
¿Cuándo el remedio se vuelve peor que la enfermedad? La pregunta desvela a quiénes deben tomar decisiones en respuesta a la pandemia de coronavirus.
Hay un creciente consenso que el dilema Salud o Economía es falso. De un lado, intentar reducir a cualquier costo la circulación del virus no garantiza el éxito del objetivo. Del otro, aumenta otros riesgos. Así, por caso, una cuarentena tiene costos económicos primarios (reducción de actividad e ingresos), secundarios (aumento del desempleo y del número de quiebras) y otros asociados a las características del confinamiento, que incluso pueden ir en contra del objetivo buscado
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Por caso, dice Norman Loayza, economista peruano del Banco Mundial en su blog en la página web del organismo, las medidas de “distanciamiento social” en poblaciones en situación de hacinamiento, al derivar en “compresión social” forzosa, pueden aumentar, en vez de reducir, el número de contagios, llevar a la pobreza e incluso “al hambre, el crimen y la enfermedad” a vastos sectores y generan efectos colaterales como el aumento de la violencia doméstica.
“Estar encerrado con un esposo o progenitor abusivo es espantoso”, dice Loayza, y las condiciones son aún peores durante una cuarentena, pues disminuye el recurso a la protección de las fuerzas de seguridad, concentradas precisamente en hacer cumplir la cuarentena.
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No son especulaciones. En Hubei, la provincia china cuya capital es Wuhan, el foco inicial del brote de coronavirus –precisa el funcionario del Banco Mundial– los reportes oficiales de abuso familiar se triplicaron durante la cuarentena.
La cuestión tampoco es privativa de los países pobres. Al respecto, un artículo del diario inglés The Guardian dice: “Las mujeres y niños que conviven con la violencia doméstica no tienen escape durante una cuarentena; de Brasil a Alemania, de Italia a China, activistas y sobrevivientes están viendo un alarmante aumento de los abusos”.
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Serias dudas
Por todo eso, Loayza expresa sus “serias dudas acerca de la eficacia de los confinamientos” y señala que peor aún es “una serie incierta y repetida de confinamientos”. Una perspectiva así, dice, “puede devastar la economía y empeorar el sufrimiento humano”. Antes que pasar hambre, un trabajador informal preferirá violar a cumplir la cuarentena.
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Los países pobres o en desarrollo, explica el economista peruano, no pueden disponer de un paquete de ayuda de USD 5.700 por habitante, como anunció EEUU, o de USD 7.500 por habitante, como desplegó Dinamarca. No tienen esos recursos. Sus capacidades gubernamentales son más limitadas, sus sistemas de salud más precarios y tienen ciudades superpobladas y amplios bolsones de informalidad.
Por eso, sigue Loayza, si bien los confinamientos son una primera línea de defensa contra la pandemia, los países en desarrollo deberían apuntar a medidas de contención “inteligentes y sostenibles” acompañadas por medidas de “mitigación” de los costos.
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Sobre las medidas de ayuda inmediata hay bastante consenso: más recursos al sistema sanitario (hospitales de campaña, respiradores, equipos y equipamiento médico, kits de testeo), protección a los más vulnerables (transferencias directas, como el “Ingreso Familiar de Emergencia” dispuesto por el gobierno argentino), apoyo temporal a empresas (subsidios, líneas de crédito y/o reducción o exención de impuestos) y continuidad de los servicios públicos.
Cuatro patas
Las medidas de “contención inteligente” y “mitigación”, dice Loayza, son especialmente relevantes en lugares donde las cuarentenas son poco efectivas o demasiado costosas. E identifica cuatro pautas:
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1- Higiene personal y colectiva, con campañas masivas y persuasivas de la importancia, por caso, de lavarse las manos. En caso de falta de acceso a agua potable, instalaciones públicas con ese objetivo. Más mantenimiento de dispensers de limpieza en, por ejemplo, el transporte público, y desinfección frecuente de lugares públicos.
2 - Protección a los más vulnerables, adultos mayores y personas con enfermedades preexistentes, aislándolos y facilitando la incorporación de gente más joven en tareas de reemplazo. No se trata de encapsular a los viejos, aclara Loayza, quien aconseja recurrir a lugares públicos de cuidado y a organizaciones de caridad si la protección no puede ser brindada por familiares. Los gobiernos, dice, pueden ayudar con información y transferencias de efectivo. Y los lugares públicos deben ser atendidos por población inmunizada.
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3 - Aislamiento de infectados y seguimiento de quienes tuvieron contacto con ellos, como hicieron Corea del Sur y Japón para reducir contagio y muertes. Pero para eso se necesita “un testeo apropiado”. Mientras eso no sea posible, sirven las “autocuarentenas” y las “cuarentenas sociales” para infectados sin necesidad de cuidado crítico, el uso de mascarillas o barbijo obligatorio en lugares públicos y de medios digitales y campañas didácticas para que la gente use bien aquellos de los que ya dispone.
4 - Testeo, testeo, testeo. El testeo masivo para detectar infecciones, concluye Loayza, es indispensable en cualquier “contención inteligente” (de la pandemia) y “mitigación” (de sus efectos económicos), aunque muchos países afrontan allí un cuello de botella, por insuficiencia de reactivos o kits de testeo. Y cuando se destrabe, testeo de antígenos y anticuerpos, e implementación en el sistema sanitario público.
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Loayza cita un flamante paper del National Bureau of Economic Research, la institución de investigación económica más prestigiosa de EEUU, que estima que una campaña de “contención inteligente” y “mitigación” tiene claras ventajas respecto de las cuarentenas o confinamientos masivo: aligera el peso del dilema salud o economía, reduce a menos de la mitad el riesgo de infecciones y reduce en al menos 5 puntos porcentuales la recesión debido la pandemia.
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