrar las sangrientas escenas de las que fue testigo en las 85 planchas de grabado, técnica que él había introducido en Españal, de la serie llamada Los desastres de la guerra.

En 1823, cuando se desató en España el Terror blanco —la reacción absolutista contra los intentos de reforma liberal de los tres años anteriores- Goya marchó al exilio. Llegó hasta París pero finalmente se instaló en Burdeos. Tenía 77 años.
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El dramaturgo y poeta Moratín, que era muy amigo de Goya, escribió: “Llegó viejo, sordo, debilitado, sin saber una palabra de francés, sin un criado... y sin embargo muy satisfecho y deseoso de ver el mundo”.

No paró de pintar aunque para lograrlo tenía que usar varios anteojos superpuestos y hasta una lupa. Pese a las dificultades en esta época produjo varias series de litografías: Los toros de Burdeos, El amor, Los celos, La canción andaluza, etcétera.
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El tema de la vejez aparece con frecuencia, y en varios casos con una mirada que hoy sería reprobada por el feminismo. Goya pinta la fealdad de las mujeres viejas pero poniendo el acento en su intento de todavía parecer bella que pareciera resultar patético al pintor. Digno de lástima, pero también de burla.

Una mujer que se arregla y se mira al espejo mientras varios jóvenes la espían y ríen sin mucho disimulo. La leyenda “Hasta la muerte” podría interpretarse como un comentario sobre la coquetería femenina que no tiene edad. Pero la mirada socarrona del entorno indica reprobación.
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En otro cuadro, dos mujeres ancianas, vestidas y acicaladas de modo muy exagerado, que contrasta con el rostro envejecido; también ellas miran su imagen reflejada en un espejo mientrras que por detrás se yergue la imagen siniestra del tiempo con una escoba en la mano.

La mirada de Goya, aunque realista, es cruel. Su pintura evoca aquel verso del tango —“flaca, fanée y descangayada…”—, ese que relata el impacto del que se reencuentra con un antiguo amor y en ella ve las huellas crueles del tiempo y ya sabemos que hay un juicio mucho más lapidario con la estética femenina que con la masculina en la vejez. En esto Goya no es excepción.
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De todos modos, cabe decir que no sólo pintó a mujeres envejecidas. En uno de sus grabados se ve a un anciano de barba blanca con bastones y una leyenda que dice “Aún aprendo”, que algunos interpretan como una forma de reírse de sí mismo y de su voluntad de renovarse siempre.

Sin embargo esta pintura puede también ser vista como una declaración de su voluntad de seguir siempre adelante, a pesar del paso del tiempo.
En todo caso, Francisco de Goya fue ejemplo de una longevidad activa, que causó admiración en sus coetáneos y dejó un legado invaluable, surgido de su talento inagotable y multifacético.
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