
“Lo de James” está en Sacramento Street, en San Francisco, California, en la costa oeste de EEUU. Muy cerca de Silicon Valley, el famoso valle donde nació la era informática.
En rigor, el nombre del lugar es Monroe Residence Club, pero ninguno de los argentinos que vive allí lo llama de esa manera. Es que en este clásico edificio victoriano de principios de 1900, todo se arregla con James, el manager de este hospedaje muy simple que tiene modalidades que van desde un hostel compartido, a habitaciones con y sin baño y departamentos de dos o tres ambientes. Todo se charla.
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Una muy, pero muy modesta web –no permite reservas ni muestra precios– promete un lugar ideal para viajeros, empresarios, estudiantes y locales. “Ubicado entre los parques y mansiones del arbolado barrio de Pacific Heights, el acogedor y asequible Monroe combina las mejores características de un hotel y un apartamento”, dice el sitio y destaca eventuales charlas junto a la chimenea de caoba pulida. Quizás la descripción es algo exagerada. Como sea, sin dudas, el principal atributo de “lo de James” es que es barato. O al menos los emprendedores argentinos que viven allí. Por caso, los equipos de Malián y Ato, dos startups que desembarcaron en la ciudad en los últimos meses. Son parte de la última tendencia del ecosistema emprendedor de alto impacto del país. Empresas que recién arrancan y sueñan con ser el próximo “big thing” local. Pero ya no el próximo Mercado Libre, sino el próximo Google, OpenIA, Meta o Antropic. Mega grandes y globales.
Que la inteligencia artificial aceleró todo no es ninguna novedad, y menos si se habla de negocios vinculados a la IA. La ola pegó de lleno en los nuevos proyectos –en muchos casos los generó e hizo que fueran posibles– y casi todos nacen con un objetivo mandatorio: llegar a cada rincón del planeta. La idea de “comerse el mundo” estuvo en los powerpoints iniciales de muchas de las ahora grandes empresas tech locales, como Mercado Libre y Globant, dos de los unicornios pioneros del país. Luego, los vaivenes de sus negocios ordenaron las cosas: el gigante de las ventas en línea que fundó Marcos Galperin mantuvo la convicción inicial de ser sólo latina, y hoy es la empresa más grande de la región; y Globant, a pesar del momento complicado que atraviesa y las dudas sobre su futuro, alcanzó operaciones en 30 países.
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Ahora, las empresas que nacieron en los últimos años siguen el mantra de “go global” desde cero. Y muchas eligen llevarlo adelante directamente desde Estados Unidos, sobre todo desde San Francisco, en California, la meca de los negocios digitales de Occidente.
Así, jóvenes argentinos que terminaron sus carreras universitarias, o ni siquiera, arman las valijas, ponen la notebook en la mochila y se mudan al Norte con algunas ideas y no mucho más. Van en busca del capital grande. Muchas ya consiguieron algún tipo de fondeo que les permite dar el paso y hasta “tienen algo armado” y funcionando. Todos van con ganas y sabiendo que ser argentinos les da el plus de la resiliencia y la cintura para moverse rápido si las cosas no salen tan bien en algún momento. Después, se verá.
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Hotel argento
Ato es una suerte de Alexa para abuelos: un dispositivo que “escucha y habla” y busca hacerle mucho más fácil a los adultos mayores la interacción con una IA que los acompaña, asiste y genera conversación en momentos de soledad. Levantaron fondos por USD 1,3 millones el año pasado, hoy ya enviaron 2.500 dispositivos a 27 países y buscan más fondos para poder seguir creciendo.

“Casi de casualidad, aplicamos a un programa de una aceleradora de EEUU que vimos en X y nos vinimos a una entrevista. Ni idea teníamos. Creímos que no quedábamos, pero sí. En ese momento, sólo Mario Pergolini había apostado por nosotros. No conocíamos a nadie y las primeras semanas vivimos en un subalquiler en una planta baja con paredes de vidrio, un lugar en el que no se podía dormir”, cuenta, entre risas, Gaspar Habif, CTO del proyecto y cofundador junto a Juan Cereigido.
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“Teníamos que quedarnos para crecer. El tema de las visa fue complicado, pero lo superamos. Un desarrollo IA como el nuestro tiene que ser global. Estamos acelerando a un nivel que no esperábamos y eso generó que inversores de acá entendieran la idea rápido”, relata Gaspar.
Los chicos de Ato descubrieron “lo de James” por recomendación de la dueña de otro hospedaje para el que no les daba el presupuesto. Les dio una tarjetita de papel, algo muy old school para el San Francisco de estos días y así conocieron al famoso James. “Nos salvó la vida, no creo que haya algo más barato en esta ciudad. Yo vivo en el hotel con mi pareja, pero trabajó en otro lado. Cruzarse con amigos en la escalera, pero a la vez poder mantener la privacidad, es genial. Por ahí cae uno con pizzas y comemos todos juntos. James nos re banca”.
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La bola corrió rápido y pronto llegaron los fundadores de Melián, otra startup argentina.

