
Mauricio Macri puso su propia vara de medición para que se determinara si su gestión presidencial del período diciembre 2015-diciembre 2019 fue o no exitosa. Fue el 7 de julio de 2016, durante una conferencia de prensa. Uno de los periodistas acreditados consultó al jefe de Estado “por qué cifra concreta le gustaría que sea juzgado su gobierno en 2019”. Macri contestó sin dudar: “pobreza. Si cuando termino mi mandato no bajé la pobreza, habré fracasado”. El 30 de septiembre de 2019, el INDEC le dio al gobierno de Cambiemos el termómetro para medir su gestión. Según el organismo, en el primer semestre de ese año la pobreza había trepado al 35,4% y llegaba al 39,8% en el conurbano bonaerense.
Casi 19 millones de argentinos estaban en esa situación; 3,8% más de personas que la medición de 2018. El peor dato de todos era demoledor: el 52,6% de los niños de todo el país vivía bajo la línea de pobreza. Y para peor, la Universidad Católica Argentina (UCA) proyectaba para fin de la gestión de Mauricio Macri un nivel superior al 38%. El dato se conocería ya sin Macri en el poder, en marzo de 2020, pero se sabía en el oficialismo que era altamente probable que ese porcentaje se confirmara.

La segunda variable para juzgar la gestión de Cambiemos fue la inflación. Macri había prometido reducirla a un dígito para el 2019, asegurando que los niveles heredados del 2015 (25% en promedio, ocultados por la intervención del INDEC en la gestión kirchnerista) demostraban “incapacidad para gobernar”. Sin embargo, para el 2019, el propio FMI proyectaba en octubre de ese año un alza en los precios del 57%. Macri acumuló en su gobierno un alza en los precios del 40,3% en 2016, el 24,8% en 2017 y el 65% en 2018. Representaba un incremento de más del 170%, lo que en comparación con la evolución promedio de los salarios arrojaba una pérdida del poder adquisitivo de entre el 20 y el 30%, según el sector económico del trabajador que se comparara. La inflación que dejaba Macri en 2019 era la tercera a nivel mundial luego del caso venezolano (200.000%) y de Zimbabue (183%). Superaba a la de Sudán (56%) y Sudán del Sud (35%). Desafinaba además en la comparación con datos de los países de la región, donde México proyectaba un 6,77% anual; Uruguay, 6,55%; Colombia, 4%, y Paraguay, 4,5%. El resto de los países de latinoamericanos peleaban entre el 0 y el 2% anual.
El resto de las variables económicas y financieras tampoco acompañaron a Macri en la comparación de los resultados de su gestión contra la herencia recibida en el 2015. El PBI per cápita, devaluaciones mediante, pasó de los 14.884 dólares de diciembre de 2015 a unos 10.916 de octubre de 2019. El salario real cayó de 580 a 275 dólares en el mismo período.

El desempleo mostraba una tasa de desempleo en todo el país del 5,9% al tercer trimestre de ese año, momento en el que el instituto oficial dejó de publicar información, mientras que el dato oficial al segundo trimestre de 2019 mostraba un nivel del 10,6%. El riesgo país recibido navegaba en los 590 puntos básicos medido por el JP Morgan, mientras que para noviembre de 2019 el nivel superaba los 2.200 puntos, luego de haber logrado Macri alcanzar unos 342 puntos básicos el 18 de octubre de 2017, cuatro días antes de las elecciones legislativas de medio término.
Uno de los datos más preocupantes del legado macrista era el nivel de endeudamiento, una variable que, en cierto sentido, parecía dominada al finalizar el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Sobre el PBI el endeudamiento alcanzaba el 52,9% en diciembre de 2015, porcentaje que creció hasta el 92% en noviembre de 2015. Para el epílogo de la gestión macrista, esta comparación sólo era superada a nivel mundial por Angola (95%). El país mostraba peores porcentajes que Egipto (84,9%) y Sri Lanka (83%).
La deuda pública global al finalizar el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner alcanzaba los 240.000 millones de dólares totales, mientras que Mauricio Macri se despediría con un volumen de pasivos aproximado a los U$S 307.570 millones.

El kirchnerismo, por las propias restricciones del mercado local e internacional hacia un gobierno que vivió del primer al último día en default, emitió muy poca deuda: concentrando la mayoría de las colocaciones en mix de bonos emitidos durante el canje de deuda del 2005. Mauricio Macri, por el contrario, aceleró el recurso de cubrir los baches financieros y fiscales aceptando todo el dinero posible que pudiera atraer desde el mercado de capitales local e internacional. Emitió todo tipo de deuda, incluyendo casos que con el tiempo se convirtieron hasta en bizarros. Quedará para la historia la idea de emitir un bono a cien años, llamado Centenial, por unos USD 2.750 millones a una tasa del 8% anual y con liquidaciones anuales de cupón por unos USD 196 millones, liquidables cada diciembre hasta el 2117, año en el que se habrían pagado un total de USD 19.600 millones (USD 16.600 millones más que lo tomado). La iniciativa fue casi personal de Luis “Toto” Caputo en sus tiempos de ministro de Finanzas plenipotenciario, y fue definida por el Financial Times como “la operación financiera más negativa del mundo” y la “peor inversión del año”, según una encuesta realizada por el economista y periodista del medio británico Robin Wigglesworth.
El PBI durante los años macristas registró una baja del 1,8% en 2016, una suba del 2,4% en 2017, una caída del 2,6% en 2018 y proyectaba (según números del FMI) una contracción del 3,5% para el 2019. En total, la baja alcanzaría al 5%, con lo que el producto volvería a los niveles de 2008. En el análisis de esta variable, también saldría perdiendo Cristina Fernández de Kirchner, ya que durante su segunda gestión se ayudó (y mucho) a la contracción y estancamiento general (cepo mediante) de la economía argentina. Entre los dos jefes de Estado, el país vivió seis años de caída de su producto, con sólo cuatro de crecimiento. De esos, Macri era responsable de la caída en tres y de sólo uno de alza del PBI.
Finalmente, el peso, la moneda oficial del país (pese al profundo rechazo que genera en su población como mecanismo de atesoramiento), terminó devaluándose contra el dólar a noviembre de 2015 casi un 500%.
Para el macrismo, hubo costados positivos en la herencia que le dejaría al gobierno de Alberto Fernández. El 4 de noviembre de 2019, a algo más de un mes del traspaso del mando, y como lectura obligatoria antes de una de las últimas reuniones de gabinete ampliado de Cambiemos, Marcos Peña y Hernán Lacunza elaboraron un paper denominado “Ocho puntos sobre la economía”, en el que se detallaba la herencia que se le dejaría a Fernández. El informe aseguraba que el país estaba “listo para crecer”, que se había podido “revertir la herencia de 2015” y que se había logrado “sin magia, sin mentira, sin ficción”. Los capítulos mencionados en el paper eran “La herencia económica que dejamos”, “Sobre nuestro programa económico”, “Sobre la inflación”, “Sobre la situación fiscal”, “Sobre los impuestos”, “Sobre la deuda”, “Sobre la energía” y “Sobre el empleo”.

