
En 1986, justo antes de la detonación del reactor 4 de Chernóbil, su núcleo alcanzó una temperatura de 4650 grados Celsius, cercana a la del sol, que es de 5500 grados. La magnitud de la explosión fue tal, que se equiparó con la detonación de 66 toneladas de dinamita, provocando que el techo del edificio del reactor, de considerable altura, fuera lanzado por los aires. Como resultado, al menos 28 toneladas de material radiactivo fueron esparcidos por el entorno inmediato, marcando el inicio de una crisis nuclear sin precedentes.
El estrago no terminó en la explosión. Un incendio radiactivo duro casi dos semanas, emitiendo una columna de gases y partículas radiactivas a la atmósfera que se dispersaron hacia el norte y el oeste, llevadas por el viento. La lluvia posterior ayudó a depositar las sustancias radiactivas sobre la tierra, entre ellas el yodo-131, cesio-137, y plutonio-239, elementos que no existen en la naturaleza y de elevada peligrosidad para la salud humana y del medioambiente. Estos materiales tienen periodos de semidesintegración que varían desde unos pocos días hasta miles de años. La zona radiactiva abarca cientos de kilómetros.
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Las secuelas del desastre se manejaron inicialmente dentro de una zona de exclusión establecida en un radio de 30 kilómetros alrededor del epicentro del desastre en Chernóbil. La evacuación de las poblaciones cercanas, comenzando por los 50,000 habitantes de Prípiat, se llevó a cabo 36 horas después del accidente. Prípiat, que se erigió como una ciudad moderna para los trabajadores de la central y sus familias, ahora se mantiene como un sombrío recordatorio del desastre. Ahora solo es una ciudad fantasma detenida en el tiempo.
Los “liquidadores” de residuos
La operación de limpieza, oficialmente conocida como la “liquidación de las consecuencias del accidente de Chernóbil”, presentó desafíos insuperables. Los “liquidadores”, trabajadores asignados a esta peligrosa misión, se enfrentaron a la ardua tarea de contener y minimizar la propagación de la contaminación radiactiva. Esta labor incluyó desde el entierro de tierra y residuos contaminados hasta intentos de sellar el reactor con hormigón. Muchas de estas acciones expusieron a los liquidadores a niveles de radiación que podrían resultar fatales en cuestión de minutos. Aunque los registros exactos no están disponibles, se estima que el número de liquidadores supera el medio millón, siendo mayoría hombres jóvenes de diversas partes de la Unión Soviética.
El saldo humano directo del accidente, según cifras oficiales de la Unión Soviética, incluyó 31 muertes inmediatas, sin contar las numerosas personas que años después desarrollarían enfermedades relacionadas con la exposición a la radiación.
En el 2016 la Asamblea General de la ONU estableció que cada 26 de abril se conmemoraría el Día Internacional en Recuerdo del Desastre de Chernóbil. Desde entonces, los liquidadores se congregan en la recuerdo de las víctimas del desastre nuclear en el monumento conmemorativo de Chernobyl en Kiev y así lo hicieron esta semana, donde rindieron homenaje a aquellos que enfrentaron las consecuencias de uno de los peores desastres nucleares de la historia.
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La vida que habita Chernobyl
Han sido muchos los investigadores que han tratado de estudiar los efectos del desastre en la fauna y la flora. En 2016, James Beasley, ecólogo de la Universidad de Georgia, lideró una investigación para entender cómo la vida se desarrolla en Chernóbil. Con un equipo internacional, iniciaron el estudio de la fauna de la reserva radioecológica a través del análisis de rastros y conteos aéreos. Esta fase inicial arrojó resultados alentadores, motivando la instalación de cámaras trampa aromatizadas para captar animales. Tres décadas después del desastre, pudieron ver que la vida silvestre prosperaba en la zona de exclusión de Bielorrusia.
Durante cinco semanas, se instalaron 30 cámaras en 94 sitios, cada una operando durante siete días en una ubicación fija y equipada con esencias para atraer a los animales. Bajo la coordinación de Sarah Webster, estudiante de posgrado asociada a Beasley, las estaciones se espaciaron lo suficiente para evitar visitas repetidas de los animales.
Captaron 14 especies de mamíferos, entre ellos alces, corzos, jabalíes, lobos, zorros y perros mapache. Beasley interpreta estos hallazgos como una demostración de la resiliencia de la fauna ante la ausencia de perturbaciones humanas. La investigación, publicada en la revista Frontiers in Ecology and the Environment y conducida por Beasley, marcaba el primer uso de técnicas de estación olfativa remota en la Zona de Exclusión de Chernóbil (ZEC). Los hallazgos confirman la prevalencia de diversas especies y la no influencia de la radiación en su distribución.
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