
“¿En qué país funcionan subsidios energéticos de 3 ó 4 puntos del PBI? ¿En qué país del mundo funciona un déficit financiado con una moneda que la gente deja de querer?”, preguntó retóricamente Martín Guzmán en una reciente entrevista con la periodista María O’Donnell, en la que defendió el acuerdo con el FMI y la meta de reducir el monto de los subsidios energéticos, principal causa no forzada del déficit fiscal, mediante un aumento “segmentado” de las tarifas de gas y electricidad.
Acuciado por el kirchnerismo y por una inflación que en 29 meses de gestión de Alberto Fernández como presidente y de él como ministro de Economía acumula 162,4%, Guzmán pareció recordar cuestiones que antes de llegar al gobierno tenía presentes y diluyó en el perogrullesco discurso (¿sarasa?) de la “multicausalidad”, con el que pretendió conciliar su formación técnica y el relato del gobierno que integra.
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Aunque hace más de un año denunció el “sesgo pro-ricos” de los subsidios, Guzmán no fue consecuente. No fue su discurso, sino las decisiones del subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, y la de otros subordinados suyos del riñón kirchnerista las que pesaron en cuestiones energéticas. En la semana que pasó el ministro hasta se abstuvo de asistir a las audiencias públicas sobre un tema que depende enteramente de su cartera. Su reciente activismo público, notó Carlos Melconian, parece más el de un comentarista que el de un ministro. O, en todo caso, más el de un ministro que recién asume que uno con casi dos años y medio de gestión.
Aquel paper de 1989
En un diálogo sobre energía organizado por Econojournal, una publicación especializada, del que participaron Mauricio Roitman y Carlos Casares, funcionarios del área durante el gobierno de Macri, y Cristian Folgar, subsecretario de Combustibles durante el gobierno de Kirchner, Roitman recordó que Daniel Heymann, docente y asesor ad-honorem de Guzmán, escribió en 1989, junto a otro economista de prestigio, Alfredo Canavese, un trabajo académico que advertía cómo los “rezagos fiscales” y las “expectativas” pueden ir trazando, de la mano de la indexación, un camino de inflación ascendente.
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En los 80s, durante el gobierno de Alfonsín, esos rezagos se debían en gran medida al déficit de las empresas públicas, que aplicaban “tarifas políticas”, antecedente del desmadre de subsidios que aplicó el gobierno y de hecho convalidó Guzmán. En los 12 meses acumulados hasta abril, calculó el Instituto Argentino de Energía (IAE), los subsidios energéticos acumularon USD 13.027 millones, un 91,1% más que un año antes. Los fondos que el Tesoro asigna a la Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico (Cammesa) para que cubra la diferencia entre el costo que paga a las generadoras y aquel al que vende la electricidad a las distribuidoras de todo el país, explican casi dos tercios de ese agujero.

La duda ahora es si el regreso a las fuentes llega a tiempo, teniendo en cuenta además los dos meses que -dijeron las distribuidoras- les llevará implementar la segmentación de tarifas pergeñada por Economía, al cabo de las audiencias públicas a las que Guzmán no asistió. La cuestión es relevante, por eso de los “rezagos” que advertía Heymann, en un contexto en el que –como reconoció el ministro- la interna de la coalición oficial socava la credibilidad (léase, expectativas) en torno de su plan anti-inflacionario, codificado en el acuerdo con el Fondo.
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El “contexto internacional”
Guzmán suele explicar la inflación argentina –que ya en 2021 había cerrado en 50,9%- por el “contexto internacional”. El gráfico de abajo, actualizado por Marina dal Poggeto del libro “Tiempo perdido”, que escribió junto a Daniel Kerner, de la consultora Eurasia Group, muestra que la inflación local, al igual que el ‘riesgo-país”, es varias escalas superior a la internacional e incluso a la de otros países latinoamericanos.
