David Foenkinos: “El catolicismo tiene una relación un poco absurda con el dolor y el sufrimiento”

El autor francés publica ‘La vida feliz’, una novela sobre renacimiento, muerte y segundas oportunidades. En ella, su protagonista presencia su propio funeral en Séul y redescubre el sentido de la existencia

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David Foenkinos presenta 'La vida feliz' (Crédito: Francesca Mantovani)
David Foenkinos presenta 'La vida feliz' (Crédito: Francesca Mantovani)

Nos avisan de que es muy irónico. Que a veces emplea la burla para responder a las cuestiones de manera sublevada. No tardamos demasiado en descubrirlo. “Para el epitafio escogería mi signo astrológico, Escorpio”, indica a Infobae España en tono cómico. David Foenkinos (París, 1974) es escritor, dramaturgo, cineasta y músico. La prestigiosa Universidad de la Sorbona fue el techo que elevó su pasión por las letras y el jazz. Tras Número Dos (2022), la editorial Alfaguara publica su nueva novela, La vida feliz, una historia de redención en un escenario de competición virtual cansina y constante.

Éric, su protagonista, está relativamente cómodo con su vida, pero es consciente de que algo no termina de encajar. Una melancolía, un vacío rampante, se apodera de su pensamiento para convertir la rutina en un calendario de miserabilidad (un espejo coyuntural apreciable). En un viaje a Séul, descubre una empresa que organiza funerales falsos. No dudará en disipar las diferencias culturales entrando a un ataúd durante más de media hora, una experiencia que vertebrará una nueva realidad ante sus ojos.

“El punto del libro es que no puedes arreglar el pasado, pero sí puedes mirarlo de otra manera”, indica el escritor. En La vida feliz, Foenkinos exprime su pluma (digital) para ahondar en la pandemia de la infelicidad y hablar de la importancia de saber perdonar (y perdonarse). “Este libro muestra que la felicidad puede ser tan sencilla como mirar las cosas de otra manera, aceptar los errores del pasado y no esperar demasiado de los demás”, explica. “Es un libro que nos apacigua”, aclara.

Pregunta.- La vida ha cambiado mucho, pero parece que la visión que tenemos de la muerte se mantiene intacta.

Respuesta.- Bueno, seguimos viviendo la vida de otra manera porque lo que ha cambiado es nuestra relación con la felicidad, con la ausencia. ¿Somos felices? ¿No somos felices? Eso es bastante contemporáneo. ¿Sacamos suficiente provecho de la vida? Todos sabemos que vamos a morir, pero la urgencia de vivir, en mi opinión, ha crecido en los últimos años. La necesidad de intentar asegurarnos que somos felices.

P.- Sus dos protagonistas, Éric y Amelie, están enfocados en el trabajo, pero terminan desechando la idea de ascender en la pirámide laboral para poner el foco en otras cosas: la familia, los hijos, el bienestar...

R.- Sí, completamente. Para mí, la felicidad no está vinculada al éxito, es algo que puedes encontrar en todas partes a través de pequeñas cosas. Si el libro se llama La vida feliz es también porque está ligado a Séneca y a la idea de que hay que estar en plenitud con uno mismo y no querer siempre más. Es un libro que también defiende, en cierto modo, la desposesión y la necesidad de volver a lo básico, sobre todo cuanto más frágiles son nuestros tiempos. Es lo que vimos con la pandemia, por ejemplo. Fue la época en la que más veces nos preguntamos qué es esencial y qué no en nuestras vidas.

P.- ¿Pensamos poco en la muerte?

R.- De hecho, seguimos olvidando que somos mortales. Lo olvidamos todo el tiempo. Es verdad que, durante la covid, la gente estaba totalmente conmocionada porque veía cadáveres todos los días. Nos dijimos que en cualquier momento todos podíamos morir. Y eso nos empujó a hacernos preguntas sobre la vida, sobre el sentido que queríamos darle a dicha. Es muy bonito ver lo que ha hecho la gente después de la pandemia.