“Llegamos en febrero. “Mudamos a todo el equipo y estamos todos juntos laburando y viviendo acá”, le dijo a Infobae Santiago Ruberto (20), CEO de Melían. Este medio contó la historia de Santiago y sus socios hace poco más de un año. La empresa –que entonces se llamaba Sirvana– tiene ambiciones grandes: usan IA para controlar ser un buscador de productos… de todos los productos. Como un mega Google para comprar de todo, aunque arrancaron con indumentaria y calzado. “Vamos a ser la empresa más grande del mundo y lo vamos a hacer desde EEUU”, prometió Ruperto entonces.
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“Estar en Silicon Valley te hace ser 100 veces más ambicioso, pensar más grande y conocer mucha gente”, asegura. “Acá todos trabajan en IA y no estar acá te desacelera, acá pasan las cosas. Vas a un evento y están Sam Altman, el CEO de Nvidia y los que están haciendo los cambios tecnológicos más importantes de estos tiempos. Vamos por la escala global y acá están los inversores y los ingenieros que lo pueden hacer posible”, dijo.
El grupo ya vivía en una casona en Belgrano, justamente en la calle Melián, y buscaron replicar la experiencia en San Francisco. Encontraron “lo de James” y todo fue más fácil. James tiene unos 60 años largos y como las negociaciones son cara a cara y sólo con él, los acuerdos llegan rápido. Los socios de Malián viven y trabajan en una especie de tres ambientes dentro de este hotel de unas 60 habitaciones en total, y usan las áreas comunes. Pagan unos USD 2.000 por mes para tres, con desayuno y cena incluidos. Tres veces por semana les cambian las sábanas y toallas y hay servicio de limpieza.
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Hay algunos inquilinos estables, como ingenieros que trabajan en Vercel y otras tech, y otros que rotan o están unos pocos días. Por esos cuartos pasaron emprendedores de compañías early stage argentinas, como Volt, Volantis, Buenbit, Wallbit, Roomiz, Talo, Yafu, Plaude, Pulso, Basement y hasta gente de Mercado Libre.

“En Argentina teníamos 500.000 usuarios y levantamos una ronda de USD 2,7 millones. Cerramos y lanzamos acá. Ahora estamos en 30.000 usuarios. Queremos llegar a 300.000 a final de año y ver si el año que viene ya empezamos a expandirnos a otros mercados. En el hotel estamos nosotros, están los chicos de Ato, y hay muchos programadores que trabajan de forma independiente. Qué mejor que vivir con amigos: a pesar de estar a 15.000 kilómetros de casa, nos sentimos con nuestra gente”, detalló.
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Go global
Según datos del fondo Latitud, casi el 50% de los emprendedores tecnológicos nacidos en la región –que postulan a su programa de aceleración– ya tiene al mundo como mercado objetivo. En 2021, esa cifra era del 3,6 por ciento. El salto de más de doce veces en menos de cinco años es el dato central del LatAm Goes Global Report, un estudio publicado esta semana que mapea cómo los fundadores de la región pasaron de construir para sus mercados locales a competir directamente en el escenario global.
El estudio también cuantifica el impacto acumulado de décadas de emprendimiento regional: más de 200.000 millones de dólares en valor combinado generado por empresas con al menos un fundador latinoamericano en su equipo.

Para explicar la trayectoria que llevó a este momento, el informe organiza la historia del ecosistema tecnológico regional en cuatro olas. La primera corresponde a la generación dot-com de inicios de los 2000 (MercadoLibre, Despegar y Globant); la segunda, posterior a la crisis financiera de 2008, fue más silenciosa pero sentó las bases del capital institucional en la región; la tercera ola llegó con la expansión del mobile, la nube y el capital de la era de tasas de interés cero, que empujó a empresas como Rappi, iFood y QuintoAndar hacia el territorio unicornio, mientras que, en paralelo, un grupo distinto —Auth0 y Vercel— ignoró el playbook regional desde el principio y construyó directamente para el mercado global: y la cuarta ola, la actual, arrancó con el superciclo de IA a fines de 2022. Según Latitud, es en este período donde los dos caminos convergen: construir para el mundo ya no es la excepción entre los fundadores más ambiciosos.
“Somos un fondo nuevo, que el país invirtió en empresas como Pomelo, Tapi, Fudo y Belo. Mi socio, Brian Requarth, nació en el norte de San Francisco, se casó con una colombiana y armó el Mercado Libre de propiedades en Colombia. Y luego lo hizo en Brasil. A los 39 años vendió su empresa en USD 650 millones. Invertimos en etapas tempranas, antes que nadie. Buscamos el mejor talento de la región para que se desarrollen donde sea. En ese contexto, vemos mucho movimiento en San Francisco”, dijo el argentino Tomás Roggio, socio de Latitud.
“Luego de la pandemia hubo una gran llegada de fondos a la región, aparecieron muchos unicornios, y ahora estamos en medio de un súper ciclo de IA. No es una tendencia, como lo fue fintech en su momento. Esto es un ciclo como móvil o internet. Tendrá momentos, habrá miniburbujas y cambios, pero es un ciclo de 15-20 años”, agregó Roggio. Dos de las empresas nuevas en las que Latitud invirtió son Taste Labs y Volantis, esta última tiene una IA para colegios con contratos en China y Gales.

