Dólar, cepo y deuda: las contradicciones del Gobierno que agravan el panorama de la cuarentena

El Banco Central vende más de USD 600 millones por mes a pequeños ahorristas, pero según Guzmán no hay un centavo adicional para arreglar con los bonistas. La inflación empezó a acelerarse a mediados de julio

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El ministro Martín Guzmán junto al presidente Alberto Fernández

En épocas de bolsillos flacos, comprarle dólares al Banco Central pasó a ser una obligación, al menos a la hora de administrar las inversiones. Así lo entendieron 3,3 millones de personas que en junio accedieron a los USD 200 mensuales permitidos y cuyo límite viene desde el final del gobierno de Mauricio Macri. Pero los USD 618 millones se quedaron cortos, porque en julio la cifra habría llegado a un nuevo récord de USD 700 millones y alrededor de cuatro millones de compradores.

La brecha entre el dólar “solidario” (oficial más 30%) y el informal es de casi 40%. Se trata de una verdadera invitación a los ahorristas. La sola posibilidad de comprar dólares mucho más baratos que en la “calle” alcanza para justificar la demanda. Algunos optan por sacar los dólares del banco y venderlos, mientras que otros optan por mantenerlos depositados. Con USD 200 es posible ganarse casi de la noche a la mañana arriba de 8000 pesos.

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Agosto mostraría un panorama similar, teniendo en cuenta que las cotizaciones alternativas del dólar subieron más rápido que la oficial. El contado con liquidación subió 15% en julio y el libre casi 8%, subiendo hasta $136. El mayorista, en cambio, siguió con el mismo ritmo de los últimos meses, con un incremento de 2,6%, levemente por encima de la inflación.

Una importante porción de los dólares del superávit comercial, cercano a USD 1.500 millones por mes, se termina yendo a través de la venta que el Central le hace a individuos. Por eso al BCRA le resulta imposible aumentar sus reservas, a pesar del estricto cepo cambiario, que siempre presenta un grado de “porosidad”.

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Miguel Ángel Pesce
Miguel Pesce, titular del BCRA (Maria Amasanti/Bloomberg)

Miguel Pesce, titular del Central, se viene negando a achicar el monto mensual de USD 200. Su apuesta fue, en realidad, a reducir la brecha cambiaria a través de distintas medidas, pero que tuvieron un efecto parcial y momentáneo. Tanto el “blue” como el “dólar Bolsa” volvieron a sus niveles máximos el viernes y posiblemente tendrán más presión en el arranque de agosto, ya que se pagan los sueldos. “Achicar o no el monto mensual de USD 200 es una cuestión política que nos excede a nosotros”, reconocen en el BCRA.

La decisión final es obviamente del Presidente. Pero Alberto Fernández considera que no es momento para endurecer el cepo, mucho menos en medio de las dificultades extremas que genera la pandemia. El ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, reiteró ante empresarios convocados por la Amcham (cámara de comercio argentino-estadounidense) que la intención es ir a un esquema de restricciones cambiarias menos rígidas. Pero todavía la economía está lejos de llegar a ese momento.

En apenas tres meses (junio, julio y lo proyectado de agosto), el Central habrá dedicado alrededor de USD 2.000 millones para satisfacer la demanda de pequeños ahorristas. Esa cifra se acerca increíblemente al monto adicional que debería estar dispuesto a pagar el Gobierno para arreglar la deuda.

Sede del Banco Central de la República de Argentina en Buenos Aires (EFE/Cristina Terceiro/Archivo)
Sede del Banco Central de la República de Argentina en Buenos Aires (EFE/Cristina Terceiro/Archivo)

Se trata de una gigantesca contradicción, muy difícil de sostener en la negociación con los acreedores. ¿El Gobierno tiene disponibles USD 2.000 millones para vender divisas baratas a los ahorristas, pero no para pagar una suma apenas superior a lo largo de los próximos diez años a los acreedores? El discurso de “sustentabilidad” de la deuda que tanto esgrime Martín Guzmán se cae en cuestión de segundos. El propio ministro de Economía reconoció en una entrevista con Bloomberg que no tenía “la bola de cristal” para determinar cuál es la quita precisa que volvería “pagable” la deuda.

