
Bruselas. Última semana de mayo de 1985. Como casi siempre desde que se juega la final de la Copa de Campeones de Europa, ahora Champions League, la ciudad anfitriona trastoca su fisonomía. Sucede en distintos bares de la capital belga y en los alrededores del estadio ubicado a menos de ocho cuadras del icónico Atomium. Previsiblemente, también sucede en las tribunas cabeceras del entonces Estadio Heysel, renombrado Rey Balduino, entre otras cosas, para licuar algo de la tragedia vivida un rato antes de una final que se imaginaba apasionante entre Juventus, de Italia, y Liverpool, de Inglaterra.
De un lado, la base del último campeón mundial reforzada nada menos que por las genialidades del francés Michel Platini y el polaco Zbigniew Boniek. Del otro, el hasta entonces más exitoso equipo inglés a nivel europeo, ganador de cuatro de esas finales con Kevin Keegan a la cabeza, hoy reemplazado por la dupla ofensiva del escoces Kenny Dalglish y el gales Ian Rush.
De pronto, mientras los dos equipos se preparan para comenzar la entrada en calor dentro de la cancha, un grupo de hooligans identificados con el equipo británico avanza sobre la cabecera en la que ya se ubica una multitud de italianos. Como sucede con el estadio Jose Maria Minella, de Mar del Plata, en Heysel también los accesos son desde arriba hacia debajo de las gradas. Lo que originalmente favorecía la distribución de espectadores ocupando la mayor cantidad de espacio posible se convierte en la trampa mortal para decenas de fanáticos del conjunto turinés que fallecen mayormente aplastados por colegas que huyen de la agresión de los barras del Liverpool.
Exageran quienes crean que la idea de que el show debe continuar es algo sublimado en estos tiempos de la posverdad. El partido se jugó apenas un rato después de lo previsto, cuando se retiró el último de los cadáveres y se atendió al último de los heridos. Ni siquiera se llegó a detener a los agresores- A modo de magro consuelo, Juventus ganó 1 a 0 con gol de penal de Platini.
Ciudad de México. Segunda semana de junio de 1986. El 10 de ese mes, la Argentina le gana 2 a 0 a Bulgaria y termina invicta la fase de grupos del mundial que finalmente ganaría. El 15, Boca logra un triunfo extraordinario en Rosario, ante Newell’s, da vuelta el 0-2 de la Bombonera con un 4 a 1 impensado y se clasifica para la próxima Copa Libertadores. Pocos días más tarde, el equipo dirigido por Carlos Bilardo supera 2 a 1 a Inglaterra con la Mano de Dios y la Magia del Diego. Un grupo de personas asistió a los tres partidos. Los más notorios fueron algunos barras de Boca, quienes beneficiados por una colecta nunca bien aclarada hicieron un México-Rosario-México como quien se toma el tren Mitre y se manda un Retiro-Tigre-Retiro para visitar el Puerto de Frutos.

Aun asumiendo lo arbitrario y hasta exagerado del concepto, me permito trazar un cruce de rutas entre el fenómeno hooligan (Inglaterra) y barras bravas (Argentina). Algo así como que, durante ese año de diferencia entre los acontecimientos mencionados, la mayor desgracia que puede soportar nuestro fútbol, unos comenzaron a perder presencia mientras los otros comenzaban algo asi como el comienzo del camino a un estrellato siniestro.
Es cierto que el asunto barra argentino registraba antecedentes de varias décadas antes que los ‘80. Pero no fue sino por esos años que empezamos a consumir con triste regularidad la miseria de la violencia tribunera convertida en muerte. Muerte como la de Roberto Basile, hincha de Racing, a quien en 1983 una bengala lanzada por alguien desde la popular de Boca le atravesó la yugular cruzando más de 100 metros hasta la tribuna visitante en la Bombonera. O como la de Adrian Scaserra, asesinado según su padre y algunos testigos por un subcomisario de la bonaerense en medio de un partido entre Independiente y Boca, en 1985. Apenas un par de ejemplos en un historial de demasiado dolor e impunidad.
¿Por qué un cruce de caminos?
Porque mientras en Bruselas los hooligans comenzaron a ser raleados de la sociedad futbolera, los nuestros se lanzaron definitivamente a una fama que hoy los convierte en los únicos que parecen infaltables en nuestras tribunas.

