
Este artículo pretende ser un elogio del cuento, de una misión a la que quizás no se le presta la atención merecida por parte de los padres y aun de los docentes, y que es también una amorosa tarea muy propia de los abuelos.
Porque en la serenidad del otoño de la vida, ellos son los depositarios de una memoria colectiva que pueden transmitir también como los principales protagonistas de una narración que brinde un sentido más pleno a la existencia humana que la que ofrece tantas veces la lógica del mercado y el consumismo.
Entre las situaciones que más disfrutaban los niños de mi generación, qué duda cabe, una era aquélla en la que los padres les contaban o les leían cuentos a sus hijos, preferentemente antes de dormir. Algunos de estos relatos, los menos, pero también los más apreciados, eran los de factura casera, o sea los inventados en vivo y en directo.
El protagonista de una de estas narrativas que nos brindaba mi padre en las frías noches de invierno era el sabio loco, que invariablemente incluía la expresión -para mí ininteligible, pero siempre atractiva e inolvidable- de palabras mágicas que parecen onomatopeyas como “refurrefurrequecu”. Era un término dotado de un misterioso contenido que le confería al relato un seductor aire de fascinación. Proferirlo en el momento apropiado conjuraba el peligro desesperante e inminente que aseguraba la salvación, lo que no es poca cosa.

Por algún motivo que ignoro se han dejado de usar esas expresiones marginales que no estaban en el diccionario, como “abracadabra” (antiquísimo conjuro cabalístico) o el moderno estribillo “mantantirulirulá”. Reconozco que hoy pueden parecer naives, y hasta ridículas a los oídos actuales, pero albergaban la atracción del misterio. Desde luego que no nos resolvían la vida. Sin embargo, tenían un particular encanto. Por eso esta nota es también un elogio de lo inútil y un homenaje a esas palabras que no servían para nada.
Enseñar sin aburrir
María Elena Walsh, una de las más importantes y talentosas cuentistas para niños, utilizó en sus canciones-cuento un lenguaje que aún goza de gran aceptación en el mundo infantil. En Argentina no puede dejar de mencionarse la obra de Constancio Vigil, entre tantos otros.
En la historia y desde muy antiguo, cuando estos relatos tenían una referencia moral, se denominaban fábulas, como Las fábulas de Esopo de origen griego, que leía resumidas en El Tesoro de la Juventud y en las que siempre había una enseñanza moral. Los maestros que se quejan de que los alumnos se aburren, deberían recordar que los niños también pueden aprender mucho con los cuentos y no solamente en las fábulas, también escuchando a sus abuelos.

En los cuentos de antaño, al revés de la realidad, siempre ganaban los buenos. Qué maravilla contemplar al bien allí donde tiene que estar. Los buenos eran salvados por el héroe, un personaje central en tantos mitos y leyendas de todos los pueblos, allá desde la más remota antigüedad.
Me da la impresión de que la desaparición del héroe de la literatura infantil y de las películas (e incluso su sustitución por el antihéroe) es uno de los factores que más han gravitado en el correlativo eclipse del compromiso entre las nuevas generaciones, sobre todo los que son más arduos de asumir, aquéllos en los que merece la pena jugarse el pellejo.
Otro cuento que creí durante muchos años fuera el producto de la creatividad paterna pero que después comprobé con cierta desazón que pertenecía a la tradición andaluza (mi abuela lo era) y que también gozaba de nuestras preferencias, se llamaba El tragaldabas. Este era un relato de terror que nos llenaba a mí y a mi hermano de un verdadero temor cada vez que escuchábamos la admonitoria, temida y ritual advertencia: ”Pequeña, por pequeña, / no vengas acá, / que soy el tragaldabas / y te voy a tragar”.
El miedo siempre ha sido un contenido casi imprescindible en los cuentos para niños (y para grandes) que ya son clásicos o tradicionales, como Hansel y Gretel, Los Tres Chanchitos, Caperucita Roja o La Cenicienta. Es el miedo el que inyecta el gas pimienta de una emoción paralizante al relato, pero ya se sabe que sin emoción no hay cuento.

