
En la Argentina es muy común por parte de los defensores de las políticas populistas y de creciente intervención del Estado en la economía, de cuestionar las ventajas del sistema económico que permitió acelerar en el último siglo el desarrollo de las naciones y sus poblaciones, basados fundamentalmente en la mirada doméstica de los índices socioeconómicos, más que en el desempeño a nivel planetario, para tratar de imitar y copiar las virtudes, más que sus defectos.
De ese modo en la actualidad muchos funcionarios y seguidores del Frente de Todos buscan defender las políticas de controles de precios y en el mercado de cambios, al punto de provocar en muchos de los casos afectados la demanda del restablecimiento de derechos constitucionales a trabajar, comerciar y viajar sin restricciones al resto del mundo, según las políticas comerciales de privados, sin presencia del Estado.
El secretario de Comercio Interior Roberto Feletti dijo en la última semana: “Estamos ante un capitalismo que quiere ganar mucho y producir poco, y la Argentina no es la excepción”, con la intención de defender su convicción de que es es imprescindible “desacoplar” los precios internos de los internacionales. “El pueblo tiene que saber qué pensamos los funcionarios”, dijo además, en réplica al ministro de Producción, Matías Kulfas, que le había reprochado “pensar en voz alta”.
También el ministro de Economía, Martín Guzmán, que busca desde hace 2 años llegar a un acuerdo con las máximas autoridades del FMI, defensoras de políticas menos intervencionistas, austeridad fiscal y apertura de la economía, hizo declaraciones en un tono similar: “Necesitamos acciones tributarias para evitar que los ricos se hagan más ricos y los pobres, más pobres”, fue en el cierre de las Jornadas Monetarias del Banco Central.
Ambos conceptos parecen funcionales para justificar medidas de mayor intervención del Estado en la economía en su conjunto, pese a que eso es lo que ha predominado en las últimas dos décadas y generó un brutal y doloroso aumento de la pobreza y por tanto pérdida de calidad de vida de la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, no están avalados por el comportamiento de la mayor parte de los 190 países miembros del FMI en los últimos 40 años, donde claramente se asistió a un proceso de “más capitalismo y menos pobreza”, según puede verse en la serie estadística de PBI y de generación de ingreso promedio anual por habitante, sea medido en pesos constantes, o en el equivalente en dólares al tipo de cambio de mercado.
En el primer caso se observa que entre 1981 y la última estimación para 2021 el PBI global en términos reales y en la moneda de cada país creció a una tasa anual acumulativa (a.a.) de 3,31% -se multiplicó casi por 4-, con crecimientos extremos de 9,3% a.a. en China; 6,6% a.a. Vietnam y 5,9%; por un lado, y depresiones a un ritmo de 2% a.a. en Venezuela y 5,1% a.a. en Libia. Mientras que la Argentina, caracterizada por crisis recurrentes, cada 7 y 10 años, según como soplen los vientos internacionales y alguna alternancia en la política, apenas acusó un ritmo de aumento anual acumulativo de 1,4%, apenas por arriba de la tasa media de crecimiento vegetativo de la población, se multiplicó por menos de 2 en todo el período.
Una comparación similar, pero en dólares corrientes y al tipo de cambio oficial, arroja brechas aún mayores entre el desempeño de la economía global en su conjunto y la Argentina.
En el primer caso se multiplicó en los últimos 40 años por 8,3, pasó de USD 11,5 billones a USD 94,9 billones (94.935.110.000.000), en tanto en el segundo se elevó muy moderadamente, de USD 233.700 millones a USD 455.170 millones, subió 1,4 veces.
Claramente, si la estimación del PBI en dólares en la Argentina se hiciera sobre la base del promedio de los tipos de cambios libres o marginales que superan en más de 100% a la paridad discrecional que fija el Banco Central, se llegaría a valores notablemente inferiores a los registrados por el FMI.
