
Pocos países han conseguido aunar política y cine como Francia, en donde el cine ha servido como instrumento político pero también como herramienta indispensable para entender los cambios socioculturales del país. Si hay un director que ha defendido la política desde el cine como ningún otro ese es Robert Guédiguian (Marsella, 1953), quien lleva más de 30 años dedicándose a retratar la política y la sociedad de su país y más concretamente de su Marsella natal.
El autor de películas como Las nieves del Kilimanjaro o Marius y Jeannette siempre ha hecho un cine marcado por una serie de características comunes: trabajar con un mismo equipo -encabezado por su esposa, la actriz Ariane Ascaride- con un gran compromiso político -de izquierdas- y con una mirada de absoluta comprensión y ternura hacia sus personajes, la mayoría de ellos de las clases más humildes de Marsella. Con su última película ha vuelto a reunir a ese equipo que ya es toda una familia para contar una historia que, como no podía ser de otra forma, tiene mucho que ver con Marsella y con la política.
En Que la fiesta continúe, Guédiguian se sirve de la historia de Rosa (Ascaride), una enfermera de 60 años que se presenta a las elecciones aupada por su vecindario, para plasmar muchas de sus preocupaciones actuales. El declive de los partidos de izquierdas, el cambio sociocultural en la ciudad del sur de Francia y también el drama personal de una mujer que se cuestiona su compromiso político cuando conoce a Henri (Jean-Pierre Darroussin) y empieza a contemplar volverse a enamorar. Al fin y al cabo, nunca es tarde para el amor, pero tampoco para recuperar la fe en la política, sea uno más joven o más mayor. Hablamos con el director francés y la protagonista sobre todo ello.

Pregunta. Después de viajar a África con tu última película, Mali Twist, regresas a tu Marsella natal y al tiempo presente. ¿Cuál era el punto de partida y cómo encaja esta película en tu filmografía?
Respuesta. Quería hacer una película como si fuera un diario íntimo. No lo parece, porque luego tenía que disfrazarlo, si no hubiera sido aburridísimo. Pero la película contiene todo lo que me preocupa ahora mismo, especialmente en cuanto a acción colectiva, cómo seguir haciendo cosas juntos, en sociedad. Era como si pasase de lo humanitario a lo político, a las elecciones, a través de la solidaridad vecinal. Quería meter todo ello en un saco y ver qué sacaba yo de todo eso, por eso se me ocurrió la idea de Rosa, que creo que resumía a la perfección mis preocupaciones.
P. Usted siempre ha tenido muy presente la ciudad de Marsella y basta ver sus películas para darse cuenta de cómo se ha transformado con los años. ¿Cómo cree que ha cambiado desde que comenzó a hacer cine?
Ariane Ascaride. Marsella está cambiando muchísimo, se está convirtiendo en una ciudad turística. Y como nací en una ciudad que no era para nada turística, me cuesta aceptarlo. A mí lo que me gustaba de mi ciudad era la presencia de población pobre en pleno centro, lo que casi no ocurre en Francia porque el centro es para los ricos. Y es poco a poco, pero cada vez está más rodeada de restaurantes, cafeterías... y como en Marsella es donde se paran los cruceros, pues llegan miles de personas. Para el comercio, para la economía de la ciudad es fantástico, porque es una ciudad que estaba bastante endeudada. Pero a mí personalmente me jode.
Robert Guédiguian. Yo estoy en total desacuerdo. Marsella era una ciudad muerta. El puerto no funcionaba, no iba nadie ya, ni siquiera a reparación de barcos o transporte de mercancías, no funcionaba ya nada. Se estaba muriendo y desde 2013, cuando fue capital de la cultura, empieza a atraer transporte de fuera y entre las ciudades cercanas. No solo turistas, también mucha gente del norte de Francia que comienza a instalarse en Marsella. Antes había un barrio árabe o un italiano, ahora casi puedes decir que hay un barrio parisino. Y a mí me parece muy bien, porque justamente da vida. La gente ha cambiado la ciudad, ahora está llena de animación, antes no había nada, solo estaba llena de bares cutres. Y ahora la ciudad está diez veces mejor.

P. Estamos en época de elecciones, pero el mensaje de “cada voto cuenta” no cala en todo el mundo, especialmente en los jóvenes.
R. Cada vez hay menos jóvenes que votan. Es así, se sabe, casi un 50% en general y hasta un 60%-70% solo entre jóvenes, que votan mucho menos que los mayores. Pero creo que también hay que hacer un esfuerzo por entenderlos. Hay que animarlos a votar, obviamente, pero también nos tenemos que dar cuenta de que votar no es la única forma de hacer algo, de tener una acción en sociedad. Es lo que dice la película, votar es solo una forma de acción en Occidente, pero no la única. Hay muchas otras formas de hacer el cambio: la educación, el trabajo... todo. Tienes que pensar en la gente que te cruzas por la calle, hay que ver más lejos de uno mismo. Estamos en una época de ensimismamiento, y yo no quiero caer en decir lo de siempre, que es que nos pasamos el día mirando el teléfono y tal... hay más que eso. Pero también hay fenómenos interesantes: los jóvenes se movilizan para que pare la guerra de Palestina, por ejemplo, y eso no es un combate político, es un combate moral. Los jóvenes no están fuera del mundo, no digamos eso y hagamos solo caso a las estadísticas, porque a mí todo este movimiento me da mucho optimismo.
P. Y con el cine, ¿percibe esa desconexión entre los jóvenes, tanto hacia ciertas películas como al mero hecho de ir a las salas?
Ariane Ascaride. Creo que esa desconexión siempre ha existido, los jóvenes siempre han ido a ver cierto tipo de películas, lo que pasa es que antes la variedad en cartelera era mayor. En mi época había mucho más cine de autor, por ejemplo. Pero la educación cinematográfica no es la misma de antes. Ahora tienes tantas cosas, tienes series, tienes tantas obras que ocupan un sitio, que la lectura cinematográfica acaba por no ser la misma. Una serie es más sencilla, te pide menos esfuerzo. Ahora parece que hay que relajarse, no pensar, pasarlo bien, no estar estresado... No digo que no haya buenas series, las hay, pero en gran medida te llevan a eso y no te dan la misma lectura.
Robert Guédiguian. Creo que el cine francés sigue siendo muy fuerte. Es verdad que la disminución de la acción política también conlleva una disminución de espectadores. Nosotros íbamos muchísimo al teatro y al cine. Ariane iba porque le gustaba, pero yo iba por razones políticas, lo admito. En cualquier caso, la mayoría de gente iba porque formaba parte de la cultura general. Hoy día ha disminuido mucho, y la oferta también ha cambiado. El cine francés, el cine brasileño... se ha vuelto aún más burgués. No voy a citarlas, pero hay películas que te muestran preocupaciones realmente ínfimas, que carecen completamente de interés.
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