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Los datos allí consignados permiten apreciar que la híperinflación argentina de 1989 no fue un rayo en un día de sol, sino un fenómeno que también azotó a otros países de América Latina, por entonces en su “década perdida”. Por otra parte, el Guzmán que atribuye la actual inflación al “contexto internacional” es el mismo que en 2020, cuando la inflación argentina descendió al 36,1% desde el 53,8% de 2019, lo atribuyó a su pericia, en un mundo en el que, a causa de la pandemia, la energía llegó a tener precio negativo y la inflación mundial se redujo de 3 a 1,5 por ciento.
La preocupación del ministro por los temas energéticos es auspiciosa, pero luce tardía. Como ya se contó aquí, el proyecto del ahora llamado “Gasoducto Néstor Kirchner” data de 2019, fue anulado por el actual gobierno en diciembre de 2020, un año después de asumir, y Economía tardó14 meses más, hasta febrero de 2022, en reemplazarlo con un nuevo diseño, pero aún no licitó la obra, sobre cuya urgencia había advertido el primer secretario de Energía del actual gobierno, Sergio Lanziani, en mayo de 2020, hace ya dos años. Eso sí, la agencia a cargo del proyecto celebró hace unos días rebautizarse Energía Argentina SA (Enarsa), el nombre con el que había salido de la imaginación de su creador intelectual, el exsecretario de Comercio, Guillermo Moreno.
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Guzmán impulsa ahora un régimen especial para atraer las inversiones necesarias para desarrollar las potencialidades energéticas de la Argentina: consiste, básicamente, en permitirles a las empresas condiciones que les niega a los demás sectores. El “impulso” es escapar del marco general, lo que dice mucho sobre este último.
Desde el llano
En 2016 el entonces Fellow de la Universidad de Columbia, donde lo apadrinó Joseph Stiglitz, criticaba la “apreciación” cambiaria; esto es, el dólar oficial rezagado. “La gente entiende que eso es insostenible, entonces empieza a pensar que se va a depreciar el dólar”, explicaba en un debate en la Argentina, al lado de Noemí Brenta, una estudiosa y crítica del FMI. “¿Qué hace la gente cuando ve expectativas depreciatorias?”, se preguntaba. Y respondía: “Va a comprar dólares. ¿Qué pasa con las reservas? Se caen. Por una parte, empezás a tener problemas del lado comercial que, si no hacés nada, empezás a perder reservas por ahí”.
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Guzmán enumeraba luego la pérdida de reservas por el turismo. “Empezás a perder dólar ahí también, te empezás a quedar sin reservas. Para poder controlar eso empezás a meter un montón de controles desde la importación y desde la posibilidad de comprar dólares, pero eso te afecta todo tu esquema. Esa es la reacción a que le pifiaste desde la macro”, afirmaba, en una descripción con mucho olor a presente. “Esa es nuestra realidad –concluía- tenemos un problema, el tema es cómo salimos, y hay salidas que son muy malas”.
Nominado
Apenas cuatro días antes de asumir como ministro, Guzmán todavía denunciaba por TV la “mala praxis” de los gobierno de Mauricio Macri y de Cristina Kirchner y atribuía a este ultimo el “inventar teorías de que imprimiendo dinero se va a generar crecimiento y terminamos teniendo crisis externas, y las crisis son destructivas”.
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El entrevistador, Rolando Graña, acotó entonces que el dinero se imprimía “para tapar baches”, expresión que Guzmán tomó al vuelo y extendió diciendo “para tapar baches y después inventar una teoría, porque no es solamente un problema de esta administración (por la entonces en sus últimos días, de Macri) lo que está pasando: la Argentina está estancada desde 2011. También ha habido mala praxis en el período anterior”. Lo de “inventar teorías de que imprimiendo dinero se va a generar crecimiento” era una obvia referencia a las disquisiciones de Axel Kicillof, el último ministro de Economía del tercer gobierno kirchnerista, recientemente reiteradas por la actual vicepresidente en una presentación en Chaco.
Subsidios desmadrados, “rezagos” y déficits fiscales, emisión monetaria, rol de las expectativas, política cambiaria inconsistente, pérdida de reservas “porque pifiaste la macro”, son todos conceptos que Guzmán pareció recordar en las últimas semanas para intentar controlar una inflación que se le fue de las manos. Como advertía su asesor hace más de 30 años y decía él mismo hace menos de 30 meses.
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