
Una de las más reconocibles parrillas porteñas, Las Nazarenas, es una nueva víctima de la crisis económica que generó la pandemia de covid-19 y la cuarentena del año pasado en la Argentina, que tuvieron particular impacto en el sector gastronómico y golpearon con especial fuerza al microcentro porteño en tiempos de trabajo a distancia.
Fundado en el año 1981, el restaurante del barrio de Retiro aparece hoy con sus puertas y ventanas tapiadas, en una imagen desoladora. Estaba a cargo de la familia Barbería y se transformó en el primer asador criollo del centro. Su página web, todavía online, consigna que lo largo de su historia fue reconocida por diferentes organizaciones y publicaciones. En 1997 declararon al local como de interés turístico nacional.
“Nuestros asadores son verdaderos hombres de campo, que a través de los años y de sus generaciones familiares han adquirido el arte de asar la carne con técnicas particulares”, describía la firma que ahora reemplazó sus ofertas y menú online por una sentida despedida. “¡Gracias para siempre!”, reza un cartel en la web del restaurante.
El cierre del célebre local, a metros de las torres Catalinas, Puerto Madero, los hoteles Sheraton, Marriott Plaza y Hyatt, y el centro financiero porteño, era cita obligada para un variado público, desde agentes de la City hasta turistas extranjeros, con un clásico menú ejecutivo y también promociones para los casual friday.

Ahora se suma al de otros negocios tradicionales ligados a los rubros de servicios como gastronomía y turismo que no pudieron superar el año de medidas de aislamiento social y recesión económica, entre ellos, The Shamrock, Monte Olivia y hasta el Hotel Bauen, que había sobrevivido a la crisis del 2001 y era administrado hace 17 años por una cooperativa.
Pero dentro de la gastronomía, es el de las parrillas el el sector más perjudicado, pues el aumento de los precios de la carne y el descenso del poder adquisitivo de los comensales le aportó un obstáculo extra las dificultades propias de la cuarentena para este tipo de actividad. Parrillas tradicionales como Ravello, Rincón de Amigos, La Bistecca y La Porteña bajaron sus persianas el último año, mientras que la premiada Don Julio tuvo que convertir sus instalaciones también en carnicería para sostener los empleos.
“Trabajé casi el 60% de mi vida comercial ahí adentro. Pasé todo una vida”, aseguró Luis Barbería, de 58 años e hijo del fundador. Trabajó en el local familiar por 35 años, período en el que la economía argentina atravesó por la hiperinflación de 1989-90, el colapso de la convertibilidad y en el presente, la crisis por el coronavirus.
Como muchos establecimientos del rubro, Las Nazarenas apeló a la oferta por delivery, pero la extensión del aislamiento social, la adopción del home office y la ausencia de turistas superó cualquier modelo de negocios de emergencia. Por eso, la familia Barbería optó por tapiar el edificio sobre la calle Reconquista al 1132, en una ubicación que lo hace único en la ciudad de Buenos Aires, en medio de altas torres.
“La situación de la gastronomía es muy dura. Les va a costar muchísimo retomar como antes, sobre todo, aquellos que teníamos una gran infraestructura. Es muy difícil pensar en el futuro cuando vivís en un país que está en estado efervescente”, afirmó a Barbería a A24, quien aseguró que ya cumplió con las indemnizaciones de los 30 empleados del restaurante que cerró sus puertas y tapió sus ventanas.
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