Entre los puntos más importantes, destacaron el equilibrio fiscal primario, menor presión tributaria, menos ganancias, menos bienes personales, menos retenciones a las exportaciones, menos impuesto al cheque a cuenta de otros tributos y menos impuestos al trabajo para crear empleo […].
Probablemente todos los datos incluidos en el paper sean polémicos, discutibles y hasta quizá ciertos. Sin embargo, no lograban borrar la imagen de fracaso y desilusión que generó el gobierno de Mauricio Macri, basada en hechos, números y porcentajes concretos, que determinaban que el presidente no sólo no había logrado su misión de mejorar la vida de todos los argentinos, sino que, además, la había empeorado. Y mucho.
Quizá entonces habrá que buscar en otro terreno el verdadero legado de la experiencia del macrismo en el poder. A noviembre de 2019 Mauricio Macri se encaminaba a convertirse en el primer presidente no peronista en terminar su mandato presidencial de cuatro años en tiempo y forma. Lo hacía además conformando una oposición relativamente sólida que controlaría en el futuro al gobierno de Alberto Fernández, con una posición legislativa expectante para, eventualmente, soñar con un regreso a la Casa de Gobierno.
El balance final en términos económicos y financieros resultaba muy negativo. Casi sin puntos de apoyo para la alabanza final. Sin embargo, no era poco lo que había logrado en términos políticos. Sabrá el tiempo y la historia determinar si fue o no una misión cumplida.
* * *
Una tarde de un fin de semana de septiembre de 2018, a horas de firmar la segunda versión del acuerdo stand-by con el FMI, Mauricio Macri volvió a reunir a sus principales colaboradores en la Quinta de Olivos. Quería repasar nuevamente los números que lo abrumaban y a los que no les encontraba solución ni mejora. Miraba los cuadros elaborados por sus hombres en el Palacio de Hacienda, donde las malas noticias lo bombardeaban sin tregua. Los comparaba también con los que algunos colaboradores privados del mercado financiero con los que mantenía confianza (incluyendo algunos exfuncionarios que habían renunciado de manera traumática), y sacaba una misma conclusión. Todo coincidía en que no lograría lo que se había propuesto para ese 2018: hacer crecer la economía en un año no electoral, algo que hacía seis años no se conseguía. Y que esa recuperación significara además el preámbulo de un 2019 también de expansión vigorosa y, obviamente, de reelección presidencial. Crecer en el 2018 se había convertido en una obsesión. Era la prueba necesaria para determinar públicamente que, al fin, había vencido la herencia de Cristina Fernández de Kirchner, su meta definitiva. Sin embargo, esos cuadros y gráficos tanto públicos como privados eran lapidarios. No había manera. No habría forma. No había medidas para tomar. Tampoco trucos para cambiar la realidad. Los resultados eran irreversibles. En el mejor de los casos, el país volvería a caer ese año un 1%. Y, si no había cambios radicales, la misma suerte había que esperar para el 2019. La inflación, ese tremendo mal de los argentinos que él había prometido vencer en esa primera gestión, hasta transformarla en un mal recuerdo para su seguro segundo mandato, volvería a tomar impulso ese 2018 y superaría el 40%. Y finalmente, la pobreza, su gran promesa de campaña y la única meta con la que pidió ser juzgado, no bajaría del 30% durante ese tercer año de gestión.

El presidente, quien había hecho un culto del dominio de su carácter a veces explosivo, herencia de sus ancestros calabreses, pidió a todos salir del cuarto. Y concentrar la conversación en dos o tres de sus hombres de más confianza. Todos salieron. Algunos incluso abandonaron Olivos sabiendo que quizá (como efectivamente ocurriría) estarían viviendo sus últimas horas dentro del gobierno de Cambiemos. Los que quedaron dentro rodearon a un Macri con rostro abatido. Lentamente el presidente levantó la mirada, y les habló a sus fieles más fieles:
“Soy increíble, choqué la economía”.
Sólo uno de los cuatro presentes se animó a un guiño que, se sabía, estaba estrictamente vedado. Con lentitud, puso su brazo derecho sobre el hombro del jefe de Estado. Este le sonrió, lo miró fijo, y agradeció el buen gesto apoyando su palma izquierda sobre la mano del funcionario. Macri se repuso rápidamente y ordenó: “A trabajar”.
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