Otro cuento que recuerdo me provocó un particular sufrimiento fue De los Apeninos a los Andes, de Edmundo de Amicis, la enternecedora historia de un niño viajero, solo y en tierra extraña. La moderna pedagogía ha predicado una cruzada contra esa característica que a la luz de la sensibilidad actual se veía como algo cruel y gratuito, seguramente inspirado en el deseo de evitar padeceres innecesarios a los tiernos infantes, dañando su delicado psiquismo. Sin embargo, esos contenidos hoy vituperados tenían un valor que era mostrar que el dolor y la dificultad no son un absurdo que debemos negar u omitir de nuestra existencia, sino que es algo que debemos asumir como intrínseco a la vida humana.
Podría pensarse que todo esto es una realidad del pasado, porque está a la vista que los niños de hoy leen mucho menos, al punto que esta queja de padres y maestros se ha convertido en un lugar común. Sin embargo, las secciones de las librerías que exhiben cuentos para niños se ven rebosantes de ejemplares, lo cual me introduce una cierta perplejidad en el punto y no encuentro una explicación a esa abundancia y seguramente me llevaré la duda a la tumba.
La identidad como paradigma de una tradición
¿Quién no tiene un recuerdo entrañable de los libros leídos en su niñez? Durante mi infancia me encantaba asaltar los volúmenes de cuentos para niños (y hasta otros para grandes), pero lo que más me gustaba, como suele atraer la fruta prohibida a cualquier hijo de vecino, era hurtarle sigilosamente a mi madre un grueso volumen de relatos y leyendas populares latinoamericanas, recopiladas por el ilustre tucumano Rafael Jijena Sánchez, fundador de la primera cátedra de Folklore de la Argentina. El título de esta fuente literaria de mi felicidad era Los cuentos de mama vieja, que ella siendo docente, empleaba asiduamente en sus clases.

Muchos años más tarde comprendí por qué me gustaban tanto aquellos cuentos de ambiente tradicional que referían tiempos pasados, pero que sin embargo albergaban algo importante para decir al presente. A diferencia de los cuentos clásicos de los grandes autores como Andersen, Perrault o los Hermanos Grim que eran alemanes, franceses o daneses, y que pintaban panoramas extraños y artificiales, estos otros no eran sólo el fruto del ingenio de un escritor individual (aunque ellos también recopilaron cuentos populares, pero del folklore europeo) sino que eran el resultado de la decantación de una añeja tradición oral.
Pero ese legado tradicional estaba construido con otros personajes que no eran hadas o seres maravillosos, sino seres de la fauna y del imaginario regional. Eran una parte de la propia historia y la propia cultura porque constituían la expresión viva de una creación colectiva de los pueblos autóctonos latinoamericanos.
¿Qué me cautivó de aquellas narraciones? No me di cuenta entonces, pero fue precisamente ese ambiente local en el que estaban engarzadas, sin pelucas empolvadas ni cetros de oro. Ellas tampoco hablaban de un mundo lejano y extraño pletórico de dragones, gigantes y palacios encantados, sino de una vida mucho más próxima y real.
Por el contrario, estas otras narrativas estaban pobladas de paisajes y personajes cercanos, provenientes de la campaña interior del país y de la región, que presentaban un panorama donde se percibía el costumbrismo criollo, el mestizaje indígena y la tradición europea, todos ellos contenidos propios del mundo americano.

