
El Gobierno consiguió amortiguar el impacto del default con la deuda extranjera en el que cayó el viernes, al asegurar que las negociaciones con los acreedores son positivas y extendiendo el plazo para cerrar un acuerdo al 2 de junio. Todo indica que esa fecha deberá ser una vez más prorrogada. Pero es un momento en el que aparecen todas las debilidades juntas de la economía argentina. En medio de la pandemia la actividad se derrumbó 11,5% en marzo, pero lo más inquietante pasa por la venta diaria de dólares del Central, la pérdida de depósitos en moneda extranjera y la caída de las reservas.
Desde Semana Santa, es decir en menos de un mes y medio, el BCRA se vio obligado a vender más de U$S 1.200 millones para evitar una suba acelerada del tipo de cambio oficial. Esa cifra más que duplica los USD 503 millones que debían pagarse el viernes y que al no efectivizarse el pago hicieron caer a la Argentina en un nuevo default.
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Lo más llamativo es que debería estar pasando exactamente lo contrario. En plena “temporada alta” de liquidación de la cosecha gruesa en realidad el BCRA debería estar comprando y acumulando stock de dólares, preparando un “colchón” para los próximos meses.
Las reservas perforaron los USD 43.000 millones esta semana, pero las “líquidas”, es decir las que efectivamente pueden utilizarse para la intervención cambiaria, ya están por debajo de los USD 10.000 millones. Buena parte son dólares para cubrir los depósitos en moneda extranjera y sobre todo el “swap” con China, que se acerca a los USD 20.000 millones.
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Para el titular del BCRA, Miguel Pesce, el escenario es altamente complicado. Está emitiendo pesos a un ritmo acelerado para salir a cubrir al Tesoro, pero al mismo tiempo cuenta cada día con menos dólares para respaldar esta mayor circulación. La combinación puede resultar explosiva y generar un verdadero descontrol cambiario. Por eso, la “aspiradora” del Central funciona a toda máquina, casi al ritmo de emisión de dinero. En apenas dos jornadas sacó del mercado $450.000 millones a través de la colocación de Leliq y pases pasivos.
¿Por qué hay tanta presión sobre el mercado cambiario? Las causas son múltiples:
- Hay menos liquidación de cerealeras: no porque estén reteniendo soja de una manera exagerada, sino porque aceleraron las ventas entre octubre y diciembre del año pasado, cuando ya era obvio que el nuevo gobierno aumentaría las retenciones a las exportaciones. Algo que efectivamente sucedió. Según el último informe cambiario, correspondiente a abril, las liquidaciones del sector cayeron 42% respecto al mismo mes del 2019.
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- Fuerte aumento de la brecha cambiaria: en las últimas semanas llegó al 100% entre el dólar oficial y el paralelo, pero en los últimos días se achicó a cerca del 70%. Esto llevó a que se multipliquen las compras especulativas de USD 200 mensuales del “dólar” solidario a $90, bien por debajo de los $130 promedio que está cotizando en el mercado libre desde fines de abril.

- Caída de los depósitos en dólares: el “goteo” continua constante desde que se reabrieron los bancos. Son entre USD 30 y 50 millones diarios, que marcan claramente una señal de desconfianza y de incertidumbre sobre el futuro de la económica.
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- El tipo de cambio oficial está cada vez más atrasado: esto promueve importaciones y disminuye el incentivo a exportar. Pisar el dólar es una característica constante con o sin cepo cambiario. En medio de la cuarentena, ni el Presidente, Alberto Fernández, ni Pesce quiere provocar saltos del tipo de cambio. Pero las distorsiones son cada vez mayores.
Desde el BCRA aseguran que no se está pensando en mayores restricciones de acceso al mercado cambiario. Por ejemplo se habló de la eliminación del “atesoramiento” de USD 200 mensuales. Pero no es algo que esté en los planes. Al menos por ahora.
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El cierre de la negociación de la deuda es donde están puestas todas las expectativas del Gobierno para que se vean signos tranquilizadores en el mercado cambiario. El dólar bursátil cayó cerca de 4% el viernes pese al default, ante las señales de acercamiento con los acreedores.
La expectativa oficial es que un acuerdo con los bonistas revierta los elevados niveles de incertidumbre, que se reflejan en la continua caída de los depósitos en dólares y en el fuerte aumento de la brecha cambiaria.
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Además, recién cuando la Argentina deje atrás el default y los efectos más duros de la cuarentena podría avanzarse con una aceleración del tipo de cambio oficial. Es inevitable que esto suceda para bajar la brecha, desalentar las compras especulativas y fortalecer las exportaciones. Pero esa adecuación tiene tiempos inciertos y no será en el cortísimo plazo.
Aunque será difícil conseguir un acuerdo antes del 2 de junio, la nueva fecha límite, entre los negociadores de ambos lados se habla de un mes para poder llegar a un entendimiento. La posibilidad de otra oferta unilateral por parte del ministro de Economía, Martín Guzmán, parecería estar descartada y la nueva propuesta debería surgir a partir de las conversaciones en marcha.
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El principal obstáculo sigue siendo las distintas características de los tres grupos de acreedores. Aquellos que poseen bonos del canje 2005 se sienten con derecho a conseguir más que el resto. Esto se debe a que se trata de títulos que otorgan más protección a los inversores que los bonos “Macri”, es decir los emitidos a partir de 2016.
Ese universo de acreedores que vienen del canje llevado adelante durante la presidencia de Néstor Kirchner están en condiciones de bloquear la reestructuración si la oferta de Guzmán no se acerca a sus demandas. Economía precisa el 85% de este grupo para avanzar, lo que requiere de un gran esfuerzo del Gobierno para lograrlo.
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