El informe cita una investigación de Stanford University que encontró que las startups israelíes que se trasladaron a Estados Unidos tenían nueve veces más probabilidades de alcanzar el estatus de unicornio que las que permanecieron en su país de origen. Para las startups indias, esa ventaja era de 6,5 veces. Los datos de concentración de capital refuerzan esa lógica: en 2025, Estados Unidos captó el 79% de todo el financiamiento global en IA, y solo la zona de San Francisco, levantó más capital que el resto del mundo combinado.
Latitud también mapeó la presencia latinoamericana en el ecosistema tecnológico estadounidense: más de 80.000 estudiantes nacidos en la región están matriculados en universidades de ese país, incluyendo instituciones que alimentan a Stanford, MIT y Harvard. Más de 50.000 ya trabajan en empresas tecnológicas de EEUU. El grupo de talento más amplio incluye a más de dos millones de desarrolladores profesionales en la región, más unos 605.000 graduados en ciencias de la computación al año solo entre Brasil y México. Las visas de trabajo de alta calificación para ese flujo suman entre 25.000 y 35.000 al año.

El informe también recoge testimonios de fundadores de unicornios locales. “No tengan miedo de innovar. Piensen en grande desde el primer día y apunten a mercados globales”, recomendó Miguel Santos, fundador de Technisys. “Veo startups de la región con un nivel de enfoque, ejecución y servicio al clientes que, en algunos casos, supera al de sus homólogas de Silicon Valley”, dice en el estudio Guillermo Rauch, fundador y CEO de Vercel y, para muchos, el “padrino”.
De Lanús al mundo
Rauch, cuya empresa vale unos USD 9.000 millones, es inversor ángel en buena parte de estas empresas nuevas argentinas que llegan a EEUU. Como se dijo, una suerte de “padrino” que no sólo invierte, también hace de mentor, los recibe y los ayuda.
Nació en Lanús y aprendió a programar a los 10 años en su cuarto, solo, con la ayuda virtual de chats y grupos especializados. Cuando hacía el secundario en el Colegio Carlos Pellegrini comenzó a trabajar para empresas del exterior. Se fue del país y nunca volvió. En medio de la ola IA, su empresa diseña herramientas para los desarrolladores que usan IA; una plataforma que sostiene y potencia el software creado por el ciclo de aceleración de estos días. Por eso, por lo bien que funciona a escala global, vale lo que vale.

“Rauch abrió camino con Vercel y mostró que desarrollarse en el exterior es posible. Ahora, muchos emprendedores están dando el siguiente paso: ejecutar sus proyectos desde Estados Unidos para la región”, comentó Diego Pango, uno de los socios del fondo Magna Capital y pioneros de los negocios digitales del país que fundó Bumeran, Digital House y Brubank, entre muchas otras. “Silicon Valley sigue siendo el lugar donde las ideas se convierten en productos. Por eso las empresas argentinas de IA cruzan la frontera: buscan un mercado maduro, abierto, dispuesto a apostar por lo transformador”, agregó Pando.
Dos de las startups de su portfolio que están haciendo eso son Teramot y Rial. La primera busca armar el puente entre la IA más avanzada del mundo y los datos reales de una empresa. “Claude, ChatGPT, Gemini son brutales, pero sin acceder a la base de datos de una compañía trabajan en el vacío. Nosotros conectamos eso en menos de una hora, sin intervención humana, con más de 50 agentes que ordenan la información de punta a punta”, detalló Bruno Ruyu, CEO de la empresa. “El próximo paso es la escala global, y eso no se consigue gestionando un par de clientes grandes desde Rosario. Se consigue estando cerca de las empresas que definen el mercado y del capital que entiende infraestructura de IA. Por eso vinimo a Silicon Valley. No para descubrir cómo se hace esto, ya lo sabemos hacer, sino para hacerlo a la escala que corresponde”, aseguró.

