Generaciones criadas en los años 60 y 70: ¿tienen más fortalezas mentales que los jóvenes de hoy?

El esfuerzo como algo normal y la capacidad para dejar de lado las emociones y concentrarse en el trabajo o el estudio, son rasgos psicológicos atribuidos a los +60. “Hoy todo es psicologizable. Lo que antes eran cuestiones de la vida, hoy están en los manuales de diagnóstico y tratamiento”, dice un especialista

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Hombre con barba gris estirando los brazos hacia adelante con las manos entrelazadas, sentado en una silla en una oficina con más personas trabajando
La psicología sostiene que las personas criadas en los años 60 y 70 tienen fortalezas mentales que no existen en las generaciones más jóvenes (Freepik)

Mayor contacto humano directo, menos distracciones digitales y la asunción de responsabilidades desde temprana edad determinan el carácter de las personas que crecieron medio siglo atrás o un poco más.

“Muchos ven los años 60 y 70 con nostalgia: calles sin teléfonos inteligentes, comunidades más unidas y rutinas más lentas —escribió el periodista Nacho Viñau, en trendencias.com— Pero, desde una perspectiva psicológica, ese contexto histórico no solo marcó una época cultural; también moldeó la manera en que quienes crecieron entonces pensaban, sentían y resolvían problemas. Lo que hoy llama la atención de psicólogos y sociólogos no es la idealización de ese pasado, sino la constatación de que ciertas fortalezas mentales que se formaron entonces son menos frecuentes en generaciones más jóvenes”.

Ese estilo de vida de los años 60 y 70 también determinó las habilidades cognitivas y emocionales de esas generaciones en tres áreas, afirma el artículo: capacidad de afrontamiento (las estrategias que usa una persona para gestionar demandas percibidas como excesivas para sus recursos), control interno (gestión de emociones) y atención (concentración).

Entre las fortalezas mentales de las personas que crecieron en los años 60 y 70 y que son raras hoy en día está la capacidad de atención profunda y de concentración por largos períodos, que se está perdiendo porque “la estimulación digital constante ha reconfigurado nuestro cerebro”.

El esfuerzo era visto como algo normal, incorporado a la cotidianeidad —deberes de la escuela, tareas en el hogar, etc—; las recompensas eran diferidas y no inmediatas de acuerdo al capricho del momento.

Las relaciones cara a cara obligaban a manejar emociones, a controlar reacciones, mientras que la virtualidad nos permite eludir o poner distancia y deshumanizar los vínculos.

Otra fortaleza de esas generaciones es la capacidad para dejar de lado las emociones y concentrarse en el trabajo, la escuela, etc. Aprendían a no tomar decisiones en caliente y desarrollaban una mayor tolerancia a la frustración.

Esa fortaleza psicológica no contaba con ayuda externa sino que derivaba de la propia experiencia (hoy todo se hace con acompañamiento psicológico: primer día de clase, mudanza, ruptura amorosa, etc, etc)

“Por supuesto que claramente hay muchas diferencias entre ambas franjas etarias, tanto la gente de antes —yo mismo estoy cumpliendo 67—, y los chicos de ahora, pero hay una versión linda y otra fea de cada una de esas generaciones”, responde ante la consulta de Infobae, Miguel Espeche, psicólogo y psicoterapeuta especialista en vínculos (M.N. 10199).

Una red de 130 talleres de todo tipo coordinados por voluntarios mejora el estado anímico de una comunidad
Miguel Espeche

“Antes había mucha prepotencia, había más violencia, Había una violencia culturizada. Había habido guerras poco tiempo antes. Pero también es verdad que, justamente por esas durezas, si no por una política deliberada de educación, sino porque la vida era así, cruda, no sé si fuimos educados o nos educó la vida, de forma tal que la tomábamos como venía, sin cuestionarla tanto. No estaba la idea de que había una vida mejor que la que estábamos teniendo, a la que podíamos acceder de un salto, sino que si accedíamos a algo bueno era atravesando vicisitudes y dificultades. Eso nos hizo más dúctiles, también a veces más callados, más reprimidos en cuanto a las emociones, pero menos proclives a la queja, a que nos tocan y pedimos foul y penal”.

