
Con la calma y la pausa meditativa que le caracteriza, Viggo Mortensen (Nueva York, 1958) entra en la sala en la que espera, junto a un par de medios más, Infobae España. El outfit que ha escogido para la ocasión, unos vaqueros slim que combina con unas Vans Old Skool, entronca con el de su personaje en Hasta el fin del mundo, la segunda película que dirige tras Falling (2020). Junto a Vicky Krieps, el actor, director, productor, poeta, músico, políglota (y cualquier otro término que se ajuste a su exhaustivo currículum artístico y creativo) conforma un western de carácter poético con una protagonista femenina alejada de los convencionalismos del género (que también cuenta con una reinvención contemporánea en taquilla de la mano de Nina, el largometraje de Andrea Jaurrieta).
“No es Arizona, no es California, no es Nuevo México, no es Almería y no es Navarra. Es algo distinto”, indica el intérprete sobre el rodaje de la cinta que protagoniza y dirige, una doble tarea que habla de su tesón e interés por el gremio en el que comenzó a cabalgar con Único testigo (1985), largometraje en el que interpretó a un granjero amish. En Hasta el fin del mundo, Mortensen se aleja de los elementos clásicos para conformar una historia poética y reposada sobre la inmigración, el sentido de pertenencia y la construcción de la civilización en el desierto estadounidense del siglo XIX.
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“Los dos personajes principales no tienen el inglés como primer idioma, eso ya es diferente e interesante, porque históricamente es más probable y correcto”, dice de Vivienne Le Coudy (Krieps) y Holger Olsen, el intenso y precavido sheriff al que da vida en el filme. Durante gran parte de la entrevista, Mortensen analiza los elementos que convierten a su western en “inusual”. Además de haber escogido diversas localizaciones no ancladas en los escenarios clásicos bautizados por Sergio Leone y presentar dos líderes sin pasaporte estadounidense, Hasta el fin del mundo “tiene a una mujer protagonista que no es dueña de un gran rancho, una ladrona, una fuera de ley, una bandida o una loca que mata a todo el mundo”, dice de Vivienne, un ser humano ordinario, “pero con mucha fuerza interior y libertad de pensamiento”.
Para el director, Vicky Krieps tiene una “belleza particular” a la hora de interpretar su rol en la película, pues cuenta con una forma de ser “que parece de otro período”, un elemento que aporta mayor credibilidad a su personaje (las mujeres de época marcan un listado interesante en su filmografía). La inspiración para conformar la personalidad de Vivienne, una joven que no sigue las convenciones sociales del momento y que hace lo que le apetece en cada instante (sin caer en la trampa de la mirada contemporánea), nace de su propia madre y las vivencias de su infancia. Su punto de partida, sin embargo, “no es político, ideológico o conceptual”.
“Los argentinos están acostumbrados a sacar las papas del fuego”
“Soy más eficaz y estoy más relajado”, dice del arte de combinar la dirección y la actuación. Cuando uno es su propio jefe, las cosas salen de otra forma, quizá con la misma calma que define su estado y sus declaraciones (una paz que sólo se perturba durante la entrevista cuando otro periodista le pregunta sobre Cataluña). Viggo Mortensen aclara que le “da igual lo que piense la gente, no tengo ningún problema en dar mi opinión”.
Hace lo propio con Argentina, un país del que es hijo adoptivo (no sólo por beber mate y ser hincha de San Lorenzo) y que vive una situación compleja en todo lo relativo a la esfera cinematográfica, pues Javier Milei, su presidente electo, ha reducido la financiación y el gasto del Instituto Nacional del Cine de Argentina (INCAA) y de otros organismos públicos culturales. “Los argentinos tienen mucho aguante, son un pueblo acostumbrado a sacar las papas del fuego constantemente, a remontar, a reinventarse”, dice Mortensen. “Para algunos privilegiados, muy pocos, poquísimos, será conveniente lo que está pasando ahora en el país, porque pueden meterse más dinero en el bolsillo, actuar de forma impune y, en algunos casos, salirse con la suya”, dice, visiblemente afectado.
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La industria cinematográfica argentina es una de las más importantes de América Latina y goza de un amplio reconocimiento interno y externo. Sin embargo, la llegada de Milei ha venido de la mano de un fuerte recorte de gastos asociado al órgano destinado a la expansión y crecimiento (interno y externo) de su músculo artístico y cinematográfico. “Es un momento terrible para el pueblo y el cine argentino, pero de los obstáculos nace el ingenio”, dice el actor y director. “Creo que se van a hacer películas interesantes en Argentina en estos tiempos, las dificultades provocan soluciones inesperadas”, apostilla.
La coyuntura actual, que bebe de una “promoción de la mentira, la desfachatez y la falta de vergüenza de la clase política”, no consigue que Mortensen tire la toalla. “A pesar de todo lo que he visto en mi vida, cosas buenas y malas, y todo lo que veo hoy en España, en Estados Unidos, en Francia, en la sociedad, en las guerras... soy optimista”, concluye.
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