
Durante años, Ángel “Chiche” Scaloni manejó de noche. Cargaba cereales, piedra o lo que apareciera. Dormía poco. A veces llegaba a Pujato después de varias horas de ruta, se bajaba del camión, buscaba a sus hijos y volvía a salir. El destino ya no era un campo ni una planta cerealera. Era Rosario. Junto a él viajaban Lionel y su hermano Mauro, dos niños que soñaban con jugar al fútbol.
Tres décadas después, Lionel dirige a la selección argentina en el Mundial de Estados Unidos, Canadá y México. En la víspera del partido ante Austria, por la segunda fecha del Grupo J, el entrenador vuelve a estar en el centro de la escena. En el Día del Padre, la historia encuentra otra figura. Porque detrás del técnico campeón del mundo aparece la figura de un hombre que trabajó toda la vida para que sus hijos tuvieran las oportunidades que él nunca tuvo.
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“Mi viejo originalmente trabajaba en el campo. Era peón de estancia. Después se compró un camión y siempre fue camionero”, contó Scaloni en una entrevista televisiva.
La historia de Chiche se parece a la de muchos hombres del interior productivo argentino. Empezó trabajando para otros. Más tarde compró una parte de un camión. Después adquirió el vehículo completo. Con los años armó una pequeña empresa familiar de transporte. En Pujato, una localidad santafesina de 4.000 habitantes donde hay casi un camión cada diez personas, el transporte de cargas forma parte de la identidad colectiva.
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La relación del pueblo con la actividad es tan profunda que cada año organiza la Fiesta Provincial del Transporte, un encuentro del sur santafesino. Durante varios días, miles de visitantes llegan desde distintos puntos del país para participar de exposiciones, rondas de negocios y actividades familiares que celebran dos de los motores económicos de la región: la agricultura y el transporte. Para los habitantes de Pujato es una manera de contar quiénes son y cómo construyeron el crecimiento de la localidad.
El pueblo de los camioneros
Mientras, por las calles del pueblo todavía circulan historias sobre aquellos viajes interminables con sueños futboleros. El DT recuerda uno hacia Córdoba para buscar piedra.
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“¿Cuánto falta, papi?”, le preguntaba Lionel a Chiche. La respuesta nunca cambiaba. “Un ratito y llegamos”. Pero ese ratito podía durar horas. Los camiones de entonces avanzaban a otro ritmo. Cargados con 30 toneladas, enfrentaban los semáforos de la vieja ruta 9 y volvían a arrancar lentamente, marcha tras marcha.

“Venía con 30.000 kilos y salía en primera, segunda. Iba a 35, 40 y 45 kilómetros por hora. 50 era mucho. Ahora los camiones van limitados, pero si pudieran irían a 100”, cuenta. La escena quedó grabada en su memoria: la ruta interminable, el ruido del motor, la espera y la figura de su padre al volante, que sumaba kilómetros mientras su hijo aprendía a conocer el país desde la cabina de un camión.
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La anécdota ayuda a entender una infancia atravesada por las rutas y la paciencia.
Pujato era entonces un pueblo tranquilo construido alrededor del trabajo. Campos, silos, talleres mecánicos y transportistas marcaban el ritmo cotidiano. Allí crecieron Lionel y su hermano Mauro.
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Cuando Lionel comenzó a destacarse en las inferiores, Chiche multiplicó esfuerzos. Manejaba durante la noche y muchas veces, apenas llegaba, llevaba a sus hijos a entrenar.
La familia entera acompañó ese recorrido. La madre, Lali, sostuvo la vida cotidiana mientras los viajes se hacían cada vez más frecuentes. En Pujato todavía la nombran con familiaridad. Los vecinos hablan de ella como una integrante más de la comunidad. Lo mismo ocurre con Chiche. La relación con el pueblo no cambió.
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“Encontrarte con Chiche o con Lali en la verdulería es normal”, dice Daniel Quacquarini, presidente comunal de Pujato. El fútbol apareció temprano. Lionel empezó en Matienzo, el club del barrio Las Ranas. Allí su padre fue dirigente, colaborador y entrenador.
Chiche había jugado como arquero en Matienzo, siempre a la sombra de Dalmasio, una figura histórica del club que todavía hoy es recordado en Pujato. Cuando Lionel empezó a jugar, asumió el rol de entrenador y lo dirigió en las infantiles. "Mi primer técnico fue él“, recuerda. Por entonces compartía equipo con su hermano Mauro, dos años mayor, aunque muchas veces terminaba compitiendo en categorías superiores.
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Los viajes para sostener el sueño
Después llegó Rosario Central, donde jugó durante un año, y más tarde Newell’s. El talento estaba, pero Scaloni está convencido de que eso no alcanzaba para construir una carrera.
“La mayoría de los pibes que llegan te van a decir gracias a sus padres. En mi caso te diría que el 100%“, afirma. Mientras muchos chicos abandonaban por las dificultades de viajar desde los pueblos hasta Rosario, Chiche hacía un esfuerzo extra. Después de manejar durante horas, frenaba en Pujato, buscaba a sus hijos, los llevaba a entrenar y retomaba el trabajo. “Lo hizo infinidad de veces”, dice.
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Aquellos trayectos eran parte de una rutina exigente. Si nadie podía acercarlos, quedaba hacer dedo sobre la ruta y confiar en algún camionero o vecino que viajara hacia los pueblos de la región. “Muchos no llegaron porque no tenían a nadie atrás que los acompañara”, reflexiona Scaloni. Cada entrenamiento implicaba tiempo, combustible, cansancio y una convicción compartida.