Allí estaba presente un aliento cálido que -lo supe mucho más tarde- era el folklore, era una presencia viva del pueblo, también de sus creencias y de su fe. De ahí esa autenticidad que percibía sin ser consciente de ello, y que me brindó la enseñanza de un modo de ser. Eran relatos que reflejaban con fidelidad las costumbres y los quehaceres de la gente humilde y sencilla que habita mi país y los países hermanos.
Pero sobre todo -y esto es lo importante- transmitían unas identidades de color local y para decirlo genéricamente con el título de un ensayo de José Luis de Imaz, conformaban también una verdadera identidad iberoamericana.
Cuando me casé y tuve hijos, me procuré una nueva edición del libro, porque la original había quedado extraviada en medio de las mudanzas de la vida, y fue así que les leí nuevamente aquellos viejos relatos junto a los que recordaba de mi infancia y a los que yo mismo extraía de mi imaginación. Pero mis hijos se hicieron grandes y entonces llegaron los nietos. La vida seguía su andar.
Como el uso había acabado por descuajeringar el ejemplar de esos cuentos maternales, quise comprar otro, pero ante mi desazón comprobé que la obra de Jijena Sánchez estaba agotada. Entonces surgió una posibilidad inesperada, cuando fui coordinador del fondo editorial de una fundación española que admitió mi iniciativa de reeditarlo. Gracias a esto, una nueva generación conoció aquellos cuentos de raigambre latinoamericana, algunos de ellos inculturaciones de los originales europeos.

Historia de un querer
No puedo dejar de decirlo, aunque sea algo muy personal. Este recuerdo está inevitablemente asociado a Oli, esa niñita pizpireta que nada más traspasar la puerta de entrada de mi casa se dirigía a buscar el susodicho libro, y ante mi jolgorio interior lo depositaba amorosamente en mis manos, ansiosa, para que se lo leyera, con una característica muy original, porque ella todavía no sabía leer, pero a fuerza de escucharlo se lo sabía de memoria.
Entonces, acurrucada entre mis piernas, y como si fuera un tesoro, abría cuidadosamente el texto en su cuento preferido que era La Cucarachita Mandinga y recorría con devoción esas benditas páginas con la relación de la secuencia narrativa, como si las estuviera leyendo, aunque en realidad no podía hacerlo y todo era una simulación. Era muy gracioso verla declamar con sus énfasis propios esa historia que le fascinaba.
Dios sabe más, porque al poco tiempo se la llevó al cielo sin aviso, pero la cucarachita mandinga se quedó con ella en mi vida, del mismo modo que Oli se quedó para siempre en mi corazón. Por eso se puede decir que su recuerdo está asociado a mi vocación de cuentista. El dolor es la piedra de toque del amor y ese es precisamente el motivo por el que me gusta pensar que con Oli me gradué de abuelo.
La Cucarachita, como tantos otros cuentos, es una narración transcultural que ha venido siendo transmitida por comunicación oral durante siglos, que como tal tiene diferentes versiones según los países y ha sido objeto de numerosos estudios antropológicos y filológicos.
Se trata de una obra que data de muchos cientos de años a la que se atribuye un origen africano y se presume que de España se difundió en toda Latinoamérica, también en nuestro país. La versión más antigua que se conoce corresponde a Perrault y el texto es un campo de investigaciones analíticas de diversa especie que no es del caso mentar aquí.
Los cuentos nos transportan a un mundo maravilloso, que no existe, es verdad, pero que nos permite tocar la magia de lo extraordinario como si fuera real, al menos por unos instantes. Es una alquimia que pretende convertir todo lo que toca en oro, lo real en ideal. Oli me lo enseñó con toda naturalidad.
La narrativa no es un mero entretenimiento para infantes y no lo es porque transmite valores. La ejemplaridad que surge de los cuentos contribuye de una manera mucho más eficaz a la formación de los jóvenes que voluminosos y áridos tratados. Las verdades no pueden imponerse como dogmas inconmovibles e irrefutables y un relato ficticio puede enseñar mucho más que una lógica de silogismos.
Qué fascinante la mirada asombrada de un niño o de una niña que está detenida en una dimensión casi sobrenatural, y cuya sensibilidad puede estar más cerca de lo que le suele transmitir un cuento que de una fría normativa que se le aparece como incomprensible y abstracta.
Cuando el filólogo Pedro Luis Barcia, un príncipe de las letras argentinas, me envió una foto en la que se lo ve leyendo el cuento de Pulgarcito a dos de sus nietos (el cuento en su versión original, como corresponde a su categoría académica), y lo hace con la enjundia con la que podría dictar una clase de doctorado, me puse a reflexionar sobre lo importante que es transmitir esta costumbre a nuestros nietos.

