
El Gobierno, y en particular el Ministerio de Economía, tuvieron un arranque del año agridulce. Por un lado sacan pecho por el rally que están viviendo los activos financieros argentinos, con fuertes subas de las acciones y continua caída del riesgo país, que quedó a punto de perforar los 2.000 puntos. Pero esta bonanza financiera, que ya es bastante más que un “veranito”, contrasta con la preocupación por el clima. La sequía es un hecho y las estimaciones sobre sus consecuencias van de “preocupantes” a “catastróficas”: en el mejor delos casos, una disminución significativa en el ingreso de dólares a lo largo del año en relación al año pasado.
En el Palacio de Hacienda ya dan como un hecho el impacto negativo, aunque buscan suavizar la preocupación que esto genera. “Decían que la cosecha de trigo sería de menos de 9 millones de toneladas y terminó en 14,7 millones”, explican. Con ese antecedente, Massa en reunión con gobernadores estimó que el impacto en las exportaciones oscilará en un rango que va de USD 3.700 millones a USD 5.000 millones. Pero se trata de una proyección muy optimista en relación a otras que circulan entre inversores y productores.
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El último reporte de la Bolsa de Cereales, divulgado a mediados de la semana, es dramático. Estiman que la caída de la producción podría ubicarse entre los USD 11.000 millones y los USD 15.700 millones, según si el escenario es moderadamente negativo o muy pesimista. La entidad advirtió sobre la baja disponibilidad de humedad en las áreas productivas y las elevadas temperaturas, que condicionan el área final sembrada y las proyecciones de cosecha.
Podría tratarse de la peor sequía desde 2009, superando incluso la sufrida durante la gestión de Mauricio Macri en 2018. La merma de divisas de aquel momento sumado al cierre de los mercados financieros para la Argentina precipitó entonces el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI).
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El Gobierno, por lo tanto, deberá enfrentar el año electoral con un alarmante faltante de dólares. En 2022 Massa consiguió cumplir con la meta de acumulación de reservas con el Fondo a partir del tipo de cambio diferencial que ofreció en las dos versiones del “dólar soja”. Ahora será muchísimo más difícil sacar nuevos “conejos de la galera”. El anuncio de la ejecución de USD 5.000 millones del swap de monedas con China tampoco convenció.
Consultatio Financial Services planteó un complejo escenario para las reservas, ante dos realidades: la caída de las exportaciones y la ausencia de desembolsos netos de los organismos multilaterales, además de los vencimientos de bonos que debe enfrentar el Gobierno y provincias con el sector privado.
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Teniendo en cuenta esas circunstancias, la consultora estimó una caída de reservas netas de USD 6.300 millones, lo que implicaría terminar el año con un stock apenas por encima de los USD 1.000 millones. La mayor parte de la caída ocurriría, sin embargo, en el último trimestre. De ser así, Alberto Fernández dejaría a su sucesor incluso menos reservas de lo que en su momento dejó Cristina Kirchner.
La escasez de dólares tendrá en los próximos meses consecuencias muy duras, tanto en lo económico como desde el punto de vista político. Es un hecho que el cepo cambiario se volverá todavía más rígido, agravando los problemas de las empresas para acceder a insumos importados. En otras palabras, la economía estará cerrada a las importaciones, incluso más que en las épocas de Guillermo Moreno en la secretaría de Comercio.
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El aumento de 120% que tuvo la indumentaria en 2022, medido por el Indec, muestra los efectos del cierre indiscriminado de las importaciones: hay menos competencia del exterior y al mismo tiempo crecen los problemas de las empresas para acceder a insumos importados y se generan más remarcaciones por las dificultades de reposición.
Una encuesta de la UIA arrojó que 7 de cada 10 empresas reconoce que corre el peligro de parar la producción por falta de insumos importados. Es decir que la escasez de divisas es un problema que automáticamente derrama en la producción.
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Endurecer al extremo el cepo cambiario es imprescindible, además, para evitar una devaluación brusca del tipo de cambio oficial. Desde que arrancó su gestión, Massa evitó sincerar el valor del dólar y ahora incluso redujo el ritmo de devaluación para reducir la presión sobre los precios. Pero la única forma de mantener esta política es con la ayuda del cepo, porque el Central no tiene dólares para abastecer la demanda potencial de importadores.
El peligro es además que la brecha cambiaria se siga ampliando, sobre todo si el Central pierde gradualmente poder de fuego para intervenir en la cotización de los dólares financieros como lo viene haciendo. Así logró mantener bajo control al dólar MEP en la zona de los $340, pero no pudo evitar que el dólar libre se dispare a casi 370 pesos.
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La escasez de divisas tendrá un innegable impacto en la política cambiaria, la marcha del acuerdo con el FMI y la actividad económica. Pero el clima tendrá efecto como nunca en el armado electoral del Gobierno y quizás también de la oposición.

La baja de la inflación era el principal factor para definir una potencial candidatura presidencial de Massa, junto a la recuperación del poder adquisitivo. Pero se agrega otro factor que también lo condiciona, y mucho, que es el comportamiento del mercado cambiario y el derrame sobre la actividad productiva. Si ya no la tenía fácil de antemano luego de un año que arrojó casi 95% de inflación, ahora todo será aún más cuesta arriba.
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También para la oposición el clima será un dato muy relevante en los próximos meses, de armado preelectoral. Mauricio Macri sigue dando vueltas en relación a una posible candidatura, que hoy parece poco probable. Pero el incentivo de aprovechar la debilidad del kirchnerismo sigue presente. Resultaría paradójico que la sequía de 2018 haya marcado el principio del fin de su gobierno y que ahora este mismo fenómeno climático lo deje a las puertas de un regreso al poder.
Más allá del calendario electoral que se acerca, Massa tiene la obligación de manejar el día a día, rezando por una lluvia salvadora y al mismo tiempo afrontando las urgencias. Uno de los temas que insólitamente se coló en la agenda es la emisión de billetes de mayor denominación. El de 1000 pesos apenas equivale a 2,80 dólares. Desde que fue emitido hace menos de 6 años ya perdió más del 90% de su poder adquisitivo.
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Por eso, el ministro estaría definido a romper un tabú kirchnerista: emitir billetes de mayor denominación, que podría llegar a 5.000 ó incluso a 10.000. El martes asume el nuevo titular de la Casa de la Moneda y el miércoles podría haber un anuncio, lo que borraría uno de los insólitos postulados mantenidos durante tantos años primero por Cristina y luego por Alberto: no emitir billetes de mayor definición como una forma de esconder la inflación, a pesar de los enormes costos que genera para el propio BCRA, las empresas e incluso el medio ambiente por la necesidad de transportar una cantidad de billetes cada vez más grande.
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