El lunes el Gobierno extenderá el canje hasta fines de agosto, que sería el último plazo para llegar a un acuerdo. La adhesión del canje, que venció el viernes, quedó muy lejos del 50%, lo que representa un nuevo fracaso de la estrategia oficial. La única manera para alcanzar una operación exitosa será, por lo tanto, arreglar con los tres grandes consorcios de acreedores, que se plantaron en la última oferta: USD 56 por cada 100 que se canjean de bonos, contra una propuesta de USD 53 del Gobierno. Los mercados ahora se pusieron en pausa, pero la apuesta de Wall Street es que finalmente habrá acuerdo antes de que termine el mes.

La inflación viene algo adormecida, pero no se queda quieta. Julio habrá terminado en alrededor de 2%, pero con fuerte aceleración en la segunda quincena del mes. Las subas se registraron en alimentos por los ajustes que se aceptaron en el programa “Precios Máximos” y “Precios Cuidados”. Pero también en muchos productos importados o con alto componente de insumos en dólares.

Los vendedores se cubren ante distintas posibilidades: que se acelere la suba del tipo de cambio oficial, pero también que se vuelva más complicado importar ante las dificultades del BCRA para cuidar el nivel de reservas. Esto llevó a subas en particular de bienes durables, desde computadoras y notebooks, hasta celulares, televisores y también autos. En estos casos pesa el “valor de reposición”, es decir a qué precio será posible volver a importar insumos y hasta qué medida seguirá el acceso al dólar oficial para importadores.

Aunque la inflación todavía no pegó grandes saltos, este ritmo del 2% mensual ya de por sí es alto (REUTERS/Agustin Marcarian)
Aunque la inflación todavía no pegó grandes saltos, este ritmo del 2% mensual ya de por sí es alto (REUTERS/Agustin Marcarian)

Aunque la inflación todavía no pegó grandes saltos, este ritmo del 2% mensual ya de por sí es alto, en un contexto en el que no hay paritarias. Cada punto adicional del índice implica un caída del poder adquisitivo de la inmensa mayoría de los argentinos: asalariados, informales y también para quienes cobran beneficios sociales.

Los problemas del cepo cambiario, la megaemisión de pesos, el rebote inflacionario y la caída del salario representan problemas que desde ya se agregan al drama generado por la pandemia.

Por eso la salida de la crisis será mucho más complicada que en el resto del mundo. Salvo Ecuador, casi ninguno está en default, ni tienen procesos inflacionarios desatados. Además, la mayoría tiene acceso fluido a los mercados crediticios, lo que les permite sobrellevar mucho mejor la caída de la actividad económica. Varios países latinoamericanos han emitido bonos a las tasas más bajas de la historia. Y existen diálogos con el FMI para conseguir líneas en dólares muy baratas que ayuden a la recuperación. Por eso, las proyecciones indican que la recuperación de la Argentina sería mucho más lenta que la de los países desarrollados y que la mayoría de los emergentes.

Julio encendió las luces naranjas. Los bonos argentinos subieron y el riesgo país bajó, pero la brecha cambiaria volvió a niveles máximos. Quedan comprometidas las reservas del BCRA y aceleraría la inflación, que venía relativamente adormecida.

Pero el Gobierno tiene en sus manos la posibilidad de empezar a destrabar cuestiones claves y lentamente recuperar la confianza de los inversores. La decisión del Presidente de dar marcha atrás con la intervención y eventual expropiación de Vicentin ayudará para recorrer ese complejo camino. Renegociar exitosamente la deuda sería otro peldaño fundamental hacia ese objetivo.

En diez días se cumplirá un año desde que Alberto Fernández ganó con amplitud las PASO. Desde ese momento se profundizó la crisis que ya venía atravesando la economía: el dólar pasó de $45 a $135, sobrevino el default y tanto los indicadores de actividad como sociales tuvieron un gran deterioro. Obviamente la pandemia y extensa cuarentena generaron estragos inéditos en el mundo y también en el país. A un año de aquella elección que volvió a cambiar la Argentina, el Gobierno tiene por delante una oportunidad para empezar a remontar la inédita crisis que atraviesa el país.

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