
Las películas de robots han estado presentes en la historia del cine desde Metropolis (1927), de Fritz Lang, la adaptación de un libro escrito por su esposa, Thea von Harbou que se convirtió en la primera obra audiovisual que utilizó este término para denominar a un humanoide o, lo que es lo mismo, a un androide con apariencia humana.
La palabra en sí procede del checo “robota”, que vendría a significar algo así como “servidumbre” con connotaciones de ‘esclavitud’. Se utilizó en una obra de Karel Čapek titulada Los robots universales de Rossum, estrenada en 1920, por lo que, en este caso, la ficción, la imaginación humana, se adelantó a la ciencia ya que, el primer robot industrial no aparecería hasta los años 60, destinado, precisamente, a hacer labores pesadas que el ser humano no podía.
La Inteligencia Artificial en las nuevas ficciones

Lo que conocemos como ‘inteligencia artificial’ se acuñó en los años cincuenta, también después de haberse utilizado en el género de ciencia ficción. Y, lo cierto es que, de una forma u otra, siempre ha servido para generar fábulas políticas y sociales en torno al concepto de identidad, de evolución y de deshumanización de la especie.
En los últimos años hemos asistido a una proliferación de películas que abordan precisamente la relación entre el hombre y la IA, de manera que este mismo año se han estrenado películas como Intruso, en la que una mujer (Saoirse Ronan) se enamoraba de la réplica de su marido (Paul Mescal) y, sobre todo, la gran producción de Disney The Creator, así como la cinta de Netflix protagonizada por Jennifer Lopez titulada Atlas.
Estas dos últimas parten del mismo supuesto: las Inteligencias Artificiales toman propia conciencia, se revelan contra nosotros e intentan generar un Apocalipsis.
Referentes de culto: de ‘Terminator’ a ‘Blade Runner’

Precisamente, ese punto de partida, era el que ya estaba presente en la película Terminator de 1984, donde James Cameron demostró su estirpe visionaria a través de esa rebelión de las máquinas que protagonizaría Arnold Schwarzenegger, a través de esa mítica escena en la que el personaje de Sarah Connor, veía en sueños la imagen de una explosión nuclear causada por los robots para aniquilarnos.
Y es que, precisamente, a mediados de los ochenta, hubo una serie de corrientes estéticas que contribuyeron a que todos estos conceptos, la dicotomía entre lo real y lo digital, el individuo y la máquina alcanzaran una nueva dimensión.
Comenzaron a adaptarse clásicos del género de la ciencia ficción, como Philip K. Dick, surgiendo obras como la fundamental Blade Runner o Desafío total. Se desarrollaron con fuerza las teorías ‘cyberpunk’, que sirvieron como subgénero en el que se proponían ‘distopías’ basadas en la tecnología avanzada y en la hecatombe de los valores de la humanidad. Comenzó en la literatura, y se traspasó al medio audiovisual. Así, Isaac Asimov o Frank Herbert se convirtieron en autores claves a la hora de trasladar sus universos a la pantalla.
El caso de ‘Dune’: cómo conecta el pasado con el presente

En ese sentido, no resulta casual que también fuera en los ochenta, en 1984, cuando David Lynch se embarcó en la titánica tarea de poner en marcha la primera versión de Dune. Y tampoco es de extrañar que, ahora, esa misma historia se haya recuperado en una majestuosa trilogía de la mano de Denis Villeneuve porque, de alguna manera, los intereses de aquél momento son extrañamente similares a los de ahora en lo que se refiere a la incertidumbre que existe en muchas esferas fundamentales.
Eran películas que hablaban del derrumbe de las civilizaciones, a menudo con trasfondos ecologistas adelantados a su tiempo, y en los que estaban presentes de forma muy explícita el auge del fanatismo y del totalitarismo.
Del ‘multiverso’ a los robots con sentimientos

De todo ese magma, nacieron conceptos que han constituido la materia fundamental de buena parte de las ficciones de estirpe fantástica que han acaparado las pantallas en los últimos años, como es el caso de ‘Metaverso’, tan explotado por Marvel o por películas como Todo a la vez en todas partes, la “Matriz”, que dio lugar a Matrix, de las hermanas Wachowki o todas las teorías sobre la ‘nueva carne’ que nos llevan del Manifiesto Cyborg de Donna Haraway a Titane de Julia Ducournau en torno al feminismo y las identidades ‘queer’.
Todas estas reflexiones se encuentran conectadas a través de redes subterráneas que nos llevan inevitablemente a la evolución del ser humano, hasta dónde podemos establecer sus límites y cómo sería un futuro en el que se fusionaran las células con la tecnología para la creación de un ser más completo.
Resulta, en cualquier caso interesante que, tanto Intruso, como Atlas, The Creator u otras pequeñas joyas como Despidiendo a Yang, de Kogonada (Prime Video), clásicos instantáneos como Ex-Machina, series como West World o películas tan esperadas como Mickey 17, de Bong John-ho (Parásitos) protagonizada por Robert Pattinson demuestren que el pasado, el presente y el futuro se encuentran conectados por este tema en el que también resulta fundamental la adquisición de emociones o de conciencia sentimental por parte de los ingenios tecnológicos al mismo tiempo que el ser humano se encuentra cada vez más perdido dentro de sus propias contradicciones.
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