
Gestos tan cotidianos como responder al teléfono o vestirse se han convertido en todo un mundo para Rut Carpintero. Ahora tarda mucho más en atender una llamada y necesita unas pinzas de grandes dimensiones para poder ponerse un sujetador o una falda, para poder adaptarse, en definitiva, a su nueva vida. Hace unos meses, esta vallisoletana de 43 años sufrió la amputación de sus cuatro extremidades. Aún le cuesta creer cómo aquella supuesta faringitis que la había dejado tres días en cama era en realidad una neumonía bilateral que desembocó en un shock séptico y en isquemia, por lo que debido a la gangrena tuvieron que amputarle los brazos a la altura de los antebrazos, la pierna izquierda a la altura del fémur y la derecha por la tibia.
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Rut había acudido a su médico de cabecera por un dolor de garganta: no tenía voz, y al no apreciar nada extraño, el doctor simplemente le recetó paracetamol. Después de tres días, empezó a vomitar mucho y llamó a una ambulancia. En el hospital comenzó a respirar con dificultad y, al realizarle una prueba, los médicos constataron que tenía neumonía bilateral de origen desconocido. A partir de ahí la ingresaron en la UCI y ya no recuerda más. “Me conectaron a un respirador y me indujeron un coma. A los diez días desperté, pero tuve un shock séptico, lo que implica el fallo de varios órganos, e incluso estuve mes y medio recibiendo diálisis porque no me funcionaban los riñones. Mis extremidades comenzaron a tener un color extraño, oscuro, y no las podía mover, aunque al principio no me di cuenta porque lo único que me importaba es que estaba viva”, relata en conversación con Infobae España.
Rut recuerda que lloró muchísimo cuando la médica le comunicó que debían amputarle varios dedos de las manos y los pies. Sin embargo, poco después, la noticia fue mucho peor: debían amputar sus extremidades si quería sobrevivir. Había ingresado en el Clínico de Valladolid en el mes de abril y en julio su vida cambió para siempre. “Es ahora cuando estoy empezando a encajar todo, cuando me vuelvo a reconocer, y digo, bueno, sigo siendo yo, porque a pesar de los tremendos cambios, lo esencial se mantiene. He pasado por una situación terrible y afortunadamente estoy viva”, dice con entereza al otro lado del teléfono.
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De hecho, es ahora cuando “se empieza a ver más tranquila”, porque por fin puede disfrutar de “lo que tiene en este momento”, aunque también admite que convivir con el dolor “es muy duro” y son muchos los días en los que apenas puede dormir. Rut sigue sintiendo sus pies, el llamado dolor de miembro fantasma que se produce en las extremidades cuando han sido amputadas, pero confía en que con el tiempo vaya disminuyendo. Por eso también destaca la importancia de la psicoterapia, porque las amputaciones no solo suponen un impacto importante a nivel físico, sino también emocional, familiar y social.
Faltan fisioterapeutas especializados en amputaciones
Rut recibió el alta el pasado mes de septiembre y tenía claro que su recuperación iba a ser complicada. Lo que no imaginaba era que uno de los mayores obstáculos se debería a la falta de fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales con conocimientos específicos sobre amputaciones y prótesis de miembros superiores e inferiores, pues no existe este tipo de profesionales “en ningún hospital público de Castilla y León”. “No les preparan para el uso de prótesis ni les enseñan a utilizarlas”, lo cual supone una paradoja, explica, porque aunque cuenta con unas de las prótesis más avanzadas, en la sanidad pública nadie le ha enseñado a utilizarlas adecuadamente. “La fisioterapia que recibo se reduce únicamente al tratamiento, que es muy limitado”.
Además, ha tenido que adelantar de su propio bolsillo los casi 100.000 euros que han costado las prótesis, porque aunque la sanidad pública las financia, en ocasiones el paciente tiene que pagar el 100% del importe del producto en la ortopedia y después para recuperarlo debe dirigirse a la Administración de su comunidad autónoma. El caso de Rut es más complicado porque no pudo encontrar las prótesis en ninguna ortopedia de Castilla y León y tuvo que adquirirlas en una de Madrid cuyo catálogo de productos era más amplio. Por suerte pudo tirar de ahorros gracias al trabajo que ha desempeñado durante años como profesora de Bachillerato, pero igualmente, la cantidad de dinero que ha debido adelantar es muy elevada y tiene que afrontar muchos otros gastos para adaptarse a su nueva vida, por lo que “el desembolso de dinero es constante”.
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La burocracia “solo añade obstáculos”
Por si fuera poco, de los dos hospitales públicos que hay en Valladolid, el Clínico Universitario y el del Río Hortega, solo en este último el equipo de fisioterapia ha recibido una formación por parte de una especialista en amputaciones y prótesis, pero a Rut no le corresponde ese centro por la zona en la que vive. Por increíble que parezca, la burocracia impide ese cambio. “Aunque los fisioterapeutas del Hospital Río Hortega tienen cierta formación en esta área, no me pueden derivar a ese centro y sigo en el Clínico Universitario, donde no han trabajado con prótesis como las mías y ni siquiera tengo terapia ocupacional”, lamenta.

De momento, Rut acude a una clínica de fisioterapia de Madrid especializada en amputaciones y prótesis, un gasto al que debe añadir la gasolina, aparte del tiempo que emplea. Además, cada vez que se traslada junto a su pareja a la capital, tiene que dejar a sus dos hijas menores con familiares.
Por todo ello, Rut reclama que los hospitales en España, también los provinciales, cuenten con fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales con formación específica para tratar a pacientes con amputaciones y prótesis de miembros superiores e inferiores, una petición que también ha lanzado en la plataforma Change.org, donde ya ha conseguido casi 60.000 firmas.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), cada año se realizan alrededor de 4.000 amputaciones mayores solo por enfermedades vasculares periféricas, una cifra que no incluye las causadas por accidentes o enfermedades como el cáncer.
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