
Cuatro años después, en la city porteña nadie se olvida del lunes 12 de agosto de 2019, el día posterior a las PASO. El resultado electoral fuera de cualquier pronóstico sepultó la reelección de Mauricio Macri y el mercado pasó de un viernes de euforia a un lunes de catástrofe con caída de los activos argentinos y una fuerte devaluación del peso.
En los días posteriores, el lunes negro post-PASO desató además una ola de retiro de los depósitos, un cambio de ministro de Economía y el regreso de los controles cambiarios. Los encuestadores quedaron en la mira para siempre y los indicadores económicos de la gestión macrista empeoraron sin retorno.
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A contramano
El cierre de campaña del viernes 9 no podía haber sido mejor. Una consultora con llegada al Gobierno había deslizado una encuesta con un resultado muy favorable para el macrismo y el mercado respondió en consecuencia. El dólar en el Banco Nación, sin controles de ninguna clase, cerró a $46,20 y en baja. El contrato de dólar futuro para septiembre ni siquiera llegaba a los $49, señal de optimismo sobre la suerte del gobierno y la estabilidad cambiaria. Los bonos de referencia de la época, como el Bonar 24, cerraron 3% en alza y el riesgo país bajó casi 4%, a 861 puntos. En Wall Street, las acciones argentinas volaron: Macro, Galicia y Pampa Energía subieron más del 10%. La Bolsa porteña, por su parte, saltó más del 7 por ciento.
El mismo domingo de la elección, el economista Carlos Rodríguez vaticinó en una columna en Infobae: si la fórmula Fernández-Kirchner saca 45% habrá “pánico en los mercados y Mauricio Macri queda como un ‘pato rengo’, como le dicen en EEUU a los presidentes en el cargo pero sin poder. Caen los bonos del Tesoro y las acciones. Cae demanda por plazos fijos en los bancos y sube la compra de dólares”. Y recordó algo relevante: “Los mercados votan todos los días”.
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Alberto Fernández obtuvo el 47% contra un 32% de Macri, lo que presagiaba un triunfo en primera vuelta, que se concretó en octubre. Ningún encuestador había estado cerca de tamaña diferencia. En el búnker oficialista de Costa Salguero, los reproches políticos por la derrota electoral se transformaron en preocupación inmediata para los funcionarios económicos: qué hacer con el dólar el día después.
El lunes negro los mercados reaccionaron tal como se esperaba. En la Bolsa se produjo la peor jornada de la historia argentina, con pocos antecedentes incluso a nivel mundial para un país que no entra en guerra o catástrofes similares. La debacle fue del 50% en dólares. Los títulos de la deuda se desplomaron un 35% en dólares. El Bonar 24 perdió tanto su valor que su tasa de retorno llegó al 38%. El riesgo país en muy poco tiempo se disparó a casi 2.000 puntos.
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El dólar saltó un 23% sólo el primer día y quedó cerca de $58 después de haber llegado a $65. La ola compradora fue aún más grande que cuando se abrió el cepo, en el comienzo de la gestión Macri. Muchos no esperaron a que abran las puertas de los bancos: apenas se conocieron los primeros cómputos y la derrota macrista se volvía irreversible, empezaron a comprar vía apps o homebanking a 50 o 52 pesos en la misma noche de la elección.
Para completar un clima de tensión, a primerísima hora del lunes, el entonces presidente del BCRA, Guido Sandleris, se reunió en la Casa Rosada con Macri y su jefe de Gabinete, Marcos Peña, generando la expectativa de la aplicación de medidas que nunca llegaron. Ni siquiera algún mensaje para tratar de llevar tranquilidad o alguna gestión, formal o informal, para atenuar la corrida.
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Dilema de hierro
En ocasiones, cuando la demanda de dólares es indetenible, el Banco Central queda obligado a elegir entre dos opciones malas. Si interviene en el mercado, corre el riesgo de ser acusado de dilapidar reservas, beneficiando a quienes compran a un precio barato. Si “se corre” del mercado y no interviene, cuidará sus divisas pero será evidente que el mercado le torció el brazo y que no quiso o no pudo hacer nada para frenar el vendaval.
Lo cierto es que el gobierno decidió enfrentar aquel lunes, que indudablemente iba a ser negro, sin ninguna medida concreta, de las múltiples que la Argentina conoce después de su frondosa trayectoria de corridas cambiarias. Sobre el final de la rueda, hizo algunas ventas que no impactaron demasiado.
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Tras el cierre de los mercados, habló Macri y llenó la escena de suspicacias. Junto a su candidato a vice, Miguel Angel Pichetto, dio una conferencia de prensa en la que advirtió: “Esto es sólo una muestra de lo que puede pasar. Esto marca que por el pasado mucha gente decide que no deja su dinero en este país. Se va del país. Se los vengo diciendo hace tres años y medio. No podemos volver al pasado porque el mundo ve esto como el fin de la Argentina”.
En ese mensaje, muchos vieron que la decisión de “correrse” para dejar subir el dólar fue intencional, para sembrar temores acerca del regreso del kirchnerismo. “El problema mayor que tenemos es que la alternativa kirchnerista no tiene credibilidad”, cargó Macri e insistió en responsabilizar a sus adversarios: “Yo no veo que el kirchnerismo haga ningún esfuerzo por demostrar que hacen las cosas distintas. Ellos nos desconectaron del mundo. Hay un problema grave entre el kirchnerismo y el mundo. Tienen ellos que trabajar para que tengamos una elección más normal”.
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También destacó que esa suba del dólar frenaría una baja de la inflación. “El proceso que iba hacia uno coma algo en agosto se va a revertir por la inestabilidad del tipo de cambio”, dijo. El índice de precios había sido de 2,2% en julio pero la marca interanual todavía estaba lejos de mostrar un descenso y se ubicaba en el 55%, un nivel similar al que Macri finalmente le dejaría a Alberto Fernández. Y avisó que le pidió a su equipo económico “medidas para cuidar a los argentinos”.

Tan inusitado fue su mensaje que un par de días después anunció esas medidas y tuvo que dar marcha atrás: “Quiero pedirles disculpas por lo que dije en la conferencia del lunes. Todavía estaba muy afectado por el resultado del domingo. Además, estaba sin dormir y triste por las consecuencias que tuvo en la economía”.
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Los anuncios fueron un tardío plan platita: alivio en el impuesto a las Ganancias para los asalariados, bono para empleados públicos, pagos extra para la AUH y las becas Progresar, convocatoria al Consejo del Salario Mínimo y congelamiento por 90 días del precio de las naftas, en la búsqueda de una reconciliación con los votantes. “Les exigí demasiado”, se lamentó.
Sin retorno
Pero para el sector financiero, después de tantas pérdidas, la suerte estaba echada. La euforia previa, lo inesperado del resultado electoral, el modo en que reaccionó el Gobierno y lo incierto de la fórmula Fernández-Fernández, hicieron el resto. En los 30 días siguientes al lunes post-PASO, el sistema perdió un tercio de sus depósitos en dólares porque los ahorristas sacaron de los bancos USD 10.000 millones. Y las reservas del Banco Central bajaron de USD 64.000 millones a USD 50.000 millones.
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La inflación de agosto saltó al 4%. Nicolás Dujovne abandonó el ministerio de Economía y su reemplazante, Hernán Lacunza, debió afrontar las medidas incómodas, reimplantar controles cambiarios y “reperfilar” la deuda en pesos para evitar que la emisión impulsara aún más a la inflación. A partir del lunes negro, todos los indicadores económicos acentuaron su deterioro.
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