
Argentina está a punto de confirmar una vez más que los mercados tienen poca memoria. Hace un puñado de meses, el país era considerado un paria financiero. La inflación cerca 100%, la carencia de financiamiento internacional y el peligro de un descontrol cambiario hacían que ningún inversor serio tuviera intenciones de “enterrar” una moneda en el país. Nada ha cambiado, pero súbitamente la Argentina volvió al radar de los grandes inversores.
O quizás sí estén sucediendo cambios muy significativos.
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A partir de febrero comenzarán a desembarcar los administradores de cartera de distintos fondos globales, que quieren ver si realmente el país se encamina a una situación diferente. Poco importa desde esa mirada si la inflación será un punto más o menos en enero. Ni siquiera si la cosecha será peor a la del año pasado y faltan dólares. La única variable realmente importante para los grandes Fund Managers es si el próximo diciembre empezará un verdadero cambio de régimen político en la Argentina.
Aunque todavía existen enormes dudas sobre quiénes serán los candidatos en las elecciones, el dato clave para los mercados fue el anuncio de Cristina Kirchner de que no competirá. Aun cuando nadie pone las manos en el fuego por esa promesa, las encuestas también marcan que la actual vicepresidenta tiene escasas chances de ganar si se presenta.
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Sin espanto
Sin Cristina y sin candidatos potables del kirchnerismo duro, la principal incógnita del proceso electoral que se avecina estaría develada. Al menos con la información que se tiene hasta hoy, en las próximas presidenciales no habría “cucos”, candidatos que espanten a priori a quienes deben tomar decisiones de inversión.

La elecciones presidencial en Argentina se perfila así muy diferente a la de la mayoría de los comicios de América latina, algo que también atrae a los mercados. El izquierdista Gabriel Boric dio el batacazo el año pasado en Chile y lo mismo sucedió con Gustavo Petro, rompiendo una tradición de gobiernos de centroderecha en Colombia. Además, mantiene históricos lazos con el venezolano Nicolás Maduro. La “frutilla del postre” fue la victoria de Lula Da Silva en Brasil, más allá que en sus anteriores gobiernos se manejó siempre con moderación, respetando la independencia del Banco Central y con manejos cuidadosos del gasto público.
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Pero al menos en esta elección, los partidos de izquierda están en franco retroceso. En juntos por el Cambio los dos posibles candidatos, aún con matices, le escapan al populismo: Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich. La gran sorpresa es justamente un candidato liberal como Javier Milei, que además atrae el descontento de los jóvenes.
Massa asoma
En el Frente de Todos asuma la candidatura de Sergio Massa, que se va imponiendo en forma natural a partir de la consolidación de reservas, la confirmación del acuerdo con el FMI en todo momento y la intención manifiesta de ir al equilibrio fiscal. El discurso del ministro de Economía incluso logró eclipsar en los últimos meses a los principales referentes económicos de la oposición.
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Ya en el último trimestre desembarcaron en Buenos Aires importantes administradores de cartera para entender, sobre todo, el proceso político que está a punto de atravesar la Argentina. Esta peregrinación se profundizará en los primeros meses de 2023. “Perdí mucha plata en el país porque aposté fuerte cuando llegó Mauricio Macri y las cosas no ocurrieron como esperábamos. Pero ahora quiero la revancha”, le dijo en noviembre uno de estos grandes administradores a Infobae.
La pregunta siguiente es obvia: ¿por qué en esta oportunidad sería diferente a lo que sucedió en el 2015? La situación económica es claramente más delicada. Cristina Kirchner se fue con una inflacion del 25% en 2015 y ahora orilla el 100 por ciento. Los agregados monetarios, incluyendo Leliq y Pases, son infinitamente superiores a los de 8 años atrás. El Tesoro debe enfrentar vencimientos de deuda en pesos por $11 billones, cuando en aquel entonces casi no había deuda en moneda local emitida por el Gobierno. Los bonos en dólares se recuperaron, pero aún siguen en torno a los USD 30 por cada 100 de valor facial, porque se descuenta una nueva reestructuración, un tema inexistente en 2015.
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Objetivamente la situación económica y financiera hoy es mucho más acuciante que en 2015. ¿Por qué entonces los inversores volverían a fijarse en la Argentina, cuando ya sufrieron pérdidas millonarias hace no tanto tiempo?
¿Por qué sí?
Una de las respuestas más obvias es que “el público se renueva”. No todos los fondos internacionales ni quienes los administran sufrieron aquellas pérdidas, por lo que no tienen ese “sesgo negativo” a la hora de evaluar oportunidades.
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Otra es que los activos financieros (y también los reales) cayeron drásticamente después de las PASO de agosto de 2019. Aun luego del fuerte rally de los últimos meses, con acciones que duplicaron en dólares, los precios cotizan apenas a una fracción de aquellos niveles. Los bancos, por ejemplo, siguen 70% abajo en dólares en relación a cuatro años atrás. YPF, que triplicó su cotización en moneda dura desde julio, está a la mitad de precio que en la “era Macri”. La sensación es que todavía hay precios muy baratos para conseguir ganancias.

Pero dentro de estas consideraciones, sin lugar a dudas la de mayor peso en estas horas tiene que ver con las perspectivas electorales. Argentina se convertirá este año en uno de los pocos países de la región con un gobierno de “centro”, algo que muy pocos pueden mostrar: Uruguay, Paraguay, Ecuador y no mucho más.
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Además, tradicionales países emergentes ahora quedaron rezagados por la guerra, como Rusia y Ucrania, que podrá recibir mucha ayuda de organismos pero difícilmente atraiga a inversores financieros. Y otros mercados también cayeron en desgracia por motivos geopolíticos, como sucede con Turquía, otro de los grandes entre los emergentes.
El próximo gobierno tendría así un desafío económico muy grande por delante, incluyendo la unificación cambiaria. Pero el contexto político podría jugar mucho más a favor. Macri gobernó desde el primer minuto con la sombra de Cristina Kirchner y la posibilidad de un retorno del kirchnerismo duro, que finalmente sucedió en 2019. Ahora todo indica que ya el nuevo gobierno ya no deberá lidiar con ese fantasma.
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