Daphne Estrada está al frente de Rial y es hija de otro pionero local, el fallecido Alejandro Estrada. “Verificamos que las imágenes que le llegan a las empresas sean reales. Nuestros clientes son empresas de seguros, delivery y cualquiera que necesita saber de que las fotos que está analizando son reales. Y decidimos irnos a San Francisco porque nuestro mercado principal está en Estados Unidos y el ecosistema de startups que está ahí nos nutre muchísimo, desde conseguir financiamiento hasta inspirarnos en otros emprendedores y colegas”, dijo Estrada.
Alternativas
Desde Endeavor, la red global de emprendedores de alto impacto que nació en Argentina a fines de los ‘90, creen que EEUU sigue siendo uno de los principales hubs de innovación y, para muchos fundadores, un lugar extraordinario para crear y construir empresas globales, pero que no es el único.
“Hoy hay argentinos creando compañías globales que nacen y se validan en Argentina o en otros mercados de la región antes de expandirse, y otros que eligen EEUU desde el día uno. No hay una única receta. El futuro del emprendimiento no tiene una sola dirección postal: pensar global no depende de dónde empezás, sino de la ambición y la capacidad de construir una compañía que pueda competir en cualquier mercado”, le dijo a este medio María Julia Bearzi, Directora Ejecutiva de Endeavor Argentina.
Una de las empresas que es parte de la red y tiene su sede central en San Francisco es Biomakers, una biotech que trabaja con AI, medicina de precisión en oncología y enfermedades raras. “Hacemos algo que nunca se hizo antes a esta escala en la región: por primera vez, los pacientes están siendo incorporados de forma sistemática y científicamente rigurosa al desarrollo de los fármacos oncológicos y métodos de detección de cáncer más avanzados del mundo”, aseguró Nicolás Kirchuk, fundador de Biomakers, quien dice que estar basado en California es una decisión estratégica deliberada. “Nos permitió levantar nuestra Serie A liderada por fondos americanos especializados en oncología, construir alianzas con compañías que no habrían considerado a una empresa latinoamericana si no hubiera tenido presencia y credibilidad en el mercado americano, y proyectar una imagen de compañía global que tiene su epicentro operativo en Latam, pero su ambición y su posicionamiento en el mercado más competitivo del mundo”, destacó.

Cedalio, otra empresa Endeavor, automatiza las operaciones financieras con inteligencia artificial, empezando por cuentas por pagar. Si bien su mercado es la región, operan desde EEUU. “Estar en San Francisco no reemplaza al mercado latinoamericano: lo apalanca. Un partnership que se cierra acá se traduce en pipeline en cinco países al mismo tiempo”, dijo la CEO de la empresa Luciana Reznik.
Otras empresas muy jóvenes, como heytruffle y Rexi buscan su destino también desde San Francisco. La primera es una hospitality technology que desarrolla AI Concierges para grupos de restaurantes en ese país: cambió su nombre, anunció ronda de inversión y está entre los principales jugadores de la categoría trabajando con más de 400 restaurantes. “Emprender en EEUU te cambia completamente la vara. No alcanza con tener un buen producto: competís todos los días contra algunas de las mejores compañías del mundo por los mismos clientes, el mismo capital y el mismo talento”, afirmó Lucas Espina, cofundador de heytruffle.
Rexi, en tanto, consolida la información financiera de una institución en un solo lugar, estandarizando formatos y conciliando flujos. “Reemplazamos horas hombre con agentes y buena parte de la innovación del mundo salen de Silicon Valley y Nueva York. Estar acá y absorber la forma de trabajar eleva nuestro estándar para construir el producto y la compañía. Nos permite combinar talento latinoamericano con las mejores prácticas de Estados Unidos”, explicó Ignacio Berardi cofundador de Rexi.
Esta suerte de desembarco argentino en San Francisco no sólo parece responder a la búsqueda de capital y acceso a tecnología de punta, sino que refleja una transformación más amplia en la mentalidad emprendedora. La experiencia compartida en lugares como “lo de James” muestra que la construcción de redes y el apoyo mutuo sigue siendo un activo central para quienes se animan a dar el salto. Una suerte de neo garage emprendedor, como aquel famoso de Steve Jobs donde nació Apple, que está a una hora de auto del hotel argento, pero en etapas tempranas más colectivo y colaborativo.
Mientras la IA y el capital estadounidense marcan el pulso de la nueva economía global, los emprendedores argentinos que eligen Silicon Valley como base suman a su bagaje una resiliencia propia y la capacidad de adaptarse a entornos cambiantes. El fenómeno, lejos de agotarse en una tendencia pasajera, abre nuevas posibilidades para una generación que ya no se pregunta si puede competir afuera, sino cómo aprovechar cada oportunidad para dejar su marca. La historia de quienes cruzan la frontera para apostar por ideas globales, pero sin perder el anclaje en sus raíces, anticipa un futuro donde la innovación argentina aspira a ser protagonista en los centros neurálgicos de la tecnología mundial.
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