Semejante retraso tiene entre sus muy negativas consecuencias un constante deterioro de la calidad de vida de sus habitantes -en particular de los sectores informales y de bajos ingresos, como lo detecta el Indec en la Encuesta Permanente de Hogares y en la medición de la pobreza e indigencia-, pérdida de participación en la generación de la riqueza mundial, y menor presencia en el intercambio de bienes y servicios, respecto del total.
De la citada base de datos del FMI surge que la participación promedio de la Argentina en el PBI en el período 1980-2000, cuando predominaron gobiernos con políticas más abiertas y menos estatistas que las que caracterizaron a la mayor parte de los 20 años posteriores, fue de 0,98%, con extremos de 2,1% máximo al comienzo de la serie, en 1980, y 0,45% mínimo, en la hiperinflación de 1989, que determinó el fin anticipado en 5 meses del gobierno de Raúl Alfonsín. A partir de ahí, y al amparo de políticas de privatizaciones y apertura de la economía, se recupera y se estabiliza en torno a 1%, hasta la caída de la presidencia de Fernando de la Rúa.
Las dos décadas siguientes comienzan con un mínimo histórico de 0,32% en 2002, tras la nefasta combinación de devaluación, default, pesificación asimétrica entre depósitos y préstamos en dólares en el sistema bancaria, y desdolarización, con el fin abrupto de la convertibilidad fija de 1 a 1 entre el peso y el dólar.
Desde ese momento, la recuperación fue lenta, porque la bonanza de los precios internacionales de las materias primas no sólo favoreció a la Argentina, sino también a otros grandes países exportadores de materias primas. En 2020, con la irrupción de la pandemia, que en términos de impacto económico fue mayor que a la media mundial, la participación del PBI en el total del globo cae a 0,46%, apenas una centésima de punto porcentual superior a la registrada en la primera hiperinflación.
Y pese a que la población en la Argentina creció a un ritmo equivalente anual de 1,2% acumulativo, muy por debajo del promedio del planeta, que según las estimaciones del FMI fue de 1,6%, el PBI por habitante en dólares sufrió un singular deterioro, al punto de caer a la décima parte de los que registran las naciones más avanzadas.
El ingreso promedio por habitante en el país se estimó en la década del 80 (1980-89) en el equivalente a USD 4.504 por año, casi un 40% superior a la media mundial de USD 3.287. Diez años después esa brecha se amplió 51%, con USD 7.925 y USD 5.232, respectivamente. En el decenio de cierre del Siglo XX esa distancia no sólo desaparece, sino que peor aún se revierte, el ingreso medio en la Argentina para a quedar 17 puntos porcentuales por debajo del promedio del planeta; se recupera parcialmente en las dos décadas siguientes, con 20% y 16% por arriba del PBI per cápita del mundo.
Sin embargo, en el caso puntual de 2020, año dominado por la pandemia de Covid-19, la brecha vuelve a ser negativa en 23 puntos porcentuales (venía de 13% inferior al fin del gobierno de Cambiemos): mientras el PBI por habitante en la Argentina cae a USD 8.572, avanza a USD 11.108 en la media del planeta, y no se prevén cambios para el corriente año.
De lo anterior se desprende que, con sus imperfecciones naturales que requieren ser limitadas, el capitalismo parece mantenerse plenamente vigente en la mayor parte del planeta y con resultados que han permitido mejorar la calidad de vida de sus habitantes, y consecuentemente, reducir la pobreza en la mayoría de los casos, en la Argentina y otras muy pocas naciones se asistió al estancamiento e incluso caída del PBI per cápita.
La tasa acumulativa anual de aumento del ingreso por habitante en el mundo entre 1980 y 2020 fue de 3,44%, mientras que en la Argentina fue casi inexistente: 0,06% a.a. y tuvieron peor resultado, con caídas de 0,09% Emiratos Árabes Unidos; 0,17% Níger; 0,63% Madagascar; 0,65% Gambia; 1,12% Ghana; 2,51% Venezuela; 3,69% Libia y 3,95% Congo.
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