
Su color llamativo, sabor dulce y aroma inconfundible hace que con solo verlas en el escaparate de la frutería necesites probar una o dos. Y es que, desde finales de enero hasta mayo se puede disfrutar de una de las delicias que se encuentran en los mercados: las fresas. Aunque tradicionalmente mayo ha sido considerado el mes de la fresa por excelencia, hoy su disponibilidad se extiende durante más tiempo gracias a los actuales sistemas de cultivo y distribución. Sin embargo, su fragilidad no ha cambiado: se trata de un producto muy perecedero que, incluso en el frigorífico, puede estropearse en cuestión de días.
Ante esta situación, muchas personas optan por meter las fresas directamente en la nevera nada más comprarlas. Pero hacerlo sin seguir unas pautas básicas puede acelerar su deterioro, tal y como apuntan los expertos de Good Housekeeping. Porque aunque no muchos lo sepan, son especialmente sensibles a la humedad y a los cambios bruscos, ya que se pueden generar moho, reblandecerse o perder sabor y textura en poco tiempo. A pesar de que existen varias técnicas de conservación, hay una de ellas que se ha consolidado como la más eficaz y sencilla.
Una sola pieza puede contagiar al resto

Uno de los primeros pasos al llegar a casa es revisar el estado del envase. Si alguna fresa está dañada, con golpes o signos de moho, debe retirarse de inmediato. Como ocurre con otras frutas, una sola pieza en mal estado puede contagiar al resto. En caso de querer consumirlas ese mismo día o al siguiente, se pueden dejar fuera del frigorífico, en un lugar fresco y seco. Sin embargo, si se desea conservarlas durante más días, la refrigeración es necesaria. Ahora bien, no basta con colocarlas en la nevera sin más.
Un método que ha ganado popularidad en los últimos años es el llamado truco del vinagre. Consiste en sumergir las fresas en una solución compuesta, por una parte, de vinagre blanco y tres partes de agua fría. Esta mezcla ayuda a eliminar esporas de moho y bacterias que, de otro modo, podrían acelerar el deterioro. Tras la inmersión, es fundamental enjuagar las fresas con abundante agua fría y secarlas completamente. La humedad residual puede arruinar el proceso, por lo que se recomienda utilizar una centrifugadora de ensaladas con papel absorbente o dejar que se sequen al aire, siempre sin apilarlas.
Una vez secas, la forma de almacenarlas también es clave. No se deben guardar en bolsas cerradas ni en recipientes herméticos sin ventilación. Lo ideal es utilizar un recipiente ancho y poco profundo, con orificios que permitan la circulación del aire. Si no se dispone de uno específico, el mismo envase en el que vienen del supermercado puede ser útil, siempre que se forre el fondo con papel de cocina y se separen las capas de fresas con más papel absorbente.
Otra cuestión frecuente es si se deben guardar lavadas o no. Si se planea consumirlas en un plazo de dos o tres días, pueden refrigerarse sin lavar. En ese caso, se lavan justo antes de comerlas. Si, en cambio, se ha optado por el método del vinagre, se lavan al principio, pero deben almacenarse completamente secas. Lo que no se recomienda en ningún caso es cortar las fresas antes de refrigerarlas, ya que esto acelera su descomposición. Siempre es mejor conservarlas enteras y con el rabillo intacto.
Empleando este método, el tiempo que duran las fresas en la nevera puede variar entre tres y siete días, dependiendo de las condiciones del frigorífico. Por ello, lo más aconsejable es comprar solo la cantidad que se vaya a consumir en ese intervalo de tiempo.
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