
Milán, 1946. 30 de noviembre. En un apartamento modesto del número 40 de la Via San Gregorio, en una ciudad marcada por la posguerra, Pinuccia Somaschini subió las escaleras del primer piso. Tenía que recoger las llaves de la tienda de telas donde trabajaba. Nadie contestó. La puerta estaba entreabierta.
Al entrar, lo primero que vio fue el cuerpo sin vida de Giovannino, de siete años. Estaba tendido en una posición antinatural, con el cráneo destrozado. A su lado, el cadáver de su madre, con el abrigo levantado y un mechón de cabello oscuro apretado en la mano. Ambos tenían la boca obstruida con trapos. En la cocina, bajo la mesa, estaba Giuseppina, de cinco años. Y en su sillita, con la cabeza ladeada, Antonio, de apenas diez meses. Todos habían sido golpeados hasta morir.
Los vecinos llegaron primero. Luego los fotógrafos. Después, la policía. El escenario del crimen estaba contaminado: los cajones revueltos, faltaba dinero y algunas joyas. La primera hipótesis fue la de un robo, pero no convencía a los agentes. Pronto surgió un nombre: Caterina Fort. Exdependienta en la empresa familiar. Amante del dueño de la tienda. La mujer que amaba a Giuseppe Ricciardi, el padre de los niños. Esa misma tarde, la policía fue a buscarla. Estaba en su piso de la Via Mauro Macchi. No huyó.
Caterina Fort tenía 31 años. Su vida había estado marcada por la tragedia. Perdió a su padre en un accidente. Un rayo destruyó la casa de su infancia. Vio a su madre enfrentarse a los soldados para proteger a su hermana durante la Segunda Guerra Mundial. Su primer amor murió de tuberculosis. Un médico le dijo que no podría tener hijos. Su esposo la ató a la cama en la noche de bodas antes de acabar en un manicomio.
En Milán, conoció a Ricciardi. Él le prometió un futuro. Le ocultó que estaba casado, que tenía hijos. Cuando su esposa lo descubrió, exigió que Caterina fuera despedida. Días después, la familia Pappalardo fue asesinada.
Interrogatorio sin tregua
Ahora, un libro de la periodista y escritora Marta Barattia recuerda el caso y relata cómo Caterina Fort se convirtió en un demonio nacional. La llevaron primero a la escena del crimen. Luego al cuartel. La interrogaron durante días. Sin abogado. Sin agua. Sin comida. Bajo luces constantes. Golpes. Amenazas. Finalmente, el 7 de diciembre, Caterina Fort confesó. Dijo haber cometido sola los asesinatos. Nunca más volvió a repetir esa versión.
El juicio comenzó el 10 de enero de 1950, en el Tribunal de lo Penal de Milán. Caterina llegó a la audiencia con una bufanda amarilla. Pronto, la prensa encontró en ella una figura perfecta para la crónica negra: “La bestia con la bufanda”. “La tigresa de San Gregorio”.
Las portadas la mostraban como una fiera. La atención mediática fue masiva. Dino Buzzati escribió sobre el caso para Il Corriere della Sera. Caterina pasó un tiempo en el manicomio judicial de Aversa. Los médicos certificaron que no había signos de locura.
Poco a poco, su relato cambió. Dijo que no había actuado sola. Que un hombre llamado Carmelo, presentado por el propio Ricciardi, había estado con ella. Que debían asustar a la mujer para que volviera a Sicilia. Que se simuló un robo para cubrir deudas. Que fue drogada. Que no recordaba con claridad. Que no tocó a los niños.La policía buscó a Carmelo. Se detuvo a Giuseppe Zappulla, sospechoso de ser su cómplice. Ricciardi también fue arrestado como presunto instigador. Ambos fueron absueltos. Caterina Fort quedó sola.
Fue condenada como autora única. Cumplió casi 30 años de prisión. En 1975, recibió la gracia del presidente Giovanni Leone, tras expresar arrepentimiento a la familia de las víctimas. Se trasladó a Florencia, donde vivió discretamente hasta su muerte por un infarto en 1988.
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