
20 días después de que Gran Bretaña se hiciera, en plena Guerra de Sucesión, con la importante plaza del peñón de Gibraltar, el bando que apoyaba a Felipe V -el primer Borbón que reinó en España- intentó recuperarla. Así, el 24 de agosto de 1704, una flota hispano-francesa se enfrentó, frente a las costas del municipio de Vélez-Málaga, contra las fuerzas anglo-holandesas, que buscaban que el trono español fuera ocupado por Carlos de Habsburgo. Aunque los británicos lograron conservar Gibraltar, el combate se saldó con la victoria de los borbónicos, no obstante, la batalla ha pasado a la posteridad por haber sido el bautismo de fuego de uno de los mayores héroes militares de la historia de España: Blas de Lezo.
En aquella ocasión, el entonces guardamarina combatió, a la corta edad de 15 años, a bordo del navío Foudroyant, una de las 96 embarcaciones de las fuerzas de Luis V. Según las crónicas, el futuro teniente general de la Armada combatió de manera ejemplar pero, al poco de iniciada la batalla, sufrió una de las heridas que le otorgarían una de sus señas de identidad: la pérdida de su pierna izquierda a causa del impacto de una bala de cañón, que lo obligaría a caminar gracias a una pata de palo el resto de su vida. Había nacido el mito del almirante español.
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“Blas de Lezo es un personaje histórico que está al nivel, por ejemplo, de el Cid o el Gran Capitán”, afirma en diálogo con Infobae España el analista de defensa y experto en historia militar Carlos Delgado. “Y sin embargo sigue siendo uno de los grandes desconocidos por la sociedad española. Es el típico personaje histórico que, si fuéramos anglosajones, tendría ya una saga de películas”, lamenta.
Tras su heroica actuación en Vélez-Málaga, el oriundo de Guipúzcoa fue ascendido a alférez y, dado su cojera, se le propuso formar parte de la Corte de Felipe V como asistente de cámara, ofrecimiento que rechazó. “Lo desecha porque él quiere seguir sirviendo a España y al rey desde un barco, en la mar”, apunta Delgado.

Así, una vez completamente recuperado, continuó participando en las batallas más importantes de la época: el sitio de Barcelona (1706), la defensa de Tolón (1707) o el asedio a la Ciudad Condal (1713-1714). De esta manera, tras una década de combate, Lezo ya había adquirido el aspecto físico que no haría otra cosa que acrecentar su leyenda: a los 26 años no sólo era cojo sino también tuerto y manco. Su ojo izquierdo se lo llevó una esquirla a raíz de una explosión y la movilidad de su brazo derecho la perdió como consecuencia de un balazo. Sus heridas le valieron que lo apodara El Mediohombre.
“Ese aspecto bucólico del corsario del siglo XVIII, las pelucas con el bicornio, el uniforme, la pata de palo, la mano inutilizada y tuerto de un ojo le otorgan todas las características para una saga al estilo Piratas del Caribe, pero en español y con la épica de de la defensa del Nuevo Mundo”, destaca Delgado. Justamente, fue su desempeño en aquella región del mundo lo que terminaría por colocarlo en el panteón de los héroes nacionales.
La defensa de Cartagena de Indias
La principal batalla de la Guerra del Asiento (1739-1748) tuvo lugar en Cartagena de Indias (en la actual Colombia), el baluarte más importante del Imperio Español en las Américas, entre marzo y mayo de 1741. Blas de Lezo fue el encargado, con tan sólo seis navíos y 4.000 hombres, de hacer frente a la flota británica liderada por el oficial Edward Vernon, compuesta por 186 embarcaciones y 27.000 hombres. Pese a que los números estaban visiblemente en contra de las fuerzas españolas, el por ya por entonces teniente general de la Armada dio muestra, una vez más, de sus dotes de estratega.
Lezo hizo excavar fosos al pie de las murallas de la ciudad, por lo que las escalas eran demasiado corta para el avance de los buques ingleses que, al quedar atrapados, fueron bombardeados por los españoles, produciendo una carnicería sin precedentes. Además, el almirante hizo hundir la mayoría de las embarcaciones con las que contaba con el fin de bloquear el acceso de los navíos enemigos al puerto de Cartagena de Indias. A lo largo tres meses, las fuerzas comandadas por Lezo se las ingeniaron para impedir el desembarco de las tropas británicas.

El enemigo quedó completamente humillado. Vernon, quien ante la ventaja numérica había hecho avisar de su victoria al rey Jorge II incluso antes de comenzar la batalla, decidió poner fin al infructuoso asedio tras perder 16.500 hombres y alrededor de 60 embarcaciones. Para cuando en Londres se enteraron del verdadero desenlace del conflicto, ya se habían hecho acuñar medallas conmemorativas en las que aparecía Lezo arrodillado entregando su espada a Vernon y con la inscripción “El orgullo de España humillado por Vernon”. Al conocer la realidad de los hechos, Jorge II, sumamente avergonzado, prohibió a sus historiadores escribir sobre el asunto.
Por su parte, Blas de Lezo falleció el 7 de septiembre de ese mismo año, a la edad de 51 años, a causa de las heridas recibidas durante la defensa de la ciudad. En la actualidad, en memoria del ilustre marino, unos de los pocos del mundo que nunca perdieron una batalla, la Armada tiene por arraigada costumbre que siempre uno de sus buques lleve su nombre.
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