
En medio del fuego enemigo, Horacio “Puchi” Lauria –hoy coronel retirado del Ejército Argentino– tomó una decisión que marcaría su vida para siempre: no abandonar a un camarada herido. En el monte Kent, arriesgó su propia vida para rescatar al sargento ayudante Raimundo Viltes y protagonizó uno de los episodios de mayor coraje y compañerismo de la guerra de Malvinas. Años más tarde, aquel acto le valdría la Medalla al Valor en Combate.
Mucho antes de la guerra, Lauria ya perseguía una meta que parecía inevitable. “Toda mi vida quise ser militar”, recuerda. Superó obstáculos, atravesó exigentes cursos y consiguió ingresar a las Fuerzas Especiales del Ejército. Cuando estalló la guerra de Malvinas, comprendió que todo lo vivido hasta entonces había sido una preparación para ese momento. En diálogo con DEF, el veterano de guerra revivió su historia.
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En Malvinas: entre el sueño de combatir y la realidad de la guerra
La historia del coronel (retirado) Lauria comenzó mucho antes de ir a Malvinas con la Compañía de Comandos 602, precisamente cuando decidió que quería convertirse en militar. “Quise ser soldado. Me metí al Colegio Militar de la Nación y ahí comenzó mi carrera. No tengo familiares de la Fuerza, aunque mi padre había sido un militar frustrado. Entonces, decidí que me tocaba a mí y, de paso, lo dejaba contento al viejo. Aunque, debo decir, resulté bastante indisciplinado, pero me pudieron encarrilar”, recuerda, con humor.
Durante esos primeros años de carrera, Lauria confirmó que había acertado en su elección profesional: ser militar era su vocación.
¿Te imaginaste que ibas a terminar participando de una guerra? “Es como el médico cirujano, que solo quiere operar. Bueno, como militar, yo deseaba ejercer y poner en práctica todo lo que había aprendido. Estaba enloquecido. Aunque después de lo que me tocó vivir, te puedo decir que una guerra es lo peor que le puede pasar al ser humano. Sufrimiento, incertidumbre, hambre, calor, sueño, frío y muerte. Eso es la guerra”, responde Lauria.
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El deseo de ir a Malvinas
“Era comando y, como tal, estaba probado para enfrentar las peores situaciones. Siempre digo que la única manera de detener a un comando es con un tiro en el pecho, no hay otra forma”, comenta.
En 1982, ya con el grado de teniente primero y una familia –esposa e hijos de 6 y 4 años y otro de 11 meses– se encontraba en Salta, pues ahí lo había destinado el Ejército Argentino. De todas maneras, el casamiento de su cuñado lo llevó a Buenos Aires. Estaba en el medio de la fiesta cuando el padre de la novia tomó el micrófono y anunció una noticia: las Malvinas habían sido recuperadas. Esa madrugada del 2 de abril los sorprendió a todos entonando las estrofas del Himno Nacional Argentino. En la cabeza de Puchi, rondaba una sola idea: tenía que participar de esa operación militar.
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Apenas regresó a Salta, armó el bolso y esperó a que lo convocaran. Incluso, fue a ver a uno de sus jefes y se le plantó: “Quiero ir a Malvinas”. “Usted está loco. De acá no se mueve”, le respondieron.
Pero ese joven soldado sabía que, tarde o temprano, alguien lo llamaría. Por eso, como oficial de cifrado de la unidad, cada vez que llegaba un mensaje encriptado y lo convocaban para traducirlo, buscaba su nombre en cada renglón.
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Un día, hacia mediados de mayo, organizó una cena con un grupo de amigos salteños. Avisó en el trabajo que, si llegaba algún mensaje, debían ubicarlo en determinado lugar y número telefónico. “Como era el oficial de cifrado, tenía que avisar por cualquier cosa. A eso de las 10 de la noche, me llamaron. Avisé que volvía enseguida y me fui al cuartel”, describe.
“Se tienen que presentar en la Escuela de Infantería dentro de 24 horas los números…”, comenzó a leer. Creyó ver el suyo. Finalmente, lo confirmó: “¡Era yo! Tiré todo, agarré el auto y me fui volando a decirle a mi esposa. Yo estaba enloquecido de alegría. Ella se puso a llorar”.
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“No hubo forma de retenerme. Me tomé el primer avión a Buenos Aires y, de ahí, a la Escuela de Infantería, en Campo de Mayo. Me llevé todo: fusil, casco, bolsón portaequipaje y mochila”, recuerda, no sin antes aclarar que, al regresar de la guerra, el clima fue totalmente distinto: “En Campo de Mayo, debí dejar todo mi equipo, así que al volver lo debía llevar a Salta. En ese viaje, en cambio, me quisieron cobrar sobrepeso por el equipaje”.

