
En la edición de París, en 1924, por primera vez un equipo sudamericano decidió participar de los Juegos Olímpicos. Como describió Eduardo Galeano en su libro Fútbol a sol y sombra, Uruguay tuvo una actuación extraordinaria en Francia, y uno de los hechos más llamativos que protagonizó en su estadía en Europa fue en los entrenamientos previos al debut con Yugoslavia.
Conscientes de la presencia de espías en las prácticas, los orientales simularon un juego espantoso con errores intencionales para engañar a los espectadores. "Dan pena estos pobres muchachos que vinieron de tan lejos", aseguran que fue el informe de los yugoslavos. Sin embargo, en los compromisos oficiales sorprendieron a sus rivales y encausaron su camino hacia la medalla de oro con un contundente 7 a 0.
Las victorias ante Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Holanda (2-1) y Suiza (3-0) completaron el éxito. Tras la goleada frente a la selección alpina en la final, los campeones aceptaron disputar un desafío en Buenos Aires frente a la Argentina como reconocimiento de su título.

El partido había sido programado inicialmente para el 28 de septiembre, pero ese día sólo se pudo jugar por unos minutos porque el estadio del club Sportivo Barracas estaba desbordado. Incluso un gran número de hinchas había ingresado a la cancha. Sin las condiciones dadas, el encuentro se suspendió y se postergó para el 1 de octubre.
Con más organización, los dirigentes decidieron instalar una malla de alambre sobre todo el perímetro que separaba a las gradas del césped, la que fue bautizada como alambrado olímpico, porque aislaba a los espectadores de los vencedores de París.
Antes del comienzo del cotejo, los locales le pidieron a sus rivales que saludaran a la nutrida concurrencia que había llegado allí para felicitarlos por la hazaña en el Viejo Continente. Así, los once charrúas iniciaron una rápida recorrida alrededor del campo, que los cronistas de la época la bautizaron "la vuelta de los olímpicos". Un festejo que quedó institucionalizado y se repite hasta la actualidad cuando un equipo se corona campeón, aunque su nombre fue reducido a "vuelta olímpica".

Esa misma tarde, el delantero argentino Cesáreo Onzari, quien jugaba para Huracán, logró marcar un gol desde un tiro de esquina. La conquista confundió a los presentes, dado que la mayoría ignoraba que dos meses antes el International Board había reglamentado al córner como tiro libre directo. Ese grito quedó grabado en los diarios de la época como "el gol de Onzari a los olímpicos" y luego quedó registrado como "gol olímpico".
El partido terminó con triunfo criollo por 2 a 1, dado que al tanto del atacante del Globo se le sumó otro de Domingo Tarascone y Pedro Cea descontó para los celestes. Según los registros oficiales, los argentinos festejaron con una imitación de sus adversarios y tuvieron su propia "vuelta olímpica".
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