
En Argentina debiera ser innecesario volver a escribir una y otra vez sobre los controles a los precios: hay una amplia experiencia que demuestra que no solo no frenan la inflación, sino que generan escasez. También se sabe, por la experiencia empírica, que los productos con precios congelados son los que más rápido aumentan en el mediano y largo plazo.
Esto ya había sido desarrollado por Carl Menger, en su tratado de Principios de Economía, de 1871, donde explica con exquisita claridad qué son y cómo funciona el mecanismo de precios de mercado. Sus lectores comprenderán que se trata de un mecanismo de señales indispensable para el buen funcionamiento de la economía.
Por un momento, para analizar la actual situación, conviene olvidar por un momento que se está en Argentina y que la inflación de 2019 fue del 54% anual, casi igual al promedio histórico de inflación desde la creación del BCRA en 1935.
El pánico por el coronavirus naturalmente desata una escalada en la demanda de alimentos y de alcohol en gel muy por encima de lo normal. Como indica cualquier libro básico de microeconomía, lo esperable es que los precios suban. Lo que no todos comprenden es que al aumentar el precio de esos productos se está enviando una señal a los consumidores para que no acaparen a esos precios encarecidos y a los productores para que busquen aumentar su producción o importar los productos escasos. De ese modo, el mecanismo de precios contribuye al mismo tiempo a tranquilizar la demanda y aumentar la producción para volver al equilibrio.

La intervención del gobierno solo puede empeorar las cosas. Supongamos que mantiene los precios al nivel del equilibrio previo a la pandemia. Los precios no dan la señal a los consumidores de reducir la demanda y no sobre-estoquearse. Y a los productores se les da una pésima señal, no solo de no aumentar su producción sino de producir e invertir menos en un país que interfiere con los precios. La medida no solo hará que se invierta menos en ese producto, sino que al reducir la seguridad jurídica será un incentivo para reducir la inversión en los demás sectores de la economía.
Señales
El precio congelado no solo genera escasez, sino también un incentivo para aumentar el mercado negro y la corrupción. La persona que obtiene el producto escaso, se da vuelta y tiene tres que le ofrecen más por la desesperación para obtenerlo. Entonces el dueño original del producto tiene un fuerte incentivo para no ofrecerlo en el mercado formal, sino de ser él mismo quien lo ofrezca al precio libre del mercado negro. Si el Gobierno interfiere y cierra, como lo está haciendo, algunos supermercados, lo único que logrará es agravar la situación creando más escasez y mayor presión en los precios en el largo plazo.
Es fácil demostrar que los productos con precios congelados a la larga son los que más suben. Levantemos el supuesto de que no hay inflación y pongamos el ejemplo de la Argentina actual: partimos de un rodeo vacuno algo superior a los 53 millones de cabezas, si congelamos el precio del ganado, cada mes habrá un precio menor en términos reales, el incentivo para producir ganado se va reduciendo y la expectativa será que cada vez será más difícil ganar plata en el sector. Así disminuirá la inversión en la producción de ganado. En algunos años, el rodeo vacuno habrá caído significativamente y la escasez en los supermercados será evidente. Algún gobernante recapacitará y liberará el mercado. Al hacerlo, los precios subirán mucho más allá que el precio original porque para restablecer el equilibrio se necesita restablecer la cantidad de ganado. La evidencia empírica reciente demuestra que –efectivamente– entre 2003 y 2014 se perdieron 3,4 millones de cabezas de ganado, debido a la intervención del Estado.
Cuatro mil años de necedad
En suma, este permiso para que los intendentes controlen los precios e impongan multas, aumentará la quiebra de empresas, la corrupción de los intendentes y la escasez de productos.
Quienes deseen profundizar sobre este tema puede leer también; “Cuatro mil años de controles de precios y salarios: Cómo NO combatir la inflación”, de Robert L. Schuettinger y Eamonn F. Butler. Encontrarán numerosos ejemplos históricos donde ni siquiera la pena de muerte sobre quienes aumentaban los precios logró frenar la inflación.
Que la situación sea crítica no es un argumento que altere nada de aquí expresado.
Lo aquí escrito es evidente y ha sido reiterado en numerosos artículos en los periódicos argentinos en las últimas tres décadas. Desafortunadamente, los políticos no parecen interesados en resolver los problemas del país sino que, como es usual, persiguen sus propios objetivos de alcanzar y mantenerse en el poder a cualquier costo, aunque sea el de reiterar recetas fracasadas.
El autor es director de Libertad y Progreso
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