
Aunque lleva diez años de estanflación, la Argentina es desde hace siete décadas un faro mundial de inestabilidad macroeconómica. Un ranking de 104 países, ordenado según el porcentaje de tiempo del período 1950-2020 que pasaron en recesión muestra a la Argentina al tope, con 34% del tiempp. El podio lo completan el Congo y Siria, cuyos PBI pasaron 33% de ese período de 71 años achicándose. Luego se alinean Irak y Venezuela, con 31 y 29% respectivamente, seguidos por Angola, Sudán, Zambia y Zimbabwe (todos igualados en 26%). Cerrando el Top 10 aparece Bulgaria (24%), cuna de la actual directora del FMI, Kristalina Georgieva, que tal vez por eso se muestre tan comprensiva con el ministro de Economía argentino, Martín Guzmán.
El país sudamericano más cercano al abismal desempeño argentino es Uruguay, en la vigésima posición: pasó 20% del período considerado (esto es, 1 de cada 5 años) en recesión, en buena medida “contagio” de su vecino rioplatense. En la posición 30/31 del ranking aparecen Bolivia y Perú (16% del tiempo en recesión), y más atrás Chile (14%), Brasil (13%), México (11%), Ecuador (7%) y Colombia (3 por ciento).
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En el ranking original, publicado en un estudio sobre la Argentina hecho en 2018 por un equipo de “Diagnóstico Sistemático País” del Banco Mundial, la Argentina aparecía en segundo lugar, detrás del Congo. Ese ranking incluía datos hasta 2016 y fue actualizado hasta 2020 por el economista argentino Julián Folgar, miembro del staff del Banco, quien también, a pedido de Infobae, actualizó otro de los gráficos de aquel estudio, que compara la inflación anual promedio de la Argentina con la de tres grupos “testigo”: un conjunto de países de América Latina, otro de “nuevos países de ingresos altos” y por último los 38 miembros de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OECD, según sus siglas en inglés).
En este caso, el período considerado es un poco más limitado (1960-2020), pero la Argentina vuelve a descollar, con una inflación promedio aritmético anual del 64,1%, contra 41,3% de la región, 20,2% de los “nuevos ricos” y 4,9% de los socios de la OCDE. El promedio regional incluye a la propia Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú y Uruguay, aunque excluye (también para el cálculo del caso local) los episodios de hiperinflación por los que pasaron la Argentina, Brasil y Perú.
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Los “nuevos ricos” son aquellos países que -como España y Corea del Sur, Malasia, entre otros- pasaron de la categoría de “ingresos medio altos” a “ingresos altos” en menos de 20 años. Y los de la OCDE, los miembros de la organización creada al fin de la Segunda Guerra Mundial para administrar las ayudas económicas de posguerra (en especial, el Plan Marshall) y que en las últimas décadas se amplió hacia el este europeo y hacia países como México, Chile, Colombia, Costa Rica y Turquía.
Frecuentes, prolongadas y profundas
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El trabajo del Banco Mundial nota que las recesiones argentinas no solo son frecuentes, sino también profundas, con un promedio de caída del PBI anual superior al 3,5% anual, una duración promedio cercana a los 20 meses. De resultas, la tasa de crecimiento argentino para todo el período fue muy inferior al promedio regional y al de los países ricos, con los que a principios del siglo XX tenía un PBI similar al de las naciones más desarrolladas, pero no llega ahora al 38 por ciento.
Ese grupo de países, aclara el informe, incluye a Australia, Canadá, Dinamarca, Alemania, Holanda, Noruega, Suecia, Suiza, Reino Unido y EEUU, con varios de los cuales la Argentina compartió durante décadas la condición de país de “ingreso medio-alto”. Por eso, dice el estudio del Banco Mundial, Argentina es el único que no subió a esa condición, sino que cayó a ella y quedó entrampado en la llamada “trampa del ingreso medio”.
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Se dice que en esa “trampa” están aquellos países que pasaron de ser de ingresos bajos o medio bajos a “medio altos”, pero se estancan allí. Argentina, dice Eduardo Levy Yeyati en su libro “Dinosaurios y Marmotas”, es el “decano” de la categoría, que habitó durante décadas, mientras otros –no muchos, en verdad- ascendían.