¿El contexto? El 21 de mayo habían desembarcado los británicos en las islas Malvinas. En el archipiélago, la suerte estaba echada. “El enemigo había puesto pie en tierra, estábamos jugados”, resume Lauria.
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La despedida previa a Malvinas
Ya en Campo de Mayo, Lauria se sumó a los más de 40 efectivos que habían sido seleccionados para integrar la Compañía de Comandos 602.
“Me despedí como para no volver. Si regresaba, mejor. Pero, para el momento en el que yo fui a la guerra, la situación estaba difícil: ya era 27 de mayo. Fui convencido de darlo todo. No temía por mi vida, sí por la de mi familia, porque pensaba en la noticia que recibirían si me pasaba algo. Pero bueno, fui”, cuenta. Aunque luego aclara que tuvieron que atravesar algunas peripecias para poder llegar, ya fuera por cuestiones climáticas o técnicas del avión.
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“Señores, tienen tres minutos para abandonar el Hércules”, les dijeron a los comandos los pilotos de la Fuerza Aérea cuando el avión aterrizó en las islas. Cuando se abrieron las compuertas, la euforia inicial quedó atrás: había camillas y heridos por todos lados.
“De todas maneras, el bajar del avión y tocar suelo malvinense fue una emoción indescriptible. Fue la primera vez que lloré en Malvinas. Fue un llanto de alegría. Besé nuestro suelo. Realmente, queríamos combatir y ayudar en la recuperación definitiva y total de Malvinas. No pudo ser”, dice y agrega que, enseguida, debieron prepararse para las misiones que les dieron. Para él, la primera llegó el 28 de mayo.
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Monte Kent, la emboscada que nadie esperaba
El 28 a la madrugada, le llegó a Lauria la primera misión: debían tomar el monte Kent, establecer una patrulla y, desde ahí, operar detrás de las líneas enemigas.

“¿Para qué establecer una base de patrulla? Para dejar todos los abastecimientos enterrados en ese lugar y después pegarles en la retaguardia de los ingleses. Partimos en helicópteros y, al llegar, Andrés Ferrero, quien estaba a cargo de la patrulla, me dijo: ‘Hacete cargo, que me voy con Maqueda y Oviedo a hacer un reconocimiento. Cuando veas la señal de luz, avanzás en esa dirección’. Eran cerca de las ocho de la noche”, relata Puchi.
Los minutos corrían y la ansiedad empezaba a tomar forma. Lo tranquilizaba pensar que, en teoría, los británicos se encontraban a más de 30 kilómetros del lugar. “Finalmente, la luz. Avancé y, cuando me faltaban unos 40 metros para llegar a la cumbre del monte Kent, se abrió fuego sobre nosotros. Éramos carne de cañón porque estábamos totalmente a la intemperie y subiendo una pendiente. Los ingleses nos hicieron una emboscada, nos estaban esperando. Se desató un infierno”, cuenta, al tiempo que recuerda que las rasantes luminosas les pasaban a centímetros de la cabeza. Puchi estaba confundido: si los ingleses estaban lejos, ¿quién los atacaba?
El rescate del sargento Viltes bajo fuego británico
“Cuando escuché que alrededor hablaban en inglés, me paralicé a raíz de la sorpresa. Fueron fracciones de segundo hasta que entendí que habíamos caído en una emboscada. Abrí fuego. Además, había perdido al resto de la patrulla. Fue entonces cuando sentí un grito: ‘Ayúdeme. Me hirieron en una pierna’”, recuerda Lauria sobre aquella trágica jornada.
Quien pedía auxilio era el sargento ayudante Raimundo Maximiliano Viltes: tenía un tiro en el talón.

“Hay dos formas de salir de una emboscada: o contraatacando o replegándote. Yo no podía ir por la primera opción, no tenía apoyo de fuego de artillería ni de morteros, solo mi fusil. Así que le dije a ese hombre que dejara su mochila”, cuenta Lauria, quien, por entonces, no conocía al suboficial. Es decir: ambos habían salido hacia Malvinas desde la Escuela de Infantería del Ejército, pero no se habían cruzado nunca.
Ahora, el destino los había reunido y debían iniciar el repliegue. Simultáneamente, los británicos comenzaron a encender bengalas para poder ubicarlos. El cielo estaba nublado y había empezado a nevar. Puchi aplicó los conocimientos en el tema: cuando el enemigo ilumina el terreno, hay que permanecer inmóvil y buscar camuflarse con el terreno. “No nos veían. Así que, cuando se apagaba la bengala, seguíamos avanzando. En un momento, cuando iluminaron, en vez de permanecer con la cara mirando hacia la turba, miré al cielo. Pude ver las estrellas y logré orientarme. Fue el momento justo y necesario, porque en segundos comenzó a nevar nuevamente”, aclara, al tiempo que comenta que, tras recorrer unos diez metros, encontró al sargento ayudante José Luis Núñez: “Con él, cargamos a Viltes para replegarnos. Porque, además, en el camino, nos encontramos con un río de piedras que, si uno intenta cruzar, se patina. Nosotros, a pesar del fuego inglés, la nieve y el río, no tuvimos ni un rasguño”.
Para Lauria, aquel episodio no fue una simple coincidencia: “Para mí, dejó de ser un factor de suerte. Los disparos picaban a los costados, pero no nos pegaron. Fue el manto protector de la Virgen. Se me pone la piel de gallina”.

