“Una salvaje pesadilla cómica”, “Un thriller supersónico que hará que el público se muerda las uñas hasta el hueso del pulgar” o “Un elocuente testimonio de las posibilidades que ofrece el comentario inteligente en el cine”. Así describía la crítica cierta película estrenada en 1964 bajo el título de Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, estrenada en España como ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú y dirigida por un tal Stanley Kubrick, quien realizaba por primera vez su primera comedia tras cosechar títulos como Senderos de gloria o Espartaco.
¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú se estrenó en un momento muy concreto de la historia y en especial para Estados Unidos. Hacía tan solo unos meses del asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy —la película se retrasó de hecho por ello— y la sociedad se encontraba en plena paranoia nuclear después de la crisis de los misiles de Cuba. Era el momento perfecto para hablar del tema, o quizá demasiado presente para hacer una broma de ello, pero el caso es que la película aupó a Kubrick a los cielos como gran cronista de su tiempo, algo que continuaría años después con 2001: Una odisea del espacio o La naranja mecánica.
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También hubo críticas negativas, que calificaban la película como “el chiste enfermo más demoledor con el que me he encontrado”, “un poco demasiado despectiva con nuestro sistema de defensa” o “más maliciosa que divertida, más cargada de veneno que de ingenio”, pero al final la pregunta que quedaba era la misma: ¿es legítimo reírse de la guerra nuclear o esa risa debilitaba la seriedad necesaria para enfrentarse al peligro? Bien, el propio Kubrick justificó la forma irónica de la película con un razonamiento muy concreto: el humor podía ser más realista que un drama convencional porque la situación nuclear ya era, en sí misma, absurda: “La comedia era el único camino”.

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Groenlandia
Digger, la nueva película del prestigioso director mexicano Alejandro González Iñárritu (21 gramos, El renacido), parece cincelada a imagen y semejanza de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú ya desde su secuencia inicial. Si en aquella todo se personificaba en la figura de Peter Sellers dando vida al Presidente de los Estados Unidos y a su asesor, el Dr. Strangelove, en este caso es Tom Cruise sobre el que recae todo el peso de la película y de nuevo en un papel doble. Uno de ellos es el magnate del petróleo Digger Rockwell, uno de los hombres más poderosos de todo el mundo y quien se tiene que enfrentar a una crisis mundial junto al presidente de los Estados Unidos después de que una de sus plantas petrolíferas rompa un iceberg en Groenlandia y ponga en peligro la Tierra.
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Más allá de su evidente parecido con la premisa de la película de Kubrick, lo cierto es que Digger aterriza en cartelera en un clima sociopolítico curiosamente parecido al del filme de 1964. La tensión entre el bloque Occidente-Oriente sigue más que presente 62 años después, pero a ello hay que añadir otros elementos como el cambio climático, la globalización, la crisis del petróleo o incluso la dependencia tecnológica en la que se ha ido sumiendo a pasos agigantados la sociedad, hasta el punto de que le cuesta más no ya creerse, sino tomarse en serio las cosas. O eso es lo que cree Alejandro González Iñárritu y los tres guionistas que lo acompañan, ninguno de ellos Guillermo Arriaga —autor de Amores perros, Babel o 21 gramos—, pero sí los mexicanos Alexander Dinelaris (Birdman), Sabina Berman (La tía Alejandra) y el argentino Nicolás Giacobone, autor de la última película de Iñárritu, Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades.
Todo lo que ya apuntaron algunos escépticos con Birdman, que no se vio en el prodigio técnico de El renacido y que no se pudo ignorar ya en Bardo, en Digger directamente explota por todos lados. Ante la fotografía deliberadamente fría y aséptica de Emmanuel Lubezki, una combinación de colores monocromática que roza el blanco y negro, todo en Digger busca lo opulento y ostentoso, desde sus planos hasta sus verborreicos diálogos. Todo es un torpe, vulgar y exagerado, un esperpento que se jacta de ser plenamente consciente de ello —esa segunda mitad de la película que sería mejor no spoilear—, pero que no por ello hace más lícita y justificable la cínica posición de esta película.
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Tom Cruise, sentencia mortal
No deja de ser irónico que haya sido Tom Cruise, máximo exponente del cine-espectáculo norteamericano moderno y protagonista de una saga sobre salvar el mundo, el designado para dar vida a este Digger que se parece más a la parodia que hace Alec Baldwin de Trump que al propio Trump o cualquier otro político al que pueda pretender imitar, gato enfermo incluido. El mismo que sacrificaba en las últimas películas de Misión Imposible su integridad física dentro y fuera de la pantalla para evitar el lanzamiento de misiles es aquí un hombre cuya gestualidad y moral es diametralmente opuesta, un reto interpretativo en quién sabe si la búsqueda de su ansiado Oscar, pero un personaje cuyo pretendido carisma se desvanece al tercer grito y carraspeo.
Que el estreno de Digger coincida en el tiempo con el éxito de La bola negra, otra película de lo más ambiciosa en su aspiración por retratar la condición humana y cómo hemos heredado los pecados de nuestros antepasados, es quizá el mejor regalo posible para no morir atragantado en el cinismo exacerbado de esta sátira que comete el mayor error posible que eludió Kubrick. Porque pretende aleccionar sobre el tema del que habla, a saber, el siempre inminente fin del planeta Tierra, y hacerlo de la forma más soez, torpe y perversa posible. Y porque, como decía Kubrick, “te ríes, en algunos momentos a carcajadas, pero todo el tiempo la película no te deja dejar de pensar: ‘Sí, esto podría ocurrir’”. Uno sale de Digger pensando que podría ocurrir, que probablemente esté ocurriendo, pero desde luego no riéndose por el camino.
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