
La inflación argentina, que en los últimos 12 meses volvió a superar el 50% y lleva 17 años consecutivos de tasas de dos dígitos, volvió a ser citada en un foro internacional, por las peores razones.
En un discurso en la última Asamblea General del Banco de Ajustes Internacionales, el “Banco de Bancos Centrales” con sede en Basilea, Suiza, Claudio Borio, jefe del Departamento Económico y Monetario de la entidad –que suele proveer de liquidez al BCRA–, se refirió a los efectos de la política monetaria sobre la desigualdad y citó el caso de nuestro país como un perfecto mal ejemplo.
En un pasaje de su presentación, Borio dijo: “El impacto de la inflación sobre la desigualdad ha sido ampliamente estudiado. No es sorprendente que la inflación sea a menudo descripta como un impuesto regresivo y hay acuerdo generalizado de que su impacto aumenta desproporcionadamente con la tasa de inflación. Fui testigo, cuando crecí en la Argentina, de cómo una alta inflación causa estragos a los segmentos más pobres de la sociedad. Los pobres son los más vulnerables, los primeros en perder sus trabajos cuando la inflación erosiona el tejido económico de la sociedad y los primeros en ver cómo el poder adquisitivo de sus ingresos se encoge mientras los precios suben. Y son los que menos pueden proteger sus ahorros”.

Borio, de nacionalidad italiana, vivió en la Argentina entre los 5 y los 17 años. Con posgrados de Economía en la universidad de Oxford, trabajó en la OCDE, tiene varias publicaciones sobre política monetaria y crisis bancarias y desde 2013 dirige el Departamento de Economía y Moneda del BIS, como se conoce al banco de Basilea, por sus siglas en inglés. El cargo es equivalente a lo que en el FMI y el Banco Mundial llaman “economista jefe”. El BIS fue creado al fin de la primera guerra mundial para administrar las reparaciones de guerra establecidas en el Tratado de Versalles y se transformó en un “banco de bancos centrales”.
Desigualdad y moneda
En su discurso, Borio se refirió a la relación entre política monetaria y desigualdad. Esta última, dijo, aumentó desde los 80s al interior de distintas economías, aunque disminuyó entre países. La cuestión de la desigualdad es cada vez más mencionada en los debates de política monetaria, reconoció el funcionario, debido a que en la crisis financiera de 2008/09 y la actual, por la pandemia, los bancos centrales mantuvieron las tasas de interés muy bajas para facilitar el crédito y la recuperación, lo cual contribuyó al aumento del valor de los activos y benefició en particular a los más ricos, que detentan una cuota desproporcionada de los mismos, en particular, acciones empresarias.
Borio dijo que las tendencias de largo plazo en materia de desigualdad no son un fenómeno monetario, sino estructural, que relacionó con fenómenos como el progreso tecnológico (que favorece a las personas con mayor nivel de educación y calificación) y la globalización (que erosiona las ventajas comparativas de los países y trabajadores más pobres). Sin embargo, subrayó, la política monetaria es clave para suavizar los ciclos económicos y combatir la inflación y las recesiones, principales causas de aumento de la desigualdad. “Combatir la inestabilidad es el principal objetivo de la política monetaria”, reafirmó, porque a su vez los cambios bruscos del ciclo económico complican la política monetaria.
Los factores estructurales de desigualdad, dijo el alto funcionario internacional, requieren remedios estructurales: mejoras educativas, sanitarias, leyes antitrust y mayor igualdad de oportunidades. La política fiscal puede contribuir achicando las diferencias entre ingresos antes y después de impuestos. Y los Bancos Centrales, usando sus “sombreros no monetarios”: mayor inclusión y educación financieras, mejor protección a los pobres que consumen servicios financieros y sistemas de pago y transferencias menos costosos, por ejemplo, para remesas internacionales entre particulares y familias.
Zapatero, a tus zapatos

Pero en primera y última instancia, dijo, el aporte clave de los bancos centrales para disminuir la desigualdad es proveer una moneda estable y combatir la inflación. Como ejemplo, señaló que la desigualdad tiende a disminuir cuando la inflación anual de un país cae por debajo del 5 por ciento. Es un “hecho estilizado”, dijo, observable en países desarrollados y emergentes desde mediados de los ’80s. Cuando la tasa de variación de los precios cae por debajo de ese nivel la desigualdad –en promedio y en general- se reduce.
La evidencia es aún más fuerte sobre la necesidad de evitar las recesiones, en las que pobres y trabajadores de baja calificación son los primeros en perder sus empleos, lo cual exacerba –y de modo persistente- la desigualdad. Según Borio, esa relación se complica aún más, porque a mayor desigualdad, más profundas y prolongadas se hacen las recesiones, menos eficaz se vuelve la política monetaria y más se reduce la posibilidad de impulsar el consumo bajando las tasas de interés.
Todo lo anterior significa una “perversa amplificación” del problema: de un lado, las recesiones aumentan la desigualdad; del otro, la desigualdad profundiza la recesión y reduce el impacto de la política monetaria. Por eso, enfatizó el funcionario, si se atienen al mandato básico de preservar el valor de la moneda, los bancos centrales pueden contener las dos mayores causas de desigualdad; la inflación y las recesiones.
Cuando esos objetivos no se logran, insistió Borio, el costo de recobrar la estabilidad se vuelve desproporcionado: se requiere más fuertes aumentos de tasas y se presenta un desagradable dilema entre problemas de corto y largo plazo: recesión o inflación.
El problema es más agudo con alta inflación, porque combatirla lleva a aumentar el desempleo y la desigualdad, en tanto combatir la recesión suele favorecer el aumento de la desigualad de la riqueza, a través del valor de los activos mencionado al principio, efecto que puede atenuarse si hay una buena distribución de propiedad de la vivienda. Borio llega así al problema de las “recesiones financieras”, más prolongadas y a menudo complicadas por crisis bancarias, debido a los desequilibrios acumulados para combatir el problema original.
Pero ese ya no es el caso de la Argentina, el país en el que el hoy economista jefe del BIS creció y de cuya experiencia se valió para alertar a los banqueros del mundo sobre la necesidad de evitar tan mal ejemplo.
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