La hazaña heroica de Lauria
Tras el repliegue, Lauria decidió ir hacia monte Estancia. Mientras avanzaban, se cruzaron con una fracción de unos 12 supuestos ingleses: “Sonamos. Nos pusimos cuerpo a tierra. A cada uno, le di la posición de observación y fuego, y les dije: ‘Señores, cuando yo les diga que tiren, ustedes lo hacen’. Quería tener la seguridad de saber que, si bien íbamos a caer, nos íbamos a llevar puestos a un par. Pero un grito nos salvó: ‘¡Argentina, viva la Patria!’. Era una fracción de la Compañía de Comandos 601. Ellos habían escuchado el combate y habían ido a ver qué estaba pasando”.
Una vez que llegaron a monte Estancia, Lauria y los suyos se reunieron con el resto de la patrulla con la que habían ido hacia el monte Kent. Allí le hicieron primeros auxilios a Viltes y pasaron la noche. Al día siguiente, buscaron ir hacia Puerto Argentino. Pero, otra vez, el destino los ponía a prueba: era imposible cargar a Viltes, quien lo intentaba, se enterraba en la turba malvinense.
Una orden de Andrés Ferrero movilizó a Lauria: “Viltes se queda acá con un enfermero”. Enseguida, Puchi le pidió un momento a Andrés, un amigo de toda la vida. “Escuchame, me lo traje 14 horas, ¿y lo vas a dejar? Me quedo con él”, le dijo, convencido de que eso lo iba a hacer cambiar de decisión. No salió como esperaba: a Ferrero le pareció una buena idea.
Lauria vio partir a sus compañeros. No lo dejaron solo: prepararon una cueva en la nieve y le dieron un par de granadas, munición, dosis de morfina y una ración de combate.
“Me quedé con Viltes y empezó otra fase del famoso monte Kent. Pasé tres noches. Durante el día, me iba fijando qué posiciones podíamos ocupar por si no me venían a buscar. A medida que pasaba el tiempo, me autoconvencía de que no vendrían por nosotros. Eso fue lo mejor que me pudo pasar, sabía que la salvación estaba en mí”, dice Lauria.
La amistad en la guerra
La cuestión es que, mientras de día observaba las posibles posiciones, de noche las preparaba. Luego, cargaba a Viltes y lo trasladaba: “Una mañana, vi pasar helicópteros británicos con tropa y material. Sabía que debía apurarme porque, si no, quedaría en medio de las posiciones enemigas. Pero yo no daba más. Lo único que pensaba era cómo iba a decirle a ese hombre –que, pese a estar herido, jamás se quejó– que nos teníamos que mover”.
Le administró a Viltes la dosis de morfina que necesitaba. Y, al ver que mejoraba, le comunicó la decisión: “Negro, no nos va a venir a buscar nadie. Nos tenemos que ir, pero no te puedo cargar. Lo bueno es que vos, en las rodillas y manos, no estás herido, así que te podés colgar el fusil y gatear”.

Antes de partir, Puchi le armó unas rodilleras con el forro interno de su abrigo. Además, le pidió a Viltes que se colocara los guantes. Así empezaron la travesía para poder sobrevivir.
“Viltes, un fenómeno. A medida que pasaba el tiempo, nos desprendíamos de los ingleses. Finalmente, nos encontramos con la patrulla de Mauricio Fernández Funes –enviada por Ferrero–, que nos venía a rescatar”, relata sobre el momento de emoción y abrazos que fue coronado con un escape, casi de película, en las motos de la patrulla. “Nos reinfiltramos bajo fuego de artillería inglesa, al costado explotaban los proyectiles”, dice, mientras detalla cómo fue ese regreso a Puerto Argentino, donde Viltes pudo recibir todos los cuidados médicos: “Lamentablemente, a él le amputaron la pierna. Pero salvó su vida. Hace un año, recibí la triste noticia de su fallecimiento. Tuvo una vida muy intensa, como ser humano, padre de familia, amigo y miembro del Ejército. Lo voy a tener en el corazón para siempre”.
Silencio y regreso: el 14 de junio en Malvinas
El 14 de junio de 1982, el cese del fuego lo agarró a Lauria –y a otros comandos– a una distancia de 800 metros de Puerto Argentino. “De repente, el fuego cambió de dirección. Tiraban con todo. Parecía que Puerto Argentino se hundía. Nosotros veíamos todo como si estuviésemos en un anfiteatro, era de terror. De golpe, no pasó más nada. No se escucharon más disparos”, describe sobre esos minutos que cambiaron la historia.
“Fue la segunda vez que lloré en Malvinas. No podía aceptar la rendición”, concluye. Lo que siguió es una historia común a varios veteranos de guerra: tras ser tomados como prisioneros, regresaron en los buques.
“Estoy orgulloso de haber combatido, pero me siento triste por no haberlas recuperado y por haber defraudado a mi país. Es necesario que no nos olvidemos nunca de los muertos que quedaron en Malvinas, de que las islas son nuestras y de que tenemos el compromiso, con las futuras generaciones, de recuperarlas de forma diplomática. Nunca más una guerra”, finalizó.
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