Muchos recordarán la polémica que se generó cuando en una entrevista con Jorge Lanata en Radio Mitre, la periodista María Julia Oliván (Borderperiodismo) dijo: “Hay una generación de cristal a la que se le muere el gato y deja de trabajar”.

Se estaba refiriendo al compromiso laboral de los jóvenes muchas veces supeditado a cuestiones de la vida personal que, en los tiempos en que se formaron los silvers de hoy era impensable que pudieran anteponerse al cumplimiento de las obligaciones.

Y la expresión generación de cristal aludía justamente a la supuesta fragilidad de los nativos digitales para enfrentar los avatares de la vida.

Esta “generación de cristal” abarca en realidad a dos: los millennials (generación Y, nacidos aproximadamente entre 1981 y 1996) y los centennials (también llamada generación Z nacidos aproximadamente entre 1997 y 2010-2012 ); los primeros crecieron ya en esta era tecnológica y los segundos son nativos digitales.

Miguel Espeche decía por aquel entonces a Borderperiodismo que “el rango de la tolerancia a la frustración” había cambiado “en relación a generaciones anteriores”.

Ahora Espeche señala a infobae que el tema tiene aristas positivas y negativas: “En la actualidad los chicos tienen la posibilidad de una mayor conciencia de sus emociones. Amplifican el abanico de lo emocional que les permite una mayor expresividad, pero también corren el riesgo, o más que riesgo, es lo que pasa, de quedar presos de lo emocional y no poder salir de ello. Entonces, les duele algo y parece que es el fin del mundo, y es como si alguien tuviera la culpa de que les duela algo. No es que la vida tenga dolores, es que alguien hizo algo mal para que les duela”.

Generación Z y Generación Silver
Generación Z y Generación Silver (Freepik)

La contrapartida de esto es que esa actitud “en ocasiones permite que, por ejemplo, en el plano laboral, tengan algunos instrumentos mayores para no ser tan explotados; o no se compran cualquier buzón en cuanto a dar la vida por una empresa y después ser traicionado por ella, por ejemplo, a la hora de un despido”. agrega Espeche.

“La idea de que la psicología es una especie de panacea, una receta existencial, ha cundido —sigue diciendo Espeche—. Es un regio negocio para los psicólogos, que genuinamente han aportado un montón de cosas, pero también se exagera. Y esa es la versión oscura de la nueva generación, que todo es psicologizable. Todo es proclive a ser diagnosticado. Lo que antes eran cuestiones de la vida, hoy están en los manuales de diagnóstico y tratamiento con nombre y apellido como patologías.”

“No nos obligaban a controlar emociones y reacciones —dice Susy, 73 años, en reacción al postulado de las fortalezas mentales de su generación—. En mi experiencia me enseñaban respecto a obligaciones y a reaccionar como una persona bien educada”. “Por supuesto yo no lo logré porque muchas veces no contengo mis reacciones —ironiza—. Quizás porque en el ámbito donde trabajé aprendí a no callar y protestar por cosas injustas”.

“Salvo lo de que ‘obligaban a controlar emociones’ que hasta ahora, en mi ancianidad, son una lucha constante, con lo demás total coincidencia”, coincide Graciela, que es abogada y también de 73. “Lo relativo a nuestra generación es totalmente acertado. Tengo cuatro hijos y aunque no puedo opinar de todos por igual, no puedo generalizar, lamentablemente coincido con lo expresado y mucho tiene que ver con el sistema de vida actual”, sostiene Celia.

Generación silver: adultos con padres ancianos

Dos antiguos camaradas de una misma escuela, que hoy rondan los 67, difieren un poco en el recuerdo. “Si bien estoy en un gran porcentaje de acuerdo con lo planteado, tomemos en cuenta aspectos negativos de nuestras vivencias -dice Juan—. Matrimonios unidos solo para evitar comentarios, poca flexibilidad docente con respecto a discutir posiciones, patriarcados fuertes al límite de la monarquía, castigos físicos como herramienta de educación en el hogar, etc. Y creo que en el afán de corregir estas costumbres, se ha derivado en un movimiento pendular que tampoco es saludable y se crean generaciones con poca y nada resistencia al fallo o al fracaso, que toman atajos para evitar esfuerzos, que idealizan personajes hasta el fanatismo y tienen comportamientos egoístas”.

