
La puerta del edén se encuentra allí donde las telas conforman la historia. La moda, considerada un gremio artístico banal y ególatra que pone por encima de cualquier otra disciplina el culto al cuerpo y a la belleza, ha sido una disciplina que ha contado la historia a través de un patrón. Sólo hay que recurrir a uno de los discursos más aplaudidos de El diablo viste de Prada para comprobarlo: el azul cerúleo no es un simple color, más bien una narrativa cromática que ha terminado en manos de una incrédula de la alta costura que ha decidido comprar un jersey de dicha tonalidad en una tienda de segundas oportunidades.
La industria que no da puntada sin hilo nada entre polémicas y momentos estelares que la definen. La creatividad y el ego entonan una batalla sagrada para la consagración popular. La competencia es ruda y la pasarela un sucedáneo de una jungla salvaje. Que se lo pregunten sino a Cristóbal Balenciaga, convertido en uno de los modistos más prestigiosos de los ateliers parisinos. El modisto español, nacido en Getaria (País Vasco) en el año 1895, es una de las figuras trascendentales del universo de la moda. No en vano, el éxito que sus diseños tuvieron entre la élite y la aristocracia española le llevó a París, ciudad en la que se hizo un nombre pese a la notoria lista de diseñadores.
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La serie que narra su vida, y que llega a Disney+ este viernes, es un recorrido por las diversas etapas que el modisto vivió en la capital gala, a la que aterriza en 1937: un enclave en el que la moda daba pasos agigantados y que le posicionaron como una de las grandes marcas en todo el mundo. Vestidos de gala, faldas vaporosas, elegantes gorros y guantes de seda. Pese a la incipiente fama de Chanel, Christian Dior o Givenchy, Balenciaga se mantuvo firme en las apuestas, consagrando al español dentro del circuito de diseñadores con un estilo propio.

Cristóbal Balenciaga, creada por Lourdes Iglesias y los 12 veces ganadores del Premio Goya Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari (conocidos por dirigir Loreak, Handia y La trinchera infinita), se estrena en la plataforma este viernes 19 de enero con la idea de, no sólo abordar sus diseños, también su particular y peculiar personalidad. El modisto español (llevado a la pantalla de la mano de Alberto San Juan) fue un hombre muy celoso de su intimidad y vida privada. Era hermético, rechazaba la exposición pública y prefería el prestigio a la fama.
Obsesionado con la perfección y con el control sobre sus diseños, la serie aborda sus 30 años en París, una ciudad a la que se muda empujado por la Guerra Civil acompañado por Wladzio D´Attainville (que más adelante se convertiría en su pareja y que fallecería muy joven, marcando la vida del modisto) y el matrimonio formado por Nicolás Bizkarrondo y Virgilia Mendizábal. El español también fue un férreo guardián de su homosexualidad. Esquivo con la prensa, su deseo era pasar desapercibido, pues jamás salía a saludar al final de sus desfiles.
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Provocación estética
Cristóbal Balenciaga tuvo muchas dudas tras su aterrizaje en París: la soledad y las dudas invadieron su taller de costura, lugar sagrado en el que la creatividad, y no la inseguridad, ha de ser protagonista. Los acérrimos a los pasajes de la moda sabrán, no en vano, que los diseños del español distan en cuantía del diseño creativo actual de la marca.
Bajo el mando creativo de Demna Gvsaglia, diseñador de origen georgiano que se formó en la Royal Academy of Fine Arts de Amberes, una de las escuelas de arte más prestigiosas del mundo, Balenciaga se ha convertido en una marca esotérica y provocadora, oscura y alejada del glamour que definió al estilo de su creador. Envuelta en polémicas satánicas y en camisas de once varas, la dirección de Gvsaglia baila entre la provocación y la crítica. La obsesión del ‘nuevo’ Balenciaga por el objeto común pagado a precio de oro.
No en vano, Balenciaga se ha acostumbrado (quizá demasiado) a la comercialización de bolsos de cuero que simulan una bolsa de basura (y que rondan los 1.400 euros) y a faldas que reproducen el ‘efecto toalla’ tras salir de la ducha. Siempre con los tres ceros en su etiqueta, Gvsaglia ha elaborado creaciones criticadas a la par que alabadas por las celebridades que hacen currículum en Instagram (y que horrorizarían al creador de la marca).
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La polémica del BDSM
Balenciaga gozaba de prestigio en el mundo de la moda centennial y de los nuevos críticos de moda (además del beneplácito de todo tipo de celebridades del nivel de Kanye West y Kim Kardashian) hasta que, en 2022, una campaña publicitaria dilapidó su estatus en el Olimpo del patronaje. Sus acciones cayeron y muchos famosos contratados por la marca decidieron rescindir sus acuerdos publicitarios marcados por las creaciones de Gvsaglia.
Dicha campaña incluía imágenes en las que aparecían niños con atuendos de estilo bondage y una sentencia judicial por pornografía infantil. Las instantáneas no gustaron nada, es más, se generó un revuelo esplendoroso en el que la reputación de la marca quedó altamente dañada. Es más, aunque el temporal ya haya capeado, Balenciaga (ahora propiedad de Kering) todavía no se ha recuperado del golpe inicial.
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El público no sólo consideró que la campaña era de un mal gusto pronunciado, también una especie de emplazamiento publicitario que, según interpretaciones, parecía justificar el abuso infantil al incorporar elementos relacionados con el BDSM en las imágenes que se publicaron. Visto el revuelo generado en redes sociales y en revistas especializadas, Balenciaga decidió pronunciarse.
“Condenamos enérgicamente el abuso infantil, nunca fue nuestra intención incluirlo en la narrativa”, escribió la firma de alta costura de lujo en el comunicado lanzado tras las viscerales reacciones. Acusados de pertenecer a algún tipo de religión masónica y esotérica, la marca se apresuró a retirar los anuncios. “Nuestros bolsos de peluche y la colección de regalos no deberían haber sido presentados con niños”, indicaron.
Con o sin productos que intentan establecer un diálogo entre ‘lo pobre’ y ‘lo rico’, la marca de alta costura que viralizó las deportivas de calcetín sigue recuperándose de un golpe que la bajó del pedestal de las firmas más cotizadas del mundo, un papel que, actualmente, ocupan casas de costura como Loewe, Miu Miu o Prada.
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