
Para 2030, un solo país controlará cerca del 45% del valor agregado manufacturero de todo el planeta. Ese país es China, y el proceso que lo llevará hasta ahí ya está en marcha.
Así lo advirtió el experto en economía china Leland Miller durante el XXI Seminario Internacional del Boletín Informativo Techint, organizado hoy por Techint, donde describió lo que denominó el “Shock de China 2.0”: una segunda ola de expansión industrial china, esta vez enfocada en sectores de alto valor como vehículos eléctricos, semiconductores, baterías, energía solar y productos farmacéuticos.
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A diferencia del primer shock, ocurrido a comienzos de siglo cuando China ingresó a la Organización Mundial del Comercio (OMC) y capturó cadenas de suministro de bajo valor —juguetes, textiles, indumentaria, muebles—, este “Shock 2.0″ apunta a industrias intensivas en capital y con implicancias directas para la seguridad nacional.
“El Shock de China 2.0 es, en realidad, algo mucho más peligroso. Peligroso para nosotros, peligroso para ustedes, peligroso para el mundo entero”, señaló Miller.
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El mecanismo responde a un modelo económico diseñado desde el Estado. Miller ilustró el caso de los vehículos eléctricos: a comienzos de la década de 2010, Pekín declaró esa industria como prioridad de seguridad nacional y la incubó durante una década con subsidios al consumidor, subsidios a la producción, crédito barato y tierra gratuita. Al cabo de ese período de protección total, la industria fue lanzada al mercado global con una escala y un precio que las automotrices europeas no pudieron igualar.

“Europa está viendo cómo se produce la desindustrialización en su industria automotriz simplemente porque no puede competir en esos términos”, advirtió.
El fenómeno se repite en la energía solar: China ya produjo más paneles de los que necesita el mundo entero combinado. El mecanismo, describió, es siempre el mismo: el Estado chino subsidia la oferta, satura el mercado doméstico y vuelca el excedente al exterior a precios que destruyen la competencia local en los países receptores.
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Según Miller, quien desde hace más de 15 años dirige el mayor estudio macroeconómico privado del mundo sobre el sistema financiero chino, el presidente Xi Jinping no tiene ninguna intención de frenar este proceso. “Xi Jinping sabe que no hay salida”, afirmó, y señaló que la política económica de los últimos cinco años —bajo nombres como “doble circulación”— fue diseñada explícitamente para profundizar la manufactura y las exportaciones. La debilidad del consumo interno, el derrumbe inmobiliario y el deterioro del sector privado chino son, desde esta lectura, consecuencias aceptadas por un liderazgo enfocado en ganar lo que Miller llama “la cuarta revolución industrial”: inteligencia artificial, computación cuántica, biotecnología y robótica.
La hoja de ruta de ese objetivo quedó plasmada en 2015, cuando Pekín publicó el documento de política industrial “Fabricado en China 2025”, en el que declaró abiertamente su intención de dominar esas tecnologías. “Desde 2015 tenemos ese documento que dice exactamente qué quiere Xi Jinping”, recordó el analista.
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En este escenario, el rol que ocuparán países con recursos naturales estratégicos como la Argentina están en el centro del debate.

Miller advirtió que muchas economías latinoamericanas quedaron atrapadas en un esquema en el que funcionan como proveedoras de materia prima para la maquinaria industrial china, y luego le compran a China los bienes terminados que esa misma maquinaria produce. Frente a esa dinámica, su recomendación no fue el desacoplamiento total —que consideró poco realista—, sino una estrategia de priorización a largo plazo. “Mi recomendación sería hacer solo lo que se puede hacer, pero plantear esto como un problema de 10 a 20 años en el futuro y trabajar hacia atrás”, dijo.
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Ese enfoque implica, según el analista, identificar qué industrias domésticas pueden perderse si el proceso continúa, y actuar antes de que sea tarde para recuperarlas. Miller también señaló que la reducción de la dependencia de China en las cadenas de suministro abre una oportunidad concreta para países como la Argentina: si Estados Unidos y sus aliados necesitan reemplazar a China como proveedor en sectores estratégicos, alguien tendrá que ocupar ese lugar, y los socios de confianza serán los primeros en la fila.
En diciembre de 2025, Miller fue ratificado como miembro de la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad Estados Unidos-China, el organismo creado por el Congreso estadounidense para evaluar el impacto de las políticas económicas, comerciales y de seguridad de China sobre los intereses estratégicos de Estados Unidos.
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Perfecto. Ya tengo los dos textos. La nota de Miller habla del “Shock de China 2.0”, la estrategia industrial china, la desindustrialización europea y el rol de Argentina como proveedor confiable. Lo que falta es el puente con Hausmann: el diagnóstico de que Argentina no tiene el motor tecnológico para capitalizar esa oportunidad.
El diagnóstico doméstico
Ese escenario de reconfiguración global tiene una contracara doméstica que analizó Ricardo Hausmann, fundador y director del Harvard Growth Lab, en el mismo seminario. Su diagnóstico fue directo: la Argentina cerró casi todas las brechas que la teoría del desarrollo identifica como determinantes del ingreso per cápita —expectativa de vida, fertilidad, participación laboral femenina, matrícula universitaria, urbanización y relación capital-producto—, pero el ingreso per cápita no convergió. El país pasó de representar el 35% del PIB per cápita de Estados Unidos al 15%. La variable que, por descarte, explica esa paradoja, es la tecnología.
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Para ilustrarlo, Hausmann recurrió a la comparación con Corea del Sur. En 60 años, ese país pasó de tener un sexto del ingreso per cápita de Argentina a más del doble. Hoy produce el 400% de las patentes per cápita de Estados Unidos; Argentina, apenas el 2%. “Están produciendo 200 veces más patentes per cápita que ustedes”, señaló el economista. El dato agrava el cuadro: esa brecha no se está achicando, sino ampliando. En décadas anteriores, el país registraba el 8% de las patentes norteamericanas per cápita.
El economista venezolano radicado en Cambridge también trazó un paralelo con China, cuyo avance tecnológico Miller había descripto como una amenaza estructural para occidente. Desde la lectura de Hausmann, ese avance tiene una explicación interna: China invierte 4,7 veces más de su PIB en investigación y desarrollo (I+D) que Argentina, tiene un 40% más de investigadores por millón de habitantes y produce 113 veces más patentes. “Esto es un motor del tamaño de una casa que aquí no estaba”, afirmó.
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La consecuencia práctica de esa brecha aparece en el paquete exportador. Mientras Corea incorporó en los últimos 15 años productos de alta sofisticación —químicos, electrónica, semiconductores—, los nuevos productos de exportación de Argentina en el mismo período se concentran en recursos naturales con escaso procesamiento. “La falta de esfuerzo en materia de innovación se nota en la falta de cambio en el paquete de exportación”, sostuvo Hausmann. Esa es, precisamente, la trampa que Miller advierte: ser proveedor de materias primas para la maquinaria industrial china y comprarle a China los bienes terminados que esa maquinaria produce.
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