
Hoy tiro los apuntes y comienzo por el lado incorrecto: sufrimos porque el árbitro español Mateu Lahoz consumó un arbitraje perverso a través del cual intentó que la selección argentina perdiera su partido. No haré un pormenorizado análisis sobre su actuación, pero diré que agregar diez minutos en un periodo de 45 sin incidencias internas o externas que lo justifiquen es buscar la manera de favorecer a quien va perdiendo por un gol. Diez minutos significan haber agregado más del 20% del tiempo reglamentario. Y Obviamente, a su vez, la mayoría de las decisiones fueron proclives a permitir los foules tácticos de Holanda. Pero no hay campeón que no deba, diría yo, en su camino, sortear adversidades o injusticias.
Volviendo al orden y eximiendo la emoción se podría decir que la muerte no se iguala con el miedo escénico. Y al miedo escénico lo origina el temor a la derrota. Después de sorprenderse como todo el mundo con la eliminación de Brasil frente a Croacia, imagino que el césped del Lusail sería un hirviente piso del infierno como las brasas diseminadas a lo largo y a lo ancho del campo. Pero ese miedo te deja el cuerpo vacío hasta que le llega el alma. Y el alma, cuando llega desapaciblemente, te dará el impulso que impedirá la soledad del cuerpo, serás equipo, serás grupo, serás compañerismo, serás solidaridad y serás triunfo.
Cómo no emocionarse cuando más de 80,000 les hace sentir a sus jugadores la proximidad estando tan lejos. En esos cantos, en esa euforia, en esa esperanza viene la vocinglería de la multitud y las voces de todo el país. Qué maravilla sentir miedo a la derrota, recuperar el alma y poder escuchar a la multitud para dejarlo todo.
Y qué privilegio volver a ver a Messi en acción. Alguien quien de la nada pone frente a tus pies un objeto circular, esférico y manso al que solo hay que impulsar hacia la red para convertir un gol, como el de Molina. Hasta el suplementario Messi disfrutó del partido. Lo advertí cuando iba a golpear el balón en el penal que le hicieron a Acuña y dejó caer la última gota de una espesa saliva, miró al arquero, respiró profundo y se puso frente al balón con la intuición de asegurar el marcador el encuentro. Todo cuando quería era hacer el gol (2-0) para dirigir la vista al palco familiar en el cual Antonela, su mujer, después de tomar al más pequeño de sus hijos en brazos, salió disparada para no ver, vestida siempre igual. Pantalón blanco, blusa azul. Acaso, su cábala más precisa.
Messi juega para ver ese palco después de un gol, sabiendo que todo el país lo está disfrutando de la misma manera. Pero allí está la razón fundamental de su actitud incansable y la búsqueda final del premio que la vida y el fútbol debieran ofrecerle.
Claramente se advirtió en el segmento final del tiempo regular cómo la experiencia del técnico más veterano, Van Gaal, logró una ventajita táctica sobre el más inexperto, Scaloni. Las dos puntas de la vida, el joven y el viejo expresaron en los últimos veinte minutos los recursos del conocimiento. Por eso Holanda se metió en el área de Argentina, presionó y con la complicidad del árbitro alcanzó un empate que pareciera repetirse a través de la historia. Suplementario en el 78 (3-1), suplementario en el 2014 (penales) y nuevamente el Dibu Martínez de hoy fue el Fillol del 78 y el Chiquito Romero del 2014.
Ahora Croacia que eliminó a Brasil y es el último subcampeón mundial. Será un partido sumamente difícil, pero igualmente electrizante. No se admite la monserga que no alcanza con haber logrado estar entre los primeros cuatro del mundo. Basta de pecho frío, basta de que no cantó el himno, basta de que no tiene expresividad en el campo de juego, basta de críticas infundadas que ponen en Messi la propia frustración a nuestra esperanza.
Tener a Messi en el equipo es una bendición disfrutable. Se da en ciclos que abarcan décadas. Venimos de Diego a quien ya no tenemos y podemos ver un nuevo Diego en ese prodigioso jugador a quien no pueden parar ni los rivales ni los árbitros.
Él nos permite soñar con más. Bienvenida Croacia.
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