
Aunque en los últimos días el precio de los bonos argentinos mejoró notablemente, lo cierto es que desde el 22 de mayo la Argentina está técnicamente en default, el noveno en 200 años, y su PBI caerá este año no menos de 7%, con un máximo difícil de pronosticar, precisa un estudio de Marcelo Capello, economista del Ieral de la Fundación Mediterránea.
Entre el 15 de abril y el 5 de junio el precio promedio de los títulos locales subió un 45%, señaló ayer un informe de la consultora Quantum. Detrás del fuerte aumento están la expectativa de un próximo arreglo con los acreedores externos, que permita salir del default, y el humor de los mercados internacionales, ayer entonados por el dato de que en mayo la economía de EEUU creó 2,5 millones de empleos, signo elocuente a favor de un “rebote” que cada vez más analistas esperan en forma de “V”.
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Capello, sin embargo, pone las cosas en perspectiva histórica y su balance es desolador. La economía argentina hace más de dos años que está en recesión, hace 8 que atraviesa una estanflación y el período 2010-2020 se cerrará con una caída del PBI por habitante cercana o superior al 15%, en lo que será la segunda o tercera “década perdida” de los últimos 50 años.
Esa última imprecisión tiene que ver con que entre 1970 y 1980, primera década del período bajo análisis, si bien el PBI por habitante creció levemente (9,8%), se pasó, rodrigazo (del que estos días se cumplen 45 años) y dictadura mediante, de una inflación alta a muy alta y el país estuvo signado por la violencia. Por eso, dice el economista, “no resultaría exagerado afirmar que Argentina ha perdido tres de las últimas cinco décadas”.
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Otro legado de los 70s fueron el atraso cambio y los fuertes déficits fiscales y externos -al cabo de los cinco años de gestión del binomio Videla-Martínez de Hoz- que hicieron eclosión en 1981, llevaron al default en 1982 y marcaron lo que sí se bautizó como “década perdida”, que fue, también, la de la recuperación de la democracia.
Algo similar pasó con los últimos años de la Convertibilidad, cuyas derivaciones excedieron su caída en 2001, y con el primer gobierno de Cristina Kirchner, cuyos síntomas se agravaron en su segunda gestión y dejaron una herencia envenenada, “determinando en gran medida la deficiente evolución económica de la década actual”, dice Capello.
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En su repaso, el economista constata que el país se pasó 42% de los últimos 50 años en recesión (16 meses de recuperación por cada 12 meses de caída), algo que –dice- “es difícil encontrar en otro lugar del mundo”.
En ese medio siglo hubo tres episodios de híperinflación, 1975, 1989 y 1990, y las tasas de inflación no dieron casi tregua: 119% de promedio anual en los 70s, 438% en los 80s, 15% en los 90s, 27% en los 2000’s y 37%, pero con guarismos anuales crecientes, en la última década.
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Para los 50 años, el promedio anual de inflación fue del 83%, casi idéntico a la tasa promedio de emisión monetaria, que fue del 86%. De resultas, hubo cuatro cambios de moneda. Uno cada doce años y medio.

La emisión fue en respuesta a un gasto superior a los ingresos: en 7 de cada 10 años la Argentina tuvo déficit fiscal, que además de emisión monetaria requirió renovadas dosis de endeudamiento. Entre 1970 y 2020 la deuda pública argentina, medida en dólares constantes (cuando al dólar se le descuenta la tasa de inflación de EEUU, que para un período tan largo excede largamente el 100%) creció 1.205%.
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Además de vivir en casi permanente déficit fiscal, la economía argentina se pasó 72% del tiempo con su cuenta corriente de balanza de pagos en rojo. Esto es: gastando más de lo que producía o produce. Pero, aclara Capello, “la declinación argentina no está ligada da al crecimiento de las importaciones, sino a la escasa competitividad y al crecimiento de la demanda sólo basado en el consumo (privado o público) y el mercado interno”.

Tren fantasma
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Semejante tren fantasma económico (desorden fiscal y externo, alta o híper-inflación, bandazos del PBI) no podía sino producir caída del salario real del sector privado formal. En uno de cada dos años, éste declinó, pero sus caídas fueron mucho más potentes que sus recuperaciones, al punto que el poder adquisitivo del salario privado formal promedio es hoy 45% más bajo de lo que era en 1970.
Corolario inevitable fue el constante aumento de la pobreza, de cerca del 4% de la población a comienzos de los años ’70 hasta picos de 47% en la híper de 1989 y 57% en el colapso de 2002. La última medición ubica esa tasa en 35%, pero más allá de proyecciones que ya la ubican por sobre el 40%, “hace rato –dice Capello- que se trata de un problema estructural que ha afectado a no menos de un cuarto de la población en los últimos 25 años”. Mientras tanto, compara, estadísticas del FMI indican que entre 1979 y 2020 el PBI por habitante creció 77% en Australia, 186% en Chile, 296% en Irlanda y 611% en Corea del Sur.
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Volver al presente
“En plena negociación con acreedores y en medio de la crisis por el Covid-19 –plantea al final Capello- otra vez surge la disyuntiva sobre el modelo a seguir post-pandemia”.
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Y brinda algunas pistas. La decadencia descripta, señala, “parece estar ligada al déficit fiscal y al endeudamiento estatal, con sus derivaciones inflacionarias, y a los desequilibrios externos por la incapacidad de aumentar sostenidamente las exportaciones con valor agregado, lo cual conduce permanentemente a crisis fiscales y/o de escasez de divisas, acompañadas de eventos de inseguridad jurídica que desalientan la inversión a largo plazo”.
A su vez, concluye, los problemas económicos tienen raíz en taras institucionales: "escaso apego a la separación de poderes y a la transparencia republicana, incesante inclinación al exceso de gasto y déficit públicos que, junto a la ausencia de una política de estado para desarrollar exportaciones, nos tiene detenidos en el tiempo desde hace al menos medio siglo”
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