La paz que se respira en Pujato, localidad santafesina de menos de 4 mil habitantes, se rompía cuando en los años 80 el equipo en el que jugaba Lionel Scaloni perdía un partido. Podía ser en un recreo durante una jornada escolar, en un entrenamiento de Infantiles Zavallenses o un partido con Sportivo Matienzo. Leo heredó su verborragia para el fútbol de Chiche, su papá, Ángel Scaloni. Y la potenció conforme fue creciendo, se proyectó como futbolista y finalmente se recibió de técnico.
Scaloni tenía un chip de entrenador instaurado en su ser previo a realizar el curso de DT en Europa. Incluso mucho antes de que llegara a debutar como jugador profesional en la Primera de Newell’s y se consagrara con la Sub 20 de la selección argentina. Tenía mañas de veterano, era observador, le gustaba analizar el fútbol más allá del resultado.
Una anécdota relatada por Beto Gianfelici, amigo de su familia y quien dirigió a Lionel en Pujato, lo pinta de cuerpo entero: “Acá se jugaba un torneo nocturno y se podían traer jugadores libres. Matienzo tenía un cupo para traer y fuimos a ver a un jugador en un entrenamiento en otra localidad. Vino Chiche, su papá, que era dirigente del club y estaba en la subcomisión de fútbol. Y obviamente Lionel atrás. Nos pusimos atrás de un arco para ver al 9, pero a él le llamaba la atención un wing izquierdo que era una máquina. Me empezó a tocar la rodilla y me decía ‘mirá el wing, mirá el wing’. Nosotros habíamos ido a ver al 9, pero a él lo asombró el wing como a todos nosotros. En ese momento tenía 10 ú 11 años. Imaginate desde cuándo ya veía el fútbol de otra manera”.

Ya con edad de Primaria, Scaloni podía llegar tarde a un cumpleaños, cancelar una juntada con amigos o postergar cualquier otro plan para ver un partido en directo del fútbol local o los pocos que se televisaban en el extranjero. Paradójicamente nació un mes antes de la primera conquista mundial de la selección argentina en el 78 y tuvo su primera experiencia como hincha con uso de razón en el 86, Mundial de México en el que Diego Armando Maradona tocó el cielo con las manos. Un destino de Selección y gloria.
Hugo Tocalli viajó a La Plata para verlo en acción en uno de sus primeros partidos con la camiseta de Estudiantes. Fue amor a primera vista: terminado ese partido, bajó al vestuario y lo citó para trabajar el lunes siguiente con el Sub 20 en el predio de la AFA en Ezeiza. Sería convocado al Mundial de Malasia de 1997 y también daría muestras gratis de su potencial como entrenador: “Uno estudia a los jugadores para ver lo que necesita el equipo y cuál puede ser su futuro. A él le gustaba mucho lo táctico y le gustaba mucho estudiar. Se preocupaba siempre en eso”.
Y rememoró el asombro que le generó su curiosidad: “Los jugadores suelen tener más confianza con los ayudantes de campo que con los técnicos. Yo era el ayudante de José (Pekerman), entonces Leo siempre venía y me preguntaba cosas a mí: ‘Hugo, vení, vení. ¿Por qué salí? ¿Qué hice mal? ¿Por qué hicieron este otro cambio?’”. Eso no era todo, porque tenía facilidad para plantarse delante de cualquiera: “Hablaba bien. Cuando había algún problema, lo hacía bien tanto con sus compañeros como con los dirigentes. Entonces con esas cosas uno veía que podía ser un líder”.

Su obsesión por la táctica y estrategia se sostuvo e incrementó cuando dio el salto a Europa. Su primer club en el Viejo Continente fue el Deportivo La Coruña, con el que se consagró campeón. Lionel invitó a un par de amigos en la época en la que el cuadro gallego estaba a punto de dar la vuelta olímpica y Santiago Lambertucci, uno de sus íntimos, fue testigo de su ojo de entrenador.
“Fuimos a Madrid y jugaba el Rayo Vallecano. Él conocía a todos los jugadores. El Rayo no era un equipo tan importante como el Real Madrid, pero él se sabía todos. ¿Cómo hacía? Miraba todo. Miraba los resúmenes, todos los partidos que se televisaban... Estudiaba todo, ya de chiquito. Doy fe porque lo viví. Siempre tuvo una cosita de técnico”, fue su confirmación.
A los 30 años, Scaloni desembarcó en la Lazio para iniciar la recta final de su carrera futbolística. Allí militó cuatro temporadas antes de mudarse al Atalanta (donde se retiró). Fue el momento en el que terminó de convencerse de que iba a ser entrenador. Coincidió con un viejo amigo de la infancia y las inferiores de Newell’s, Ariel Ruggeri, que se aventuró a la misma profesión y hoy es Coordinador en el Predio de Malvinas Argentinas, donde se entrenan las infantiles de la Lepra y alguna vez lo hicieron ellos mismos.

“Él llegó de muy corta edad a Primera División y ya era líder. Ya como característica de personalidad se vislumbraba que podía ser. No sé si llegar a la Selección en tan corto período, pero sí tener el perfil de técnico. Es la impresión que tenía yo desde afuera”, revela Ruggeri, conmovido por el buen andar de su ex compañero y amigo con la Albiceleste desde 2018.
A Scaloni la llama de DT se le encendió cuando apenas era un niño. Transitó toda su carrera como futbolista con un destino oculto, pero no imprevisto. No tenía en los planes ser confirmado como entrenador de la Selección Mayor después del Mundial de Rusia 2018, pero las autoridades de la AFA confiaron en él como interino y lo ratificaron por resultados y desenvolvimiento en su función. Ese técnico que siempre tuvo escondido seguramente lo ayudó a adaptarse con facilidad a una coyuntura tan complicada como desafiante. Aquel niño DT se transformó en lo que es hoy. Aquel niño con sueños de futbolista, todavía no había descubierto los que se le despertarían como entrenador. Aquel niño hoy se transformó en el mejor técnico del mundo.
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