Jugar en Matienzo implicaba que todos hacían de todo. El que un día cocinaba los chorizos para venderlos en los partidos de la Liga Casildense al siguiente marcaba una cancha o dirigía una categoría infantil. Chiche formaba parte de ese entramado comunitario que sostenía al club.
Alberto Gianfelici, uno de los entrenadores de aquellas épocas, todavía recuerda al niño que se quedaba hasta la madrugada jugando a la pelota: “Scaloni sabía con la pelota, pero tenía un temperamento y un corazón que era un plus que muchos chicos no tienen”.

Ese carácter apareció muy temprano. Los amigos de la infancia recuerdan a un adolescente inquieto, competitivo y obsesionado con el fútbol. Mientras otros salían los sábados por la noche, él prefería acostarse temprano para entrenar al día siguiente.
“No teníamos el pensamiento de llegar a Europa. Jugábamos porque nos gustaba. Era una pasión", dice el DT. Los viajes a Rosario para entrenar en Newell’s se convirtieron en rutina. Muchas veces los hacía con su padre. Otras, como podía. Eran años en los que el sueño parecía lejano y el esfuerzo era una condición.
Aquella enseñanza quedó grabada.
“Mi viejo siempre me dijo que había que tirar para adelante, aunque haya críticas. Que nunca mirara para atrás”.

El consejo del padre en la selección
Décadas más tarde, cuando asumió la conducción de la selección argentina después del Mundial de Rusia, ese consejo volvió a cobrar sentido. La designación generó desconfianza. Lo cuestionaban por su falta de experiencia. Lo criticaban por las convocatorias y por las decisiones tácticas. Desde Pujato, amigos y familiares seguían cada comentario.
"No le den bola. En los medios siempre hay show. Nunca se puede convencer a todos", era la respuesta de Scaloni.
Con el tiempo llegaron los resultados. La Copa América en el Maracaná, la Finalissima y el Mundial de Qatar transformaron aquellas críticas en reconocimiento. En Pujato aparecieron murales, carteles y homenajes. Pero el entrenador siguió refugiándose en los mismos espacios: “Cuando piso Pujato no me muevo. Estoy bien acá, con mis viejos, con mi familia”.
La familia ocupa un lugar en su vida. Casado con Elisa Montero, formó su propio hogar durante los años que vivió en España. Juntos tuvieron dos hijos, Ian y Noah. Aunque evita exponerlos públicamente, suele mencionar que la paternidad modificó muchas de sus prioridades y de su manera de entender el éxito.
La experiencia también le permitió mirar a su padre desde otra perspectiva: “Cuando sos chico no te das cuenta de todo lo que hacen tus viejos. Con los años lo valorás mucho más”.
La humildad, el compromiso con el trabajo y la importancia del grupo son conceptos que atraviesan tanto su vida familiar como su conducción de la selección.
“No me cuesta estar en un galpón, comer un pollo al disco o andar entre las máquinas. Es lo que mamé de chico”.
Corina, la hermana menor, eligió un camino diferente. Ella construyó su propio proyecto vinculado a la gastronomía y la pastelería. Durante años trabajó desde el quincho de la casa familiar en Pujato hasta abrir su propio local. Aunque la exposición pública llegó por el apellido, su historia también refleja la cultura del trabajo.

Mientras Argentina se prepara para enfrentar a Austria, la historia de Lionel Scaloni puede narrarse desde aquellos viajes y entrenamientos. Es que siempre hubo una estructura familiar que sostenía cada paso.
Esa unión quedó retratada en 1997, cuando Lionel integró la selección sub 20 que conquistó el Mundial de Malasia. Tenía 19 años y micrófono en mano, entrevistó para la televisión a sus propios padres después de la consagración. Chiche dijo: “Tenemos el orgullo de tener este león en el equipo”. A su lado estaba Lali.
La imagen retrataba a una familia de Pujato que veía cómo el esfuerzo de Chiche, el acompañamiento de Lali y el apoyo entre Mauro, Corina y Lionel encontraban una recompensa que parecía lejana.

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