
La economía brasileña pasó de crecer a descarrilar, dice un informe del Ieral de la Fundación Mediterránea que cita dos evidencias contundentes al respecto:
- En los últimos 30 días, el Banco Central debió vender reservas por USD 32.500 millones, el 13% del total, para evitar que el dólar superase la barrera de los 6,20 reales
- El valor de las empresas brasileñas no encuentra piso, como refleja la evolución del Bovespa, el principal indicador bursátil, que en dólares había alcanzado niveles por sobre los 65.000 y 63.000 en 2008 y 2010 y estaba a casi 29.000 a principios de 2024, pero hoy apenas supera los 19.000, el cuarto nivel más bajo en lo que va del siglo. Solo en 2016, durante el proceso de recesión, crisis fiscal y destitución de la entonces presidente, Dilma Rousseff; 2020, durante la pandemia; y 2009, en el peor momento de la crisis financiera mundial iniciada a fines del año previo, el índice llegó a niveles inferiores al actual (Gráfico, abajo).
Una investigación de la Bolsa de Comercio de Rosario ya había alertado sobre la profundidad de la crisis brasileña y su impacto sobre la Argentina y resaltado el círculo vicioso entre la política fiscal y una deuda pública que, si bien en casi dos tercios es en moneda local, ya duplica en valor el PBI de la Argentina.
Sin piso y sin techo
“El valor bursátil de las empresas no encuentra piso y la suba de tasas de interés en moneda local (que agrava los problemas fiscales y de deuda pública) no encuentra techo”, escribió Jorge Vasconcelos, economista jefe del Ieral de la Mediterránea, para quien el hilo conductor es la escalada de la deuda pública neta, que entre 2022 y 2025 habrá engordado 10 puntos del PBI por año.

Según el autor, buena parte del problema fueron las políticas fiscales del presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva, que desde que asumió (el 1 de enero 2023) aplicó una política de gasto que instaló el déficit fiscal entre 8 y 9% anual del PBI.
Aceleración y descarrilamiento
Lo paradójico, dice, es que desde 2016 Brasil venía creciendo sobre bases “relativamente sólidas”, pero con su impaciencia y su subestimación del mercado, “Lula quiso acelerar el tren y, en lugar de llegar más rápido, terminó descarrilando”.
Según el trabajo, la crisis no tiene resolución clara. En la medida que el gobierno no ataque el exceso de gasto público y el Banco Central mantenga su independencia y siga aplicando su política de metas de inflación, la tasa de interés será positiva (superior a la inflación) y alta en términos reales, agravando el problema del déficit y la deuda públicas.
“Esto podría desencadenar una recesión en 2025, y una escalada mayor de la deuda pública en términos del PIB, por el peso de los intereses”, cree Vasconcelos. Y el conflicto entre prioridades fiscales y políticas y la política monetaria no tiene salida a la vista, porque las próximas elecciones presidenciales serán en octubre de 2026.
Algo tiene que ceder. Pero cualquier intento del gobierno por meter mano en el Banco Central o del nuevo presidente de la institución, Gabriel Galípolo, por complacerlo con una política monetaria laxa, agravaría la desconfianza y podría generar una corrida contra el real.
De hecho, aunque el ministro de Economía, Fernando Haddad, estudia nuevas medidas fiscales para achicar el déficit, los mercados descreen de prescripciones homeopáticas: les preocupan mucho los mecanismos indexatorios que aumentan el gasto público y expanden la deuda.
Con dominancia fiscal, subir las tasas de interés agrava el problema de expectativas de inflación y devaluación, en lugar de resolverlo”, explica Vasconcelos, lo cual ya está impactando el nivel de actividad. Si bien el PBI habría crecido 3,5% en 2024, se desaceleró a fin del año, como sugieren datos sobre acceso al crédito del sector privado e importaciones.
Es allí donde ya se manifiesta un preocupante “derrame” sobre la economía argentina. Las importaciones brasileñas, que aumentaron 9,2% en 2024, serían una de las principales variables de ajuste y un real ultra-devaluado impulsará hacia terceros mercados, incluido el argentino, la producción industrial que no tenga demanda en el mercado interno, algo que ya se refleja en el mercado automotor.
Algunos números al respecto:
- Aunque en 2024 Brasil tuvo récord de patentamientos de vehículos (+15% respecto de 2023), las exportaciones de la Argentina a Brasil en el rubro subieron apenas 1%, según datos del período enero-noviembre, mientras las compras de autos made in China crecieron 229 por ciento.
- Las exportaciones de vehículos de Brasil a la Argentina crecieron un 39%, una dinámica que en 2025 sólo podría ralentizarse por reglas del comercio bilateral, no por las del mercado.

La diferencia de tamaño entre mercados, que ya era abismal, se agravó el año pasado. Como señaló una nota de Infobae, el mercado automotriz brasileño es históricamente cuatro a cinco veces más grande que el argentino y en 2024 la relación se agrandó a seis.
Así las cosas, concluye el estudio, “para el entramado industrial del país los temas recurrentes de la agenda 2025 en la relación con el principal socio del Mercosur estarán marcados por la asimetría cambiaria, la diferencia en el ritmo de crecimiento entre ambos países y la profundización del efecto disruptivo de China sobre la región”.
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