
Un hombre del condado de Riverside fue sentenciado la semana pasada a más de cinco décadas de prisión por abusar de tres hermanos que estuvieron a su cargo durante años. Mazen Aliwi Alawai, de 50 años y residente de Riverside, recibió una condena de 52 años y ocho meses de prisión después de que un jurado lo declarara culpable en febrero de múltiples cargos vinculados a abusos contra menores. Según la Oficina del Fiscal de Distrito del Condado de Riverside, Alawai fue hallado culpable de diez cargos de actos lascivos forzados contra un menor de 14 años, tres cargos de abuso infantil, tres cargos de amenazas criminales, un cargo de agresión con arma mortal y un cargo de intimidación de testigos. La sentencia marca uno de los fallos más severos emitidos en el condado en este tipo de delitos, reflejando la gravedad y extensión de los hechos cometidos.
La fiscalía detalló que, entre 2016 y 2019, Alawai abusó de tres hermanos menores de 12 años, dos niños y una niña, en su residencia de la calle Matthews, además de otros lugares en el condado de Los Ángeles. Solo la niña fue víctima de abuso sexual, mientras que los dos niños sufrieron golpes y amenazas constantes. El abuso sexual fue recurrente durante tres años, mientras que el maltrato físico y psicológico afectó a los tres hermanos durante todo el periodo en el que permanecieron bajo el cuidado del acusado. La investigación reveló que, además de los episodios de violencia física, los menores fueron sometidos a amenazas que buscaban coartar cualquier intento de denuncia o búsqueda de ayuda.
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Uno de los aspectos más impactantes de la audiencia de sentencia fueron las declaraciones de las víctimas, quienes relataron el sufrimiento padecido durante su estancia con Alawai. “El acusado me arrebató mi infancia, mi inocencia y me separó de mi madre”, afirmó la niña víctima de abuso sexual frente al tribunal, mostrando la magnitud de las secuelas emocionales que dejó el caso. Otra de las declaraciones recogidas por la Fiscalía subrayó el deseo de uno de los niños de tomar el dolor vivido como aprendizaje: “El futuro no me corresponde decidirlo. Hay algo por lo que le doy gracias a Dios: me ha dado un ejemplo de lo que no debo ser. Pretendo ser todo lo contrario. Mi único objetivo será mejorar a quienes me rodean, empezando por mí mismo”. Estas palabras, pronunciadas durante la audiencia, ilustran tanto el daño sufrido como la determinación de las víctimas para reconstruir sus vidas tras los hechos.

La llegada de los tres hermanos a Estados Unidos se produjo en condiciones especialmente vulnerables. Según la información proporcionada por la fiscalía, los niños llegaron al país tras huir de un país devastado por la guerra, cuyo nombre no fue especificado. La madre de los menores permaneció en su país de origen debido a un acuerdo con Alawai, quien se comprometió a llevarla posteriormente a Estados Unidos, algo que nunca sucedió. Desde su arribo, los niños quedaron completamente a cargo del acusado, quien, lejos de brindarles protección o apoyo, los sometió a un entorno de constante abuso y violencia. La ausencia de la madre y la situación migratoria de los menores incrementaron su desprotección y aislamiento, dificultando aún más la detección temprana de los abusos.
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El descubrimiento de la situación que vivían los hermanos se produjo en mayo de 2019, tras una denuncia presentada por personal escolar. Al recibir información sobre posibles abusos, los responsables de la escuela alertaron a las autoridades, lo que permitió la intervención policial y la posterior detención de Alawai. La actuación de los empleados escolares resultó clave para sacar a la luz los hechos, ya que los niños, sometidos a un régimen de miedo y amenazas, no se atrevían a buscar ayuda por sí mismos. La denuncia marcó el inicio de una investigación que documentó minuciosamente los abusos y permitió reunir las pruebas necesarias para llevar el caso a juicio.
El control ejercido por Alawai sobre los menores combinó distintas formas de violencia y coacción. Los documentos judiciales indican que uno de los niños fue herido con un cuchillo, y que el acusado utilizó amenazas de muerte y advertencias de que serían enviados de vuelta a una zona de guerra para mantenerlos sometidos. Además, los golpeaba con puñetazos, patadas o con objetos domésticos, recurriendo a la violencia física como método de intimidación. Alawai también instruyó a los hermanos para que mintieran a las autoridades y ocultaran cualquier indicio de abuso, reforzando el clima de miedo dentro del hogar. La combinación de agresiones físicas, amenazas constantes y manipulación psicológica mantuvo a los niños bajo su control durante años, hasta que la intervención externa permitió poner fin a su situación.
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