
Donald Trump decretó la “emergencia nacional” y los mercados festejaron. Estados Unidos está listo para empapelar de dólares a la economía y suavizar los efectos de la recesión que se avecina por la diseminación del coronavirus cueste lo que cueste. A Alberto Fernández le gustaría hacer lo mismo, pero no puede: en la Argentina los dólares escasean y tiene fuertes limitaciones para emitir pesos sin provocar un fuerte salto del dólar y de la inflación. A pesar de ello, el Gobierno también comenzó a analizar medidas para suavizar el impacto económico que indudablemente sufrirá la Argentina e incluso ya hubo algunos anuncios.
Además de las reuniones con infectólogos para analizar cuál es la mejor manera para frenar el avance del coronavirus, Infobae pudo saber que el Presidente comenzó a discutir con el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, y el ministro de Producción, Matías Kulfas, qué medidas podrían tomarse ante el agravamiento de la crisis económica que se avecina. Deberán ser anuncios que involucren directamente a aquellos sectores que más perjuicio tendrán luego de las últimas medidas sanitarias adoptadas. Pero además está claro que seguramente habrá más desafíos por delante. ¿Cuánto tardará en cerrar la primera fábrica por un caso de coronavirus? ¿Y qué podría suceder con la actividad de los shoppings si crece el número de contagiados en las próximas jornadas?
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Así como las medidas sanitarias que se están adoptando en la Argentina buscan copiar y en algunos casos adelantarse a lo que ya han decidido otros países, lo mismo sucede con las medidas económicas. Salvando las dimensiones de cada país, las consecuencias por cuarentenas prolongadas, aislamientos y en general el menor contacto social son parecidas en todos lados.

Por lo pronto, un comunicado de Producción reveló que en una primera instancia el foco estará puesto en garantizar la producción de productos de primera necesidad, en particular alimentos. Bancos públicos y privados -aunque no se especificaron nombres- ofrecerán crédito para capital de trabajo para que las compañías alimenticias puedan ampliar su producción. El objetivo, en este caso, es evitar el desabastecimiento ante la decisión de muchas familias de comprar preventivamente ante la posibilidad de mayores restricciones para la circulación. El Santander fue el primero en reaccionar, ofreciendo créditos a tasas del 20% anual en pesos para promocionar el “teletrabajo”.
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Sin embargo, estas medidas no atacan el fondo del problema, que es la caída adicional de la actividad que se avecina. Hoteles, agencias de viaje, líneas aéreas, restaurantes, clubes de fútbol y teatros son ahora los primeros afectados. Pero en breve podrían sumarse otros, incluyendo comercio minorista y también industrias. Las exportaciones ya comenzaron a verse afectadas: hay menores venta de carne a China y el precio de la soja está cayendo en medio del fortalecimiento del dólar a nivel global y la menor demanda de Oriente.
Uno de los que se adelantó a sugerir algún tipo de alivio fiscal fue el tributarista César Litvin. “Deberían reprogramarse los vencimientos de anticipos, pagos a cuenta y declaraciones juradas. Las pymes ya habían recibido un importante salvavidas a través de la moratoria impositiva, que permitió refinanciar deudas con el fisco a largo plazo y con importantes reducción de tasas”.
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Los ejemplos de lo que se está intentando alrededor del mundo para que el parate de la actividad impacte de la manera más suave posible en los sectores productivos pero también entre los trabajadores. En Estados Unidos, por ejemplo, Trump anunció una línea de USD 50.000 millones para empresas que sufran la falta de crédito. Y pidió al Congreso que apruebe una reducción de aportes patronales hasta fin de año como una manera de aliviar la presión tributaria a las empresas y favorecer el empleo. Además, la Reserva Federal volcó en pocas horas 1,5 billones de dólares para abastecer de liquidez al sistema financiero.
En Japón, el Gobierno volcó miles de millones de dólares (obviamente en yenes) para subsidiar a los empleados que no pudieron concurrir a sus trabajos, en muchos casos para cuidar a los hijos que no asistían a los colegios. Las pequeñas empresas acceden a préstamos a tasa cero. Y el primer ministro Shinzo Abe anunció que habrá más medidas en la misma dirección. En Hong Kong se repartió el equivalente a USD 1.285 por adulto, aunque algunos sospechan que no fue sólo como paliativo por la crisis económica sino también para acallar las protestas.
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En Italia, el país más afectado y ahora epicentro de la epidemia, el primer ministro Giuseppe Conti prometió una “terapia de shock” para atacar la depresión económica en medio de una cuarententa que afecta a todo el país. Habría moratoria para el pago de impuestos para las empresas y también algún esquema de alivió para el pago de hipotecas a los bancos. Pero se estima que detrás también estará el Banco Central Europeo asistiendo con todos los euros que hagan falta.
En la Argentina, el Gobierno tendrá que ingeniárselas para dar asistencia, pero es muy poco lo que se puede hacer con créditos de la banca pública o privada. Resultará inevitable dar algunos estímulos que tendrán costo fiscal, ya sea directamente con reducción de impuestos o con inyección de fondos vía subsidios para sectores “sensibles”, además de redireccionar partidas presupuestarias para atenderlos.
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Cualquiera de estas medidas tendrá efecto fiscal, es decir aumentará el déficit que ya tenía planificado el ministro de Economía, Martín Guzmán. Claro que un agujero más grande en las cuentas públicas sólo puede financiarse de una manera: con más emisión de pesos por parte del Banco Central, en un contexto de ausencia total de crédito y en el medio del proceso de renegociación de la deuda.
Las demoras para presentar la propuesta a los acreedores está ligada en forma directa a este cambio de escenario y la necesidad de revisar todos los cálculos respecto a la evolución de los números fiscales.
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Las restricciones son enormes y las urgencias también. Ante semejante cambio del contexto global, la idea de “prender” la economía ya quedó en el pasado. Ahora el desafío es mucho menos atractivo y consiste en evitar que la recesión se transforme en una verdadera depresión económica.
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