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La falta de relevo generacional de agricultores y ganaderos deja el monte desprotegido ante los incendios: “Se está perdiendo su modo de vida”

Organizaciones agrarias y ganaderas piden reforzar la prevención para evitar que los macroincendios se repitan cada año

Un afectado por el incendio en La Vall d'Uixó (Castellón) inspecciona los daños causados por el fuego. (REUTERS/Eva Máñez)
Un afectado por el incendio en La Vall d'Uixó (Castellón) inspecciona los daños causados por el fuego. (REUTERS/Eva Máñez)
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La extensión de los incendios forestales ha introducido a España en una emergencia nacional. En lo que va de año, el fuego ha arrasado más de 173.000 hectáreas en toda España, seis veces más que en el mismo periodo de 2025. Frente a los siete grandes incendios forestales ocurridos el año pasado, el país ya ha sufrido 35 de estos siniestros en 2026, que ahora acaparan los recursos de extinción en Castellón, por un lado, y en Madrid, Ávila y Toledo, por otro.

Quienes más padecen sus consecuencias son, justamente, aquellos que más hacen por prevenirlos: ganaderos, agricultores y, en definitiva, la población rural española, que ha visto desaparecer sus hogares bajo las llamas. “El sector ganadero está perdiendo su modo de vida”, lamenta Tomás Rodríguez, secretario general de la Organización Interprofesional del Ovino y Caprino de Carne (Interovic).

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“Tanto las ovejas como las cabras aprovechan esos pastos de montaña que no tienen otro aprovechamiento para pastar. Cuando arde el monte, se está perdiendo su medio de vida”, dice. Para quienes manejan estos rebaños, supone además quedarse “sin su casa” para terminar “viviendo en un desierto negro”. “Es la transformación completa de su hábitat”, asevera.

“Supone una verdadera y absoluta tragedia”, agrega, desde Asaja (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores) Vicente Domínguez. El técnico de medioambiente y forestal onubense recuerda que no solo se quema tierra, “también se queman sus infraestructuras de manejo, las alambradas, los corrales, los abrevaderos y, en el peor de los casos, se pueden llegar a quemar los ejemplares [de ganado] porque no ha dado tiempo a salvarlos de las llamas”.

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Los daños a los cultivos son reseñables: “La hierba volverá a salir con las primeras aguas del otoño, pero la bellota de la encina y el corcho tardará mínimo 30 años hasta empezar a ser productiva y hasta 150 para estar a plena producción”, explica.

El abandono rural vuelve el bosque vulnerable a los incendios

Varias vacas rodean el árbol 'milagro', a 17 de agosto de 2025, en Soto de Viñuelas, Tres Cantos, Madrid (España). (Gabri Solera/Europa Press)
Varias vacas rodean el árbol 'milagro', a 17 de agosto de 2025, en Soto de Viñuelas, Tres Cantos, Madrid (España). (Gabri Solera/Europa Press)

La labor de estos trabajadores del sector primario es clave para el cuidado del campo. Los pequeños cultivos, pastos y aprovechamientos tradicionales de la ganadería y la agricultura ayudaban a controlar la vegetación forestal, pero el abandono progresivo del mundo rural ha dejado estos lugares sin el cuidado adecuado. Los censos oficiales de animales para pastar revelan que España pierde cada día 520 cabezas de ovino y 82 de caprino.

“Allí donde antes existía un mosaico agroforestal capaz de frenar la propagación del fuego, hoy se acumulan millones de toneladas de vegetación continua y altamente inflamable. El resultado es un paisaje mucho más vulnerable, donde cualquier chispa puede convertirse en una catástrofe”, consideran desde la organización no gubernamental WWF en su informe anual.

El resultado es catastrófico para los que aún continúan con estas labores. “Están ardiendo tierras de cultivo y zonas de pastoreo. Van a quedar explotaciones maltrechas y con dificultades, a las que sin duda exigiremos que se eche una mano”, valora, por su parte, José Ramón González, portavoz de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA).

González reivindica que “no hay ninguna otra manera eficiente y barata de gestionar el territorio”, pero reconoce que los trabajadores agroganaderos no son suficientes para llevar la tarea de forma efectiva. “Necesitamos ayuda”, pide.

Burocracia, rentabilidad y falta de servicios

La UME realiza ataques directos y ensanche de caminos en el incendio de Vall d'Uixó. (UME)

El gran problema para estos portavoces es la falta de rentabilidad del campo español. Rodríguez critica que “no estamos pagando al ganadero lo que cuesta la producción de carne” y que “las ayudas no son suficientes”, mientras que González reivindica buscar los alicientes necesarios “para que la gente se quede”. “No puede ser que, si tienes un hijo en edad escolar, tenga que cambiar dos veces de autobús y echar hora y media para ir al instituto, o que te cierren el centro médico”, dice.

Domínguez eso lo sabe bien: él mismo tuvo que salir de su pueblo natal, Encinasola, para poder estudiar. “Estamos a dos horas de la capital de provincia, a una hora y media de cualquier hospital, las carreteras son tercermundistas y ya no hablemos de internet y la fibra óptica, que eso es deficitario total. ¿Quién va a quedarse a vivir en una zona así?“, se pregunta.

Por otro lado, los representantes agroganaderos critican las trabas burocráticas que encuentran en su actividad diaria. “Hay mucho papeleo, es muy complicado hacer tu labor tradicional y esto, sumado a los nuevos modos de vida, hace que haya un descenso de pastores”, considera Rodríguez. Los tres mencionan multas y sanciones por faltar a criterios administrativos o la carga de trámites a pasar para realizar tareas preventivas, como las quemas agroganaderas. Estos fuegos controlados sirven para eliminar maleza o renovar pastos y, hechos con responsabilidad, consiguen crear cortafuegos para impedir grandes incendios en verano.

“Ahora, si intentas hacerlo, no te lo facilitan; tienes que firmar un permiso con el que te haces absolutamente responsable de todo lo que pueda pasar, los daños que puedas ocasionar. Al final, hacen que sea imposible y, cuando tú no actúas, el fuego viene y detrás solo queda ceniza", lamenta González.

Cualquier trabajo que vayas a hacer en el campo que tenga que ver con la superficie forestal (cortar unas encinas secas, desbrozar, podar...) necesita autorización y eso hace que todo se tecnifique”, agrega Domínguez. “Mientras que lo pides, va a verlos un agente de medioambiente y te llega la resolución, pueden haber pasado de tres a cinco meses y, para entonces, a lo mejor ya no es la fecha adecuada para hacerlo, con lo que tienes que dejarlo para el año siguiente. Pero ya los cálculos que tenías no valen, con lo cual solo has perdido el tiempo en papeleo y no has podido llevar bien el campo”, describe.

Las tres organizaciones piden apoyo institucional para que su actividad sea rentable y la implantación de planes estatales que permitan actuar conjuntamente en pos de la prevención activa. “Hay que plantear estrategias a largo plazo. Esto no se resuelve desde luego en verano, ni siquiera en un invierno. Hablamos de gestionar nuestro territorio, nuestros pueblos, nuestros campos y nuestra casa”, indican desde UPA.

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