Era enero. Yo estaba en Mar del Plata, en uno de los balnearios de Punta Mogotes, y de pronto pasó un muchacho con una camiseta de fútbol desconocida. Como a cualquier persona más o menos futbolera, el ignoto elemento me llamó la atención. Me acerqué y noté que, por los auspiciantes boreales, era la camiseta de un equipo mexicano: quizá decía “Tecate”, quizá decía “Caliente”. No lo recuerdo. La cuestión es que el portador notó mi interés y me dijo que el club en cuestión era el Santos Laguna. Y agregó: “Soy amigo de Carlos Izquierdoz, que juega allá”.
En aquel momento Izquierdoz era un defensor que había debutado en Lanús, que había sufrido la última genialidad de Riquelme en La Bombonera (esa patada al aire en un Boca-Lanús de 2014) y después se había ido al magma de dinero que es el fútbol mexicano.
Pero terminó el verano, pasó el año y el 9 de diciembre de ese 2018 Izquierdoz coprotagonizó una imagen y una corrida icónicas: la persecución al Pity Martínez sobre el césped del Bernabéu. La rueda mágica de los caminos del fútbol lo había llevado de los paisajes remotos de Coahuila al centro del fútbol argentino y continental.
Estaba en una ciudad boliviana llamada Yacuiba, en la frontera con Argentina. Había decidido ir al enterarme de que un espectral equipo de ese lugar, el Petrolero del Chaco, se había clasificado a la Copa Sudamericana e iba a jugar un partido casi anónimo, condenado al limbo de Fox Sports 2 si no al inframundo de Fox Sports 3, contra un ignorado equipo ecuatoriano llamado Universidad Católica de Quito.

Al llegar pude cumplir un viejo sueño. Siempre había querido saber cómo es la realidad de un equipo que se desplaza por la inmensidad del continente, aterriza en un lugar preciso y en esa condición tan parecida a la de una expedición militar sale a una cancha desconocida a hacer lo mismo que hace siempre. Yacuiba me dio la posibilidad de averiguarlo porque la Universidad Católica de Quito se hospedó en el Hotel París, que quedaba a una cuadra de donde yo dormía, y porque desayunar en ese hotel, que era el mejor de la ciudad, costaba cuatro dólares e incluso menos si no se hacía opción del buffet de frutas. Así que iba bastante.
Nunca la burbuja de un equipo en viaje me fue tan accesible. Nunca un torneo futbolístico internacional voló tan bajo como para que yo lo pudiera observar de cerca, mezclándome en el hotel con los jugadores y el cuerpo técnico del equipo visitante. Y así fue que conocí a Jorge Célico.
Célico es un director técnico argentino identificado con Huracán pero que desarrolló su carrera casi exclusivamente en Ecuador. En aquel momento dirigía a la Universidad Católica de Quito y por eso yo me lo cruzaba en el Hotel París de Yacuiba.
Célico me generó la mejor de las impresiones. Se notaba que era buen tipo. Y además la circunstancia en que lo conocí era bastante atractiva: estábamos en el confín del fixture de la Copa Sudamericana, en la víspera de un partido que no estaba en los planes de nadie.
Por eso fue grande mi sorpresa cuando meses después lo vi protagonizar un cotejo que podría haber quedado en la historia: aquel famoso Ecuador versus Argentina por las eliminatorias de Rusia 2018. El de los tres goles de Messi en el estadio Atahualpa de Quito. Esa noche Célico dirigió a la selección ecuatoriana. También a él los caminos del fútbol lo habían llevado a un protagonismo insospechado y súbito.
Conocí a Alejandro Otamendi en Cuenca, Ecuador. Él gritaba todo el tiempo. “¡Dale! ¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!”, decía. A veces variaba: “¡Buena! ¡Buena! ¡Buena! ¡Buena!”. O, por qué no, “¡Llegás! ¡Llegás! ¡Llegás! ¡Llegás!”. Impropia del carácter reservado que conserva desde tiempos inmemoriales la gente de los Andes, la retahíla de gritos e imprecaciones estaba justificada por el hecho de que Otamendi era el entrenador de arqueros del Deportivo Cuenca.
Antes de recalar en las soledades andinas su peregrinación por los caminos del fútbol había tenido, como único ámbito, el conurbano bonaerense. Y al conurbano bonaerense volvió Otamendi cuando se terminó su experiencia ecuatoriana. Ahí fue que lo volví a ver: en un entrenamiento de Tristán Suárez, en la localidad de Ezeiza.
Después del entrenamiento lo acompañé al vestuario y él me habló de sus sueños. Tenía ganas de entrenar arqueros en la Primera División de Argentina. Le estaban ofreciendo trabajo en un país de Centroamérica (creo que era Costa Rica) pero el salario no lo convencía. Otamendi siempre hablaba en dólares.
Pasó el tiempo y este año vi aparecer a Otamendi en un destino insospechado: el Melgar de Arequipa, Perú. Formaba parte del cuerpo técnico de Néstor Lorenzo, que se había hecho cargo del equipo. Y lo fui siguiendo en su derrotero por la Copa Sudamericana: compartió el grupo con Racing, al que le ganó un partido, y pasó a octavos, donde venció al Deportivo Cali. Después, en cuartos, se impuso a Internacional de Porto Alegre. Así se clasificó a semifinales.
Semejante campaña hizo que desde Colombia se fijaran en Néstor Lorenzo, que finalmente fue contratado y hoy es el director técnico de la selección de aquel país.

Cuando me enteré de la noticia le mandé un mensaje a Otamendi. Le pregunté si seguía siendo parte del cuerpo técnico de Lorenzo y si él también había ingresado en el plácido mundo de la élite del fútbol mundial: un mundo hecho de hoteles confortables, de prolijos auspiciantes, de peinados y tatuajes. Me respondió al toque y me dijo que sí.
Yo, que lo había visto en Cuenca y en Ezeiza, me alegré mucho por él. Los caminos del fútbol lo habían llevado, finalmente, a rozarse con estrellas globales como James Rodríguez o Radamel Falcao. En cuanto al arquero que tendría que entrenar en la selección colombiana, se trataba apenas de David Ospina: hoy en el Napoli y ayer en el Arsenal londinense.
Y así llegamos a Rogelio Funes Mori. Dueño de una carrera extraña, por lo general envuelto en un aura de cuestionamiento (en 2011 su padre llegó a declarar: “Mi hijo ahora no vale ni doscientos pesos”), el Mellizo debutó en River en 2009, sufrió el descenso y la temporada en el Nacional B, fue parte del plantel que logró al ascenso y después empezó su carrera internacional: jugó en el Benfica B de la segunda división portuguesa, pasó al Eskişehirspor de Turquía y finalmente se asentó en el Monterrey mexicano. Ahí se hizo fuerte: lo hemos visto disputando el Mundial de Clubes en 2019 y 2021 y haciendo goles en ambas ediciones; hasta le hizo uno al Liverpool inglés.
Así fue que saltó a la selección mexicana. Así fue que los caminos del fútbol lo llevaron al partido de hoy en el estadio Lusail.
En las redes se huele el miedo, que es también un asombro, a que Rogelio Funes Mori juegue, tenga una noche inspirada y destruya la ilusión argentina en este Mundial. Si así fuera le agregaría a su imagen, que parecía agotada, nuevas e insospechadas aristas.
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