
Lo que en un principio fue, desde el 20 de marzo, un parate total de la economía para cuidar la salud en virtud de la expansión de la pandemia del coronavirus amenaza con convertirse, ahora que el debate es cómo reanudar la actividad, en una parálisis para cuidar las reservas del Banco Central.
Tras haber tocado un mínimo el jueves 28 de mayo de USD 42.448 millones y con reservas líquidas para intervenir en el mercado de cambios por debajo de los USD 10.000 millones, el BCRA reforzó al día siguiente las restricciones al punto de restringir las importaciones y logró recomponer USD 280 millones el viernes 29. Pero la dureza de la medida puede transformarse en una nueva cuarentena para la producción.
Apenas enterados de la nueva resolución que acota el acceso a los dólares necesarios para importar, los industriales iniciaron los contactos con el Banco Central en busca de suavizar la medida, con una ronda de advertencias al Gobierno: incluso en aquellos rubros en los que nunca se frenó la actividad por su carácter de esencial podrían verse, en las próximas semanas, plantas paradas por falta de insumos si no se disponían “medidas de relajamiento” de las flamantes restricciones.
La cuestión ocupó al propio presidente Alberto Fernández, quien el miércoles recibió a los empresarios junto a los ministros Martín Guzmán y Matías Kulfas con la promesa de que las medidas serían transitorias. En las horas siguientes, el presidente del Central, Miguel Pesce, prometió evaluaciones caso por caso con el fin de evitar aún mayores complicaciones a la producción. El sector espera ahora la implementación de atenuantes a la norma.

“Si no se disponen modificaciones, va a haber empresas que tengan que parar plantas. Otras evaluarán subir precios”, aseguraron en una de las entidades fabriles. El argumento es particularmente sensible en el sector de alimentos, en el que aducen retraso de precios por las prórrogas sin modificaciones de los precios máximos y el margen cada vez menor que obtienen del programa de Precios Cuidados.
La expectativa empresaria es que las modificaciones se produzcan pronto. Según entienden en las distintas cámaras, particularmente los industriales, el motivo por el que el Central aplicó medidas extremas se basó en la intención de frenar una incipiente (y presunta) “ola” de bienes importados para aprovechar la amplia brecha cambiaria y comprar a dólar barato. Parado ese carro, confían, las autoridades habilitarán el acceso al mercado de cambios de modo tal de afectar lo menor posible la actividad económica, particularmente en aquellos sectores considerados esenciales en medio de la pandemia.

“Al Central no le queda otra que cuidar las reservas, que es la más intocable de todas las variables. Está priorizando cierta estabilidad para crear la percepción de que el tipo de cambio va a estar bajo control. Está atajando penales, subió las tasas de interés, reforzó los controles, mucho más no puede cambiar las expectativas. Está faltando el resto de la política económica porque sólo con la política monetaria no podés acomodar el carro”, opinó el economista Martín Polo para quien “con tal de no perder más reservas, el Gobierno prefiere resignar más nivel de actividad. Está claro que estos controles la complican”.
Lo cierto es que, hasta el último jueves de mayo, el Central se vio obligado a vender en el mercado a razón de USD 100 millones por día, ecuación que invirtió en los últimos días. Detrás de las tensiones cambiarias y los esfuerzos de la autoridad monetaria por controlar la brecha -que ayer se volvió a ubicar en 85% con un cierre del dólar blue en $125- se mantiene la irresuelta reestructuración de la deuda, cuyos plazos prácticamente coinciden ahora con la extensión de la cuarentena. Es que, al plazo estipulado del 12 de junio para acordar la nueva oferta, deben agregarse otros 10 días para la suscripción (o no) de todos los acreedores. A partir de esos resultados, y según cómo sean, sería entonces el turno de que la política económica defina un nuevo set en materia de monetaria y cambiaria.
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