Se encuentra en uno de los momentos más dulces de su carrera, y eso que ha pasado por muchos. Pero hace tiempo que está más tranquilo y seguro que nunca, cómodo con lo que hace y con lo que dice, y con la certeza de que cuenta con el cariño del público, aunque algunos medios de nuestro país o ciertos periodistas se esfuercen por atacarle, ya sea por su cine, por sus declaraciones o su ideología.
Con La habitación de al lado, su primera película en inglés, Pedro Almodóvar consiguió el León de Oro del Festival de Venecia, la primera vez que alcanzaba el máximo galardón en un certamen internacional, a pesar de ser el autor español con más premios en la historia y de haber alcanzado reconocimientos como el de mejor guionista o director en Cannes.
Una película y un director reivindicativos

Hace unas semanas, recogió además el Premio Donostia a toda su carrera en el Festival de San Sebastián, y ahora estrena en nuestro país, por fin, su último trabajo, protagonizado por Tilda Swinton y Julianne Moore y basado en la novela de Sigrid Nunez Cuál es tu tormento, en la que se cuenta una historia de amistad, de enfermedad y de muerte, pero también de acompañamiento, de empatía, de solidaridad con el prójimo, así como de reivindicación, tanto política como humana.
“Yo quería hacer una película que hablara de morir en un mundo que también agoniza, así como de la eutanasia, de la muerte digna. En el libro de Sigrid Nunez había una serie de cuestiones que me interesaban mucho, pero yo he querido desarrollarlas, como la necesidad de estar al lado de la gente que te necesita, de ayudarnos y de no cerrar la puerta. Y eso, que parte de una historia íntima, adquiere una resonancia política dentro de este momento en el que nos encontramos, en el que el neoliberalismo feroz va de mano de la ultraderecha, en el que va a haber unas elecciones en Estados Unidos y no se sabe qué va a pasar, en el que en nuestro país se manda a la Armada para impedir que pasen las personas migrantes”, dice Pedro Almodóvar en torno al sentido metafórico que está presente en La habitación de al lado.
Una película para abrir los brazos y reivindicar la empatía

“Cuando era pequeño en La Mancha, había mucha gente de paso, no sé si eran peregrinos o pobres, y era normal que llamaran a la puerta. Mi madre siempre les daba lo que tenía, pero nunca los trató como a enemigos contra los que luchar. Yo no soy católico, pero se supone que hay un mandamiento que habla sobre ayudar al prójimo. Pero no está ocurriendo, sino todo lo contrario. Por eso quería hacer una película sobre abrir los brazos en vez de cerrarlos. Estoy harto de los discursos de odio, creo que no nos lo merecemos”.
Almodóvar reconoce que cuando da entrevistas en nuestro país siente que ciertos periodistas buscan más el titular tendencioso. Pero si hay algo por lo que siempre se ha caracterizado, es por su valentía a la hora de ‘mojarse’ en temas de los que nadie quiere hablar. Eso le sirve, entre otras muchas cosas, para comentar la deriva de los medios de comunicación, la necesidad que tienen de generar ‘clickbait’, la falta de profundidad y el escaso espacio que tiene la cultura en ellos.
“El papel básicamente ha desaparecido, eso es una realidad, y los medios digitales dependen de los ‘clics’. Así que hay una lucha encarnizada por el ‘¿quién va a leerme a mí?’ Por eso los titulares son tan descabellados. Y esto no es que sea una acusación, pero sí una forma de entender este tinglado en el que vivimos en España por culpa de la polarización. Creo que, en parte, los medios tienen parte de culpa, por el modo en el que se informa y por el modo en el que no se informa”.
En cuanto a los mensajes de odio que se perpetúan, piensa que también los medios de información tienen una responsabilidad al respecto. “Tenemos que bajar el tono en todo, tenemos que escuchar, y se puede responder o contraponer lo que uno piense, pero con más calma. El alboroto que hay en la vida política es absolutamente inaguantable para los ciudadanos”.
La presencia de la muerte: de la nieve rosa a ‘Dublineses’

La habitación de al lado es una película que habla sobre el fin de la vida. Por eso, la muerte es un tema que ocupa parcialmente el encuentro con el cineasta. “Hay cuatro protagonistas: Tilda, Julianne, yo y la muerte. La muerte era el cuarto invitado a la mesa y estaba siempre presente. Cada personaje se enfrenta a ella de una forma y yo siempre había sido muy inmaduro al respecto, nunca me he sentido preparado, y he de decir que, a medida que avanzaba el proceso de rodaje, me fui habituando a su presencia, la fui naturalizando. Eso no significa que la acepte todavía, pero sí que he heredado del personaje de Tilda Swinton una mayor fortaleza”.
A pesar de hablar de un tema tan duro e incómodo, Almodóvar no piensa que sea una película oscura, al menos no es lo que quería hacer. Para él, se produce una transferencia entre los personajes, hasta el punto de que cuando una de ellas desaparece, la otra hereda buena parte de sus características, de su espíritu. “No creo en la reencarnación, pero creo hay algo de nosotros que nunca se apaga”.
En varios momentos de la película cae una nieve rosa sobre los personajes. Esas escenas están íntimamente relacionadas con la novela de James Joyce Los muertos y con su adaptación por parte de John Houston, Dublineses. “Es curioso, porque se trata de un efecto del cambio climático, pero mira, afortunadamente he vivido para verlo. En el rodaje, durante la primavera, nevó dos veces y lo sentí como algo milagroso, como una especie de epifanía. Además, a nivel personal, todo eso se conectaba a la referencia de Joyce y Houston. Los tres momentos en los que ellas hablan de la nieve, me tuve que retirar para llorar en el lavabo”.
El director, por el momento, no quiere escuchar hablar de la jubilación. Rememora precisamente una imagen del rodaje de Dublineses, cuando John Huston estaba ya muy enfermo, en silla de ruedas con un gotero y recibiendo oxígeno. “Así me gustaría estar a mí cuando rodara mi última película”, dice. “Creo que no te jubila la edad, sino la falta de ideas. Yo he llegado a decir en algún momento de desvarío que estaría dispuesto a hacer malas películas cuando me faltaran las ideas, pero es mentira”, ríe. “Yo a lo largo del tiempo he cambiado mi forma de narrar. Para eso está la edad, para ir descubriendo cosas nuevas. Pero si algún día desaparece la inspiración, espero ser consciente, quiero saberlo. Eso sí, no dejaría de hacer películas, aunque sí puede que no las enseñara”.
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