Liverpool recibió una sanción de 10 años para participar en competencias europeas, luego reducida a seis. Pero lo que empezó a cambiar todo fue que los demás clubes ingleses fueron suspendidos por cinco años para los mismos certámenes. Fácil imaginar lo que sucedería en nuestro medio si por una banda de asesinos identificados con el equipo A se quedaran sin copas los de la B a la Z. Eso comenzó a acotar la presencia hooligan en los estadios y forzó un cambio radical en los sistemas de seguridad y, fundamentalmente, de castigo respecto de los espectáculos futboleros. La zaga terminó con la trágica paradoja de la masacre de Hillsborough, en la que casi 100 hinchas de Liverpool murieron aplastados en la previa de un partido con Sheffield United, de 1989. Mucho tiempo después se supo que la responsabilidad no había sido de los fanáticos sino de los responsables de seguridad y del estadio mismo.
Ambos episodios dieron origen al llamado Informe Taylor y al Football Spectators Act, destinados a eliminar a los hooligans de los estadios y mejorar el sistema de seguridad en las canchas. Casi por decantación, llegó el nacimiento de la Premier League, quizás la mejor competencia de clubes del planeta.
De la otra mano, nosotros. Hinchas fanáticos que terminamos convenciéndonos de que, como el fútbol es pasión de multitudes, hay que asumir que “en la cancha se puede”. Vale para el preadolescente al cual el papá le permite las primeras puteadas en público. Termina valiendo para que naturalicemos absolutamente todo.
No debe haber semana en la que un episodio violento no forme parte de los títulos de nuestro fútbol. Vaya uno a saber por cuanto habría que multiplicarlos si nos tomáramos el trabajo de hacer un censo entre cada hincha en cada cancha cada jornada y que cada uno cuente su experiencia.
A modo de minúsculo recordatorio, podemos hablar del hincha mendocino muerto en febrero, el mismo dia que lo mismo paso con uno de Chacarita.
O de las agresiones entre gente de San Martín de San Juan y Godoy Cruz de Mendoza que comenzaron a los sillazos dentro de la cancha y terminaron con una especie de cacería de la que fueron víctima un grupo de policías fuera del estadio. Fue en marzo.
O de los mas recientes, en ocasión del partido entre Rosario Central y Peñarol de Montevideo. Primero, cuando desde lo alto de una cabecera lanzaron vallas de hierro a la parte baja en la que se ubicó la gente visitante, que comenzó lanzando bengalas en dirección a los luego agresores. Finalmente, cuando casi le vacían un ojo de un piedrazo a un jugador visitante.
Como la noche del gas pimienta o de los piedrazos antes de la final no jugada en Nuñez de 2018, solo en el ámbito de nuestro fútbol ignoramos que se trata de intentos de homicidio. ¿O acaso alguien que lanza vallas de hierro en caída libre tiene control sobre el daño que está por producir? ¿Y qué onda si el piedrazo realmente impactaba en el ojo del futbolista uruguayo? ¿Gente detenida por todos estos episodios? ¿Sanciones a las entidades responsables?
Por favor, no personalicen los ejemplos. Son referencias aleatorias sobre una mugre que lo atraviesa a casi todo.
¿Alguno de nosotros aceptaría compartir un espacio público a sabiendas de que a su lado hay gente dispuesta a lastimar a otros o que lleva armas blancas o de fuego y está dispuesta a usarlas?
¿Qué nos sucede como sociedad que asistimos al peculiar fenómeno en el que una muy ínfima minoría decide sobre la pasión, el tiempo libre y el dinero de nosotros, la amplísima mayoría de los habitantes del estadio?
Hay muchas más preguntas y muy pocas certezas.
Entre esas pocas, una de las razones por las que mientras los hooligans pasaron a ser algo así como una caricatura de un tiempo triste, los nuestros atraviesan una etapa patéticamente rutilante. Los barras ingleses admiten que tanto detestan el statu quo que ni siquiera se acercan a votar. Son confesamente anti sistema.
A los nuestros no les alcanza con ser funcionales al sistema y ofrecer a quien pague una especie de servicio polirubro del terror. Además, le encantaría ser tapa de Gente.
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