
Aunque en los meses de abril y junio el dólar libre amagó con una importante escalada de precios, con un alza de 10,6% y de 8,2%, respectivamente, un análisis más extenso en el tiempo permite ver que el billete sigue muy rezagado respecto de la inflación.
Mientras que los precios minoristas crecieron un 25% en el primer semestre, según estimaciones privadas, el dólar informal gana un escaso 2,4% o cuatro pesos, desde los $166 del cierre de 2020 a los $170 en los que estaba ofrecido este mediodía en las “cuevas” de la City porteña.
Evaluar el comportamiento de este mercado marginal en los últimos meses implica reconocer el impacto del COVID-19, con una segunda ola que registra en junio cifras máximas de contagios y decesos. Las restricciones sanitarias no solo reducen la operatoria informal, también extienden la crisis económica que les quita pesos del bolsillo a los ahorristas que tengan el objetivo de dolarizarse.
Factores que ponen un techo a la escalada del dólar libre:
1) ASPO: Las medidas de aislamiento para prevenir el coronavirus se extienden hace 15 meses, con mayor o menor grado de apertura. Ejemplo de ello es la reducida operatoria bancaria, clave para el dólar “blue”, cuya negociación implica el traspaso de pesos en blanco a divisas “en negro” que salen del registro del sistema financiero.
2) Recesión. La debilidad de la economía argentina es evidente. El Producto Interno Bruto creció 2,5% durante el primer trimestre del corriente año, en relación a igual período de 2020, según datos del INDEC. Es una recuperación insuficiente si se toma en cuenta que en el mismo período del año anterior la economía había caído 5,4 por ciento. Es decir que la actividad sigue bien debajo de los niveles de 2019.
Los tres años de caída del PBI también lo son de caída del salario real. Según el Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF), en los últimos tres años el poder adquisitivo de los trabajadores se redujo en promedio entre 3 y 7 salarios en ese período. Menos pesos excedentes neutralizan la demanda de dólares, fenómeno que también se observa con el dólar al público en bancos.
De acuerdo al BCRA, las personas humanas compraron en mayo de forma neta apenas USD 179 millones, básicamente para gastos efectuados con tarjetas por consumos con proveedores no residentes (unos USD 103 millones, con un aumento de 20% con respecto a igual mes del año anterior, en el marco de continuidad de la pandemia de COVID-19) y para atesoramiento (USD 49 millones en billetes, con un incremento de 5% respecto al mes previo y un descenso de 76% interanual). Asimismo, la entidad monetaria señaló que los inversores institucionales y otros, tanto residentes como no residentes, efectuaron ventas netas en el mes por 11 millones de dólares.
3) Menos demanda por turismo. No siempre la demanda de dólares obedece a la búsqueda de cobertura contra la inflación. Hay ahorristas, de mayor poder adquisitivo, que se dolarizan con fines prácticos, por ejemplo para hacer turismo en el exterior o comprar propiedades.
Estas dos actividades son un ejemplo concreto de los estragos de la crisis económica profundizada por el efecto del COVID-19. En el caso del turismo, esta demanda para efectuar consumos en el exterior se volvió a posicionar en los meses recientes como el motor de las compras privadas. Pero las cifras de estas operaciones son irrisorias en este contexto.
Basta recordar que el déficit de divisas por turismo en el exterior llegó a anotar un récord de USD 11.000 millones anuales justo antes de desatarse la crisis cambiaria en mayo de 2018. Según el último Balance Cambiario del BCRA, actualizado a mayo, en los últimos doce meses los pagos por viajes, servicios turísticos y consumos efectuados en el exterior acumularon apenas 1.834 millones de dólares.
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