“Este es uno de los momentos más difíciles que pasamos en los últimos 30 años, con una carga impositiva tremenda, pero la voy a seguir peleando. Banqué muchos momentos difíciles, idas y vueltas, cepos; voy a defender la marca y a la gente que labura con nosotros, que son unos cuantos”, dice Juan Gabba, presidente de Harley Davidson Buenos Aires, pyme que desde 1991 representa en la Argentina la legendaria marca de motos norteamericana.
Gabba la conoce desde antes que –con su saber de comprador y vendedor de motos usadas– entró a trabajar en AMF, una firma de EEUU que hacía canchas de Bowling y manejaba aquí varias marcas de motocicleta: Harley, Ducati, Vespa y Morini, entre otras.
Un día “de arriba” pidieron un informe sobre el mercado local. Un amigo le sugirió que contara. Gabba lo hizo y el trabajo llegó a Milwaukee (Wisconsin, EEUU), sede central de Harley Davidson, de donde lo llamaron para hacerle más preguntas. Y cuando Harley recuperó el manejo de la marca, lo llamaron otra vez, para que fuera su cara y voz en la Argentina.
Motoquero y baterista que tocó con Michel Peyronel, acompañó zapadas de Pappo Napolitano (”nunca grabé nada, eran juntadas de amigos”, aclara), Gabba cuenta que la Harley en la que Pappo grabó el video de “Blues local” era la suya. Pappo se la pidió prestada, porque “daba mejor”.
En el local de venta y el taller de Martínez, Gabba tiene más de 20 empleados, incluido servicio técnico, administración, ventas, que aguanta con paciencia y expectativas de desquite. En 2017, el segundo año después de un cepo largo, que había recortado sus ventas a 50 a 70 motos por año, llegó a vender cerca de 800 Harley Davidson.
En todo el país, calcula, hay unas 5.000 Harleys dando vueltas, la mayoría de ellas en CABA, Gran Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mendoza, pero hay cultores de la marca en todo el país, a los que debe atender. El servicio técnico no alcanza para sostener la estructura y Gabba no entiende por qué el Gobierno no le deja entrar al continente 5 motos que hace casi un año están en Tierra del Fuego, pagó con dólares del Banco Central y de las que lo único que le queda por pagar son los impuestos para “nacionalizarlas”. Pero no hay caso. “No entiendo por qué, si los dólares ya salieron”, pregunta.

Infobae habló también con Gabba de una subasta que se haría en EEUU de “Captain America”, la moto icónica de “Busco mi destino” (“Easy rider”), legendaria película que Peter Fonda protagonizó en 1969 junto a Dennis Hopper y Jack Nicholson y que con Woodstock, ese mismo año, marcó un fenómeno cultural y catapultó uno de los mejores momentos históricos de la marca.
De remate
Hubo varias subastas de supuestas motos reconstruidas o muy antiguas, recordó Gabba. Por caso, la de una vieja Harley AJS que se remató sin abrir el cajón en que venía. Luego, el ganador se limitó a abrir una ventana del cajón para ver a la moto como si fuera un cuadro. También se subastaron Harleys “Fatboy” de Terminator (se habían hecho 4 ejemplares) y otro modelo que apareció en Robocop.
Harley está en todos lados, aunque el año pasado se retiró de la India. Su principal mercado sigue siendo EEUU, donde enfrenta el desafío de ir reemplazando a los “baby-boomers”, su principal clientela cultural, con generaciones como la de los millenials, que parecen tener otros gustos.

“El perfil del usuario argentino de Harley es el de una persona a la que le gusta la moto como vehículo, como diversión y para hacer turismo, pero tratándose de una moto de alta cilindrada y alta gama, la mayoría tiene más de 45 años”, cuenta Gabba. Antes poca gente andaba en moto, dice, pero en las últimas décadas eso cambió.
Harley llegó a fabricar, en Italia, motos de 250 cm3, pero no en Milwaukee, donde mantiene el corazón de la marca. Las motos y bicicletas eléctricas lanzadas recientemente son de franquicias. Hay de todo con el sello Harley Davidson, desde ropa y marroquinería hasta moldes de torta. Gabba se atiene a la indumentaria específica para el usuario: camperas, trajes de agua, lo necesario para andar. “Nada fashion; no es para competir en indumentaria ni un gran negocio, los aranceles son altísimos y los precios difíciles de pagar”, explica. De hecho, una Harley en el mercado local cuesta entre 26.000 a 65.000 dólares.
Sturgis
Gabba recuerda diferentes ciclos. En los 70s fueron las “Street bikes”: Honda CV, Kawazaki 900 y 600, Yamaha 400. Luego, las “Sport Bikes”, carenadas, como motos de GP, colores estridentes, línea aerodinámica. También hubo un flash de “naked motos”, como la Ducati Monster, diseñada por un argentino. Y en los 90s las “Custom made”, con detalles de terminación y posibilidades de personalización del usuario.
“Ese fue un momento muy fuerte de Harley, a nivel local e internacional”, recuerda Gabba, que concurrió a Sturgis, Dakota del Sur, donde cada agosto (la excepción fue 2020, por la pandemia) tiene lugar la más grande reunión anual de usuarios de Harley. “Ahí ves cosas imposibles de imaginar en una moto, trabajos de orfebre, de marroquinería, verdaderas obras de arte”, cuenta, e insiste en que la suya es “una empresa familiar, pero de una marca importante”.

“La he sostenido porque la compañía confió en mí y porque mi forma conservadora de trabajar me permitió navegar las crisis. Si fuese por los números fríos, tendría que haber cerrado más de una vez. Pero tuve política de precios acertada; la mercadería sigue siendo atractiva; Harley Davidson no perdió valor, el mercado nunca se saturó, sigue habiendo demanda. Los productos de alta gama no son de consumo masivo”, señala, y como para que no queden dudas reitera que la seguirá peleando.
Pero también reclama: “El sistema como está, no funciona: si se frena todo por atender un sector, estamos haciendo algo mal. Si no se libera un poco el comercio, es complicado arrancar. Que alguien diga que tenemos un plan para desarrollar la economía”.

Harley Davidson nació en 1903 en Milwaukee, cuando William Harley y los hermanos William y Arthur Davidson hicieron su primer modelo de competición.
De la mano de “Indian Motorcycle”, la empresa sobrevivió a la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión y al final de la Segunda Guerra ganó impulso con quienes regresaban de la guerra y habían conocido las “choppers”, motos adaptadas, que consolidaron su estilo: horquilla larga, manija más alta que los hombros del motociclista, más livianas y con tanque más pequeño. En 1969, la película de Fonda, Hopper y Nicholson las internacionalizó del todo: motociclistas buscando su destino en una ruta plena de acechanzas, como la economía argentina por la que sigue transitando Juan Gabba.
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