
A las 0.15 del sábado, Alberto Fernández movió en Olivos frente a la presión de los bonistas que intentaban ocupar el centro del tablero. Llamó a Martín Guzmán y aprobó un comunicado asegurando que no hay posibilidades de aumentar la oferta oficial “con más del 50% de las niñas y los niños argentinos viviendo en la pobreza”.
Ese movimiento en los flancos apuntó a evitar que los acreedores privados instalaran la versión de una eventual modificación en la última propuesta y también frenar cierto resquemor en las líneas internas más ideológicas del Frente de Todos que aún creen que la Batalla de la Independencia Nacional se libra en las calles de Wall Street.
El viernes a la tarde, solos en la quinta presidencial, Alberto Fernández y Guzmán revisaron, repasaron y confirmaron su estrategia pública ante los acreedores privados. El jefe de Estado no “pagará un dólar más a los fondos de inversión”, pero planifica ciertas jugadas hacia adelante que estarán en la partida cuando su contraparte -BlackRock y Larry Fink- ejecuten sus propios movimientos ajustados a la dinámica moderna que exhibió Bobby Fischer en las plazas de Manhattan.
Guzmán abandonó Olivos con la tarea de pulir el comunicado oficial que se conoció ayer a la tarde. Y Alberto Fernández, un obsesivo cuando se trata de escritos y papers, habló con su ministro de Economía para comprobar -otra vez más- que todo respondía a la estrategia que despliega para cerrar el deal y enterrar un probable juicio por default.

Larry Fink, CEO de BlackRock, juega a la zaga de Alberto Fernández. Deja que sus aliados cuestionen el último comunicado oficial, que estudien la posibilidad de acelerar un default y que se pregunten por qué Argentina no cierra un acuerdo exitoso cuando se negocia 66.000 millones de dólares y la diferencia es de 6.140 millones de dólares a favor de los bonistas.
El Presidente jura que jamás habló a solas con Fink, pero los dos se entienden a la distancia. Ambos saben que el Departamento del Tesoro, el Departamento de Estado, los asesores de confianza de Donald Trump, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el G20 no dejarán caer un acuerdo que puede ser un leading case para más de una docena de negociaciones que librarán países emergentes y sus acreedores privados en los próximos 18 meses.
En este contexto, Alberto Fernández y Fink están bajo jaque perpetuo. Y una movida errónea al final de la partida puede causar un efecto dominó en contra de sus intereses institucionales. Si no hay acuerdo, Guzmán regresará derrotado a la Universidad de Columbia y habrá un forzado cambio de gabinete, mientras que el sistema financiero internacional caerá sobre Fink, que hundió la posibilidad de crear un antecedente válido para los complejos tiempos económicos que llegaran tras la pandemia del COVID-19.
A pocos días del cierre formal de la oferta oficial -4 de agosto- cada parte jugará su guión para llegar de la mejor manera al lance definitivo. En la Casa Rosada aseguran que no se extenderá el plazo de negociación, que sólo se aceptarán cambios en la ingeniería jurídica que se usa en la re-asignación de los bonos y que no habrá aumento en el Valor Presente Neto (NPV) de los títulos a canjear.
Al otro lado del tablero, los jugadores de Fink replicarán con la posibilidad de un default, tomarán la reforma jurídica a las re-asignaciones que está bajo estudio del ICMA (International Capital Market Association) y plantearán ciertas variables en los pagos anuales para alivianar la carga fiscal de la Argentina post COVID-19.
Hacia afuera, Alberto Fernández y BlackRock protagonizan una dura pulseada con final incierto. Sin embargo, ambos contendientes buscan un movimiento simple y sincronizado, que sería matizado con una explicación ideológica y un discurso financiero, para evitar efectos colaterales que compliquen la capacidad específica de cada pieza en juego.
Puede ser tablas. O “ni vencedores ni vencidos”. El ajedrez, como se sabe, paga con creces la síntesis exacta de paciencia e inteligencia.
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