
¿Y si Pinochet además de un dictador sanguinario hubiera sido además un vampiro adicto a los batidos de corazones recién arrancados? Es lo que propone Pablo Larraín en su última película, El conde, producción original de Netflix que se presentó en el pasado Festival de Venecia donde consiguió el premio al mejor guion, firmado por el propio director y su colaborador habitual, Guillermo Calderón.
Si hay una voz autorizada dentro del cine contemporáneo a la hora de hablar de la dictadura chilena ese es Pablo Larraín. El director ha retratado a lo largo de su carrera algunas etapas históricas por las que ha atravesado su país en películas como Tony Manero, Post Mortem o NO, siempre desde una mirada inquisitiva, a veces muy turbia y sibilina, componiendo metáforas de una enorme fuerza y contundencia.
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Su tema favorito: la creación de monstruos en el seno de una comunidad represiva. Algo que ya estaba presente en todas las mencionadas y también el El club, que aborda la pederastia en la Iglesia Católica. Por eso no sorprende que haya dado un paso más allá y que ahora el monstruo no sea solo una alegoría, sino que se convierta en real, aunque sea de forma hipotética. En sus anteriores películas en torno a la dictadura, ya estaba presente la idea de esas criaturas que, como sanguijuelas, se alimentaban dentro de un organismo mayor para ejercer con total impunidad sus crímenes. Y, en este caso, esa idea se eleva a la máxima potencia.
La dictadura a modo de farsa terrorífica
Así, se nos presenta a Auguste Pinochet, un joven que, en medio de la Revolución Francesa descubre que siente la necesidad de beber sangre, hasta el punto de chupar la que quedó incrustada en la guillotina tras la decapitación de María Antonieta. Fue uniéndose a todas las guerras en las que había que luchar contra el comunismo, hasta que al final decidió asentarse en un país sin rey (y pobre) en el que poder enriquecerse y ejercer el poder absoluto: Chile.
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Todo eso nos lo cuenta una voz en of que más tarde descubriremos a quién pertenece, y que irá narrando algunos de los episodios de una película que se centra en el núcleo familiar del dictador: su mujer (Gloria Münchmeyer), sus hijos (entre los que encontramos a Antonio Zegers, Amparo Noguera, Marcial Tagle, Diego Muñoz y Catalina Guerra) y su mayordomo, el gran Alfredo Castro, actor fetiche de Larraín. A ellos se unirá una monja (Paula Luchsinger), especie de trasunto de Mina en el Drácula de Bram Stocker, que llega dispuesta a liberar al conde a través de un exorcismo.

Como en El club, el director aparta a los personajes del mundanal ruido y los sitúa en un entorno aislado en el que las tensiones siempre estarán a punto de explotar a causa de la herencia que tiene escondida el patriarca. De hecho, solo se accede a esa zona desolada a través de un lago, como si Caronte te llevara a la otra orilla de la que ya nunca se puede regresar.
El conde se convierte así en una fábula malsana, al mismo tiempo que un mecanismo reflexivo en torno a la corrupción en todas sus formas, la ambición, los bajos instintos, la podredumbre moral, al mismo tiempo que se encarga de verbalizar a través de un dispositivo de humor macabro y de forma didáctica, todas las atrocidades cometidas durante la represión militar de su gobierno.
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Sin embargo, además de su tono de denuncia política, los mayores logros de la película se sitúan cuando se adentra de forma absolutamente libre dentro del cine fantástico y de terror, creando imágenes alucinantes, algunas repletas de violencia visceral y gore y otras impregnadas de una poesía visual arrolladora, como esos vuelos de la novicia recién mordida que se asemejan a una danza espectral al son de la impresionante banda sonora repleta de melodías de autores clásicos, reforzada por la fotografía del maestro Edward Lachman en blanco y negro expresionista que remite a Dreyer o a Murnau.
Hay mucha retranca en El conde, como si los 50 años que han pasado desde el Golpe de Estado, del que ahora se cumple su aniversario, dieran la suficiente distancia para hablar de él desde esa perspectiva que aporta el director entre la lucidez y el disparate, entre la seriedad y el esperpento.
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