
Carlos Bilardo cultivó una videoteca que llegó a un pico de 8500 VHS. Un armario, dos habitaciones y una “sucursal” en la oficina céntrica del mítico entrenador le dieron cobijo a sus grabaciones, gran parte de ellas artesanales, con la asistencia de su esposa Gloria para pulsar el botón de “rec” o filmadas con una cámara adquirida a mediados de los 80. Sin embargo, cuando estaba por quedarse sin su delantero estrella en su última gestión al frente de un equipo de fútbol, el Doctor apeló a la audición más exótica para buscarle reemplazante...
En el verano de 2004, el campeón del mundo con la selección argentina buscaba preparar a un plantel de Estudiantes que luchaba por no descender. Para cumplir el objetivo, diseñó una pretemporada en Mar del Plata, pero con su sello. Por ejemplo, trasladó al plantel al hotel Varna, en Punta Mogotes. Dos estrellas, dos pisos, 21 habitaciones.
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“Estamos bien, un poco apretados, pero bien”, aseguró Bilardo ante los medios que realizaron la cobertura. Del micro bajaron varios televisores que confirmaron la presunción: las habitaciones no tenían TV; sí el lobby contaba con un 29 pulgadas frente a un amplio sillón, para compartir los momentos de ocio. A un costado, una clásica heladera Siam ofrecía un toque vintage.
El que más descansó en la pretemporada fue el micro. Es que, muchas veces, el plantel volvía corriendo desde la sede del entrenamiento hasta el hotel. En consecuencia, los sudados dirigidos por el Doctor se cruzaban con los veraneantes, que en contraste se paseaban con las heladeritas y las ojotas y se cansaban con solo mirarlos.
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El Narigón, fiel a su forma de ser, persiguió a sus pupilos (entre los que estaban Marcelo Carrusca, Marcos Gelabert, José Sosa o Mariano Pavone) para que no dejaran detalles librados al azar. Por ejemplo, con el uso de protector solar. Bilardo no temía embadurnarse el rostro con una pátina generosa, al punto que en una de las tardes libres en el Balneario 12 recibió un apodo subterráneo: el Guasón.
El entrenador tocó poco el teléfono de día: solo lo usó para comunicarse con los dirigentes por el mercado de pases. Un nombre lo obsesionó aquel enero: Ernesto Farías. El Tecla era pretendido por varios clubes, de Argentina y Europa, y el DT lo quería retener. Lo logró seis meses, hasta que partió al Palermo de Italia.
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Pero durante aquel enero tórrido, el atacante, que luego vistió las casacas de River Plate e Independiente, fue el gran protagonista del mercado. No había programa de radio o de TV en el que no fuera mencionado. Su situación ocupaba páginas de diarios y cataratas de notas en los incipientes portales de noticias. Por más que se enfocara en el trabajo, a Bilardo lo enloquecía, porque quería sostenerlo en su estructura o, en su defecto, conseguir un reemplazo urgente. Además, tenía lesionados a Ezequiel Maggiolo y Pablo Lugüercio.

Y el 10 de enero tuvo lugar una secuencia que solo el Doctor pudo encabezar. Al mejor estilo Caruso Lombardi, mientras el plantel fortalecía músculos sobre la arena de una de las playas cercanas al puerto de La Feliz, un grupo de pescadores, fileteros y trabajadores curiosos merodeó los ejercicios para ver a los futbolistas de cerca. Con el escenario listo, Bilardo no perdió la oportunidad de montar su show.
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Quizás advirtió potencial goleador en los miembros del público ocasional, con la esperanza de que trasladaran la precisión y frialdad con la que desmenuzaban los pescados a la hora de enfrentarse a los arqueros. Y el técnico comenzó a vociferar: “Tres Farías tengo que sacar de acá, tres. Vamos, hay 500.000 dólares para el que haga ocho goles. Si no los hacen, me dan 100.000 a mí. Y dólares, no pesos, dólares. ¿Me van a decir que por esa plata no los hacen? Es fácil. Los hacen con la rodilla, con el pie, con cualquier cosa. Se quedan a vivir en el área, si quieren", los arengó.
Algunos más fornidos, otros de físicos más amateurs, abrían grandes los ojos mientras escuchaban la desopilante propuesta. Mientras, Bilardo seguía, por ejemplo, oteando el material disponible para la aventura improbable. “Falta pierna, falta pierna acá, pero no importa, se trabaja”, soltó, señalando a uno de los espontáneos aspirantes que evaluó el entrenador campeón del mundo en México 86. Todo, ante los ojos del plantel y de Octavio Manera, el preparador físico, que ponía a punto a los jugadores con lugar confirmado. Sin embargo, no llegó a haber test. Y el “proyecto goleador filetero” no prosperó.
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Estudiantes terminó 14° en el Torneo Clausura (producto de cinco victorias, seis empates y ocho derrotas) y mantuvo la categoría. Chacarita y Chicago descendieron y Talleres de Córdoba y Atlético de Rafaela disputaron la Promoción. El máximo anotador del Pincha fue Ernesto Farías, excelso pescador, pero de las áreas. Y Bilardo cerró su última gestión como técnico dejándole al club una base de futbolistas que fue campeón con Diego Simeone dos años después, y un racimo de anécdotas sin vencimiento, como el casting más estrambótico.
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