El docto catedrático está también aquí educando, está cumpliendo un papel de una importancia de la que seguramente sus nietos ni siquiera son conscientes mientras lo escuchan. Aunque no sea un seminario a sus alumnos universitarios ni un taller de lectura profundizada para escritores, él está ejerciendo una docencia esencial, está formando mediante un instrumento lúdico pero no menos pedagógico que una clase magistral.
Las cosas más importantes no las aprende uno en la universidad sino en su casa. Nuestros padres y nuestros abuelos son los que nos enseñan lo que está bien y lo que está mal, y de ahí parte todo lo demás. En los cuentos hay una riqueza cultural extraordinaria y no solamente porque estimulan la imaginación, sino porque transmiten un patrimonio que siendo local es también universal. Los abuelos pueden educar a sus nietos, también a través del cuento.
La primera catequesis es la que imparten las madres a sus pequeños. Muchas veces es la única que podrá atesorar una multitud de personas y acaso no tengan otra en toda su vida, pero son cosas que no se olvidan. Aunque nuestra memoria no las registre, aquellas verdades esenciales están siempre con nosotros. Fides ex auditu, la fe se adquiere por la oreja, sentenciaban los antiguos teólogos. La fe es un don gratuito porque la regala Dios, y se transmite en primer lugar con la leche materna.
Ahora que los padres multiplican sus actividades profesionales, los abuelos aumentan la importancia de su rol educativo y pasan a tener un espacio más amplio que en el pasado en la educación de los nietos. Su relación con los más pequeños es obviamente distinta a la de los padres, pero no tienen una menor intimidad, sino quizás todo lo contrario.
Ninguna estructura digital puede reproducir la ternura del abrazo de un abuelo o una abuela ni ninguna acogida puede tener la capacidad misericordiosa que se adquiere con los años y que constituye un signo de la comprensión que no pocas veces solo la experiencia puede dar. La relación entre nietos y abuelos puede ser tanto o más rica que la de padres e hijos, qué duda cabe.

En los últimos años ha crecido la visibilización social de los abuelos, que muchas veces y debido a una irreflexiva neolatría o adoración de lo nuevo habían sido socialmente relegados a un lugar más o menos secundario y aun considerados una carga para la sociedad. Todavía falta mucho progreso en la previsión social que sobre todo en las sociedades menos desarrolladas sigue constituyendo una deuda pendiente.
Ellos son los que irrigan y fortalecen las redes familiares y conforman un nexo intergeneracional, pero además, en una cultura fragmentaria, son los actores imprescindibles en la comunicación de un legado que permite que los que llegan puedan dar sus primeros pasos en la vida de una manera mucho más fructuosa y enriquecedora.
Ellos mismos son también beneficiarios de ese flujo porque sus nietos les transmiten su fresca riqueza vital. Se puede aplicar aquí lo que siempre he pensado, que la mejor manera de aprender es enseñar.
Con motivo de la visita del fundador del Opus Dei a estas tierras argentinas, allá promediando los años setenta, pude escucharle contar una experiencia de su infancia. Parece ser que, siendo pequeño, le gustaba escaparse a la cocina familiar para escuchar a María, la cocinera, narrar a los niños de la casa un único cuento cada vez que era requerida. El cuento era el mismo todas las veces porque era el único que ella conocía. Por eso el pedido era, María, cuéntanos el cuento, y lo decía tan bien, concluía san Josemaría, que siempre les parecía a esos infantes que fuera uno nuevo.
A lo mejor no todos tenemos el talento narrativo de María, pero todos tal vez pueden decir a quienes tienen a su lado, y no solo a sus nietos, algo que les haga más felices, porque para hacerlo no se necesita de grandes erudiciones e ilustraciones.
Todos podemos contar a los demás una buena nueva que mejore la realidad de su cada día, aunque sea siempre la misma, que dicha desde el corazón siempre será nueva y distinta. Todos podemos contar el cuento y todos podemos asumir también este gesto maravilloso que es ir al otro y que revela nuestra condición de interconexión más plena de humanidad, para pedirle, como un niño: cuéntanos el cuento.
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