Según el economista, una limitación de “la nueva clase media latinoamericana es que era y es una clase media por ingresos, pero no por acceso”, lo que confiere precariedad al ascenso de países como Chile. Los votantes, explica, tienden a preferir los ingresos al acceso y a premiar las transferencias (subsidios) antes que mejores servicios de educación, transporte o salud. En el caso argentino, dice Levy Yeyati, hay una desconexión entre riqueza real y percibida, un desbalance entre Estado de Bienestar generoso, clase media fuerte y sindicalizada e inversión modesta en bienes públicos. Desbalance que se acentuó en los últimos 20 años en que aumentó fuertemente el gasto público, pero también la frustración social y se consolidaron peso débil (alta inflación) y sesgo antiexportador. Una fórmula para no salir de la trampa.
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El estudio original del Banco Mundial advertía hace 3 años que “40% de la población argentina es vulnerable a caer en la pobreza” (a fines de 2020 la tasa de pobreza superó en 5 puntos ese guarismo) y alertaba que los espasmos de crecimiento se lograron “a expensas de la sostenibilidad ambiental, con una pérdida del 12% de los bosques nativos entre 2001 y 2014, el doble que la media mundial y casi sin crear empleos en el sector privado formal. La principal explicación de ese pobre desempeño, afirmaba el documento, “es la inusualmente alta volatilidad macroeconómica”.
La Argentina empezó a diverger
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Hace unos días el exministro Domingo Cavallo advirtió que la estanflación “es un problema más complicado de resolver que la hiperinflación”, pues la híper, por su gravedad y dramatismo, genera cierto consenso sobre la necesidad de replantear la organización económica. En cambio, en estanflación, “la gente no está convencida de que se necesitan grandes cambios, más bien se piensan en parches; se arregla uno y se desarregla otro; es lo que pasó en los últimos diez años”.
Y advirtió Cavallo sobre los desequilibrios de la actual política económica, en particular la alta brecha cambiaria, y advirtió el riesgo de que una devaluación, antes o después de las elecciones, pueda derivar en un “rodrigazo”.
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Quien no acepta esa descripción es la vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner (CFK) quien en un reciente discurso dijo que “es un mito que la Argentina no crece hace 10 años”. En rigor, luego de la fortísima recesión de 2009, que cortó el sexenio de crecimiento 2003-2008, desde 2011 se alternaron algunos años de crecimiento débil, como 2012 y 2013, en el pico histórico del precio mundial de los commodities, y profundas recesiones en 2014 (aunque las entonces drogadas estadísticas oficiales marcaban un inverosímil aumento del 0,5% del PBI, mientras exportaciones e importaciones se desplomaban el 30%), 2016 y 2018 a 2020.
Para peor, la inflación fue subiendo de escalón en cada nuevo período presidencial. Como recientemente precisó un informe de Marcos O’Connor, economista de la Fundación Mediterránea, en los primeros 18 meses de la segunda presidencia de CFK la inflación fue del 38% y en iguales períodos de las gestiones de Mauricio Macri y Alberto Fernández aumentó a 52% y 71%, lo que implica que el ritmo anual fue de 24 a 32 y 43% respectivamente.
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Días antes de asumir su gestión como ministro de Economía, Martín Guzmán coincidió con el diagnóstico de estanflación y acusó a las previas gestiones kirchneristas “de inventar teorías de que imprimiendo dinero se va a generar crecimiento”. La estanflación, dijo entonces el hoy ministro “no es solamente un problema de esta administración (por la entonces en sus últimos días, de Macri): la Argentina está estancada desde 2011. También ha habido mala praxis en el período anterior”.
No hay evidencia de que la gestión Guzmán, ciertamente afectada por la pandemia, haya superado esa “mala praxis” que el ministro señaló hace menos de 20 meses y de la que tiene el desafío de salir bajo la atenta mirada de quienes insisten en defenderla.
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