P.- Éric, su protagonista, presencia su propio entierro en Seúl y la experiencia le transforma tanto que decide exportarla a Francia. ¿Cree que esta fórmula ‘terapéutica’, de choque, tendría éxito en la actualidad?

R.- Es cierto que en Europa, sobre todo en los países más católicos como Italia, España y Francia, no se suele hablar demasiado de la muerte. En Francia, por ejemplo, el debate sobre la eutanasia está bastante oculto. Siempre es muy complicado hablar de todo eso, así que creo que sería un poco difícil. La gente estaría un poco ansiosa. Pero debería hacerse. Te aconsejo que pases una hora en un ataúd, es muy agradable (ríe).

David Foenkinos (©Francesca Mantovani)
David Foenkinos (©Francesca Mantovani)

P.- Dice en La vida feliz que los españoles tenemos una manera única de ahuyentar la melancolía.

R.- Tal vez incluso más que los argentinos, aparte del tango. Es un baile alegre y trágico a la vez. Pero yo soy totalmente así, soy un depresivo con buen humor. Me encanta que se mezclen las sensaciones. Creo que hay tristeza en la alegría.

P.- Hablando de españoles, Pedro Almodóvar ganó el León de Oro en Venecia por La habitación de al lado, una película en la que hace una defensa férrea de la eutanasia. ¿En qué punto nos encontramos como sociedad a la hora de abordar la conversación de la muerte digna?

R.- No sé quién es Almodóvar (ríe). En Francia, en cuanto se habla de eutanasia, el debate es extremadamente tenso porque, en primer lugar, es algo que va en contra del pensamiento católico. El catolicismo tiene una relación con el dolor y el sufrimiento que, a veces, es un poco absurda. La eutanasia muestra hasta qué punto existe tensión al hablar del final de la vida. Lo cual es triste, porque las civilizaciones son hermosas: acompañamos a los muertos y vivimos con ellos. Hay que considerar que forma parte de la vida y que hay ciertas sociedades, por ejemplo en la India, donde está prohibido llorar en los funerales. Es algo increíble. Luego hay otros países del Magreb donde es todo lo contrario, pues llegan a contratar plañideras. No sé si esa era la pregunta, pero sí, me gusta Almodóvar. Podrías titular esta entrevista diciendo que sueño con que Pedro Almodóvar adapte uno de mis libros (ríe).

P.- En el libro bromea y dice que, ahora, todo el mundo escribe. ¿En qué punto se encuentra la industria editorial?

R.- En Francia a veces se dice que hay más escritores que lectores. Creo que todo el mundo debería escribir: en los diarios, un mensaje de texto bien escrito... Hay belleza en frenar el tiempo de vez en cuando y poner palabras a lo que sientes. Lo que me molesta no es que todo el mundo escriba, sino que todo el mundo tenga la ambición de publicar o de vender libros. Eso no tiene sentido. Pero escribir como tal, creo que es una necesidad, más si cabe en el acelerado mundo de hoy. Con las redes sociales, hay una especie de frenesí permanente de cosas. Escribir es tomarse las cosas con calma.

P.- Como ciudadano francés, ¿qué le han parecido los Juegos Olímpicos de París? En especial la criticada ceremonia de apertura que estuvo pasada por agua.

R.- Es un poco triste decir que la ceremonia fue criticada porque fue extraordinaria. No lo digo porque sea francés y haya sido en París. En Francia todo el mundo lo critica todo, y todo el tiempo. Mucha gente trabajó en ella y creo que fue espectacular, pero hubo partes que sí están abiertas a la crítica, sobre todo la de la pintura, que era demasiado woke, como se dijo entonces. Necesitábamos tener un denominador común y no promover a los maricas o a los tríos, cosas que, en mi opinión, son muy respetables, pero no necesariamente para un espectáculo ante 2.000 millones de personas. Quizá soy un poco anticuado, no sé. Creo que había un deseo de mostrar que Francia va de libertad, pero era demasiado, tengo sentimientos encontrados al respecto. Pero ya sabes, quizá ese era el objetivo y quizá funcionó, porque la prueba es que me has preguntado por ello dos meses después.

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