Ricardo en cambio cuenta que hace poco, en una reunión con sus compañeros de primaria recordaban a un director que se paseaba con un bastón y daba bastonazos en la cabeza de los indisciplinados: “Pero hablábamos del lindo recuerdo que teníamos de eso, eran bastonazos sin lastimarte, un golpecito en la cabeza, y lo recordamos amorosamente. Es una nota de color, pero que confirma un poco todo esto, y cuanto cambió hoy en día. Eso sería impensable hoy, vas preso directamente. Pero es un giro de 180 grados y parece que a los chicos hay que cuidarlos de cualquier cosa y todo es con algodones.”

Ahora bien, lo paradójico es que parte de esa fragilidad que se atribuye a la generación de cristal es resultado de la misma actitud de los silvers.

“Los padres creen que tienen que darle a los hijos lo que ellos no tuvieron —dice Miguel Espeche—. Eso es un gravísimo error, porque en vez de mirar a sus hijos y percibir y tomar contacto con lo que genuinamente necesitan, se están viendo a sí mismos proyectados en su progenie. Entonces, hay como una pared que obtura el contacto real. Si yo no tuve juguetes, lleno de juguetes a mi hijo y no me fijo a ver si realmente es eso lo que le hace falta. Si a mí nunca me alzaban de chico, llevo a upa a mi hijo aunque tenga 25 años. Y así muchas cosas por el estilo”.

Espeche también relaciona esto con la desautorización o el desafío a los maestros: “Hay también una suerte de venganza con el autoritarismo de antaño que pagan los maestros. La violencia que se ejerce contra ellos, las piñas que a veces ligan, son las piñas que el niño que hoy es padre le hubiera querido dar a algún maestro, posiblemente a uno autoritario, pero se la guardó 25 ó 30 años para dársela al primer maestro que se le cruce y le ponga límites a su propio hijo”.

“Los padres —sigue diciendo el psicólogo— tienen una enorme exigencia de ser perfectos. Hay manuales sobre cómo ser perfectos. Y ser perfectos significa honrar al dios consumo y evitar cualquier frustración en sus hijos. Además, el hecho de que haya pocos hijos sobrecarga la función. Es paradojal. Antes quizás los padres hacían lo que les salía y a veces les salía bien, otras no tanto. Hoy hay una idea de que existen protocolos de procedimientos a la hora de criar hijos y hay que cumplirlos”.

Generación Silver
Existe una gran presión por ser padres perfectos

Incluso vincula esto con la caída de la natalidad: “Es tanta la presión por la perfección y la idea de que hay que estar tan sometidos a los hijos, más la presión económica, que esto hace que no haya hijos, que no se los tenga.”

Y si se los tiene, se los sacraliza. Lo explica así: “Otro elemento a tener en cuenta es que ante la caída de valores y de lo religioso, de Dios o de aquello que es valioso, fijo o inamovible, e irrefutable, quienes han tomado ese lugar de lo irrefutable, de aquello por lo cual uno daría la vida, son los hijos. Se ha entronizado a los hijos como dioses. Hay una canción de Shakira, que no le voy a cantar para no perder toda seriedad profesional, dedicada a los hijos que parece una oración a un dios. Diciéndole al hijo que él es todo.”

Y señala las consecuencias que ello puede tener para las jóvenes generaciones: “Imagínese la presión de un hijo de ser todo para sus padres y ser lo absoluto, lo único absoluto en un mundo relativo que tienen esos padres. Eso genera una gran confusión en los hijos, que a veces se creen ellos mismos dioses y eso los abruma. No es que están felices. Preguntarle cada día al chico qué quiere comer no es darle poder al chico, es darle una atribución que no le corresponde, que lo abruma y le hace saltear etapas, porque ahora uno que es grande sabe que cada tanto es un alivio que alguien decida por uno, porque son tantas las cosas que hay que decidir cuando uno es adulto”.

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