La sociedad global, casi en su totalidad, ha decretado el fin de la pandemia. Lejos de cualquier consideración sobre el número de los contagios, lo ha hecho agotada por el aislamiento y las medidas preventivas, los muchos abusos sobre las libertades individuales y la infinidad de duelos sin cerrar, sumados a los problemas económicos, familiares, psicológicos y sociales. Toda esta situación se convirtió en un combo desconocido en la historia universal, ya que afectó a todos y en forma simultánea: un caso inédito amplificado por la tecnología y la comunicación global.
Dentro de este panorama desolador, el iceberg apenas asoma la cabeza, con la multiplicidad de problemas que aún quedan por enfrentar e, incluso, algunos por descubrir: cómo reaccionarán en el futuro los niños y preadolescentes que no socializaron en etapas claves de la vida; cómo se recuperarán quienes perdieron todo, incluido el trabajo informal durante años; qué ocurrirá con la escasez de alimentos y la falta de energía, afectada por esta conocida causa y acrecentada por una guerra absurda e inoportuna, a sabiendas de que nunca es oportuna la violencia. Nos toca vivir tiempos complejos, que multiplican varias veces los problemas que vive el planeta.
Los coletazos de la guerra en Ucrania
Así, en muy pocos meses, la condición estratégica de Rusia y Ucrania –fruto de su ubicación privilegiada y de la provisión de energía y de granos– hizo que, a la fragilidad que ya vivían por los problemas que ocasionaba el virus en sus mil variantes, muchos países sumaran una serie de circunstancias preocupantes. Por un lado, el crecimiento del valor de los alimentos: los costos de transporte se han duplicado, y los índices de precios de los granos y fertilizantes –cuyos porcentajes son muy elevados en las exportaciones de Rusia y Ucrania– ya aumentaron. Esos valores se dispararán en los próximos meses, con el peligro de provocar gigantescas hambrunas en lugares del planeta diametralmente alejados de la zona de conflicto: los países africanos y latinoamericanos se encuentran entre los principales afectados.
A la ya dura situación energética mundial, con precios en alza desde 2022, se sumaron los bloqueos de la OTAN a Rusia por la invasión. Los combustibles tocaron valores récord con la consabida incertidumbre sobre el desabastecimiento y sus consecuencias en todas las actividades humanas, y la proximidad de los crudos inviernos en el hemisferio norte.
Crisis migratoria y drama humanitario
Por último, la guerra también incentivó la crisis migratoria, que incorporó a más de cinco millones de ucranianos que cruzaron sus fronteras a países vecinos. La visibilidad de este tremendo drama humanitario ha atraído la atención de la ONU y las ONG vinculadas al tema, pero, al mismo tiempo, con los escasos recursos de estos tiempos, los organismos han desatendido o reducido su apoyo a otros países con problemas de emigrados, expulsados o refugiados endémicos que dependen de la ayuda internacional, algunos en situación de pobreza extrema.
Seguramente, a ninguno de nosotros nos dirá nada el valle de Bekaa, en el Líbano; o el refugio de Zaatari, en Jordania; ni Darfur, en Sudán; las cercanías de Edirne, en Turquía; ni Opatovac, en Croacia. Sin embargo, esos lugares son solo una mínima expresión de las zonas donde el hambre y la desnutrición, el maltrato y las violaciones, y la ausencia del más elemental derecho representan la infame vida por la que pasan millones de refugiados en el mundo. Como bien es sabido, en la crisis, el más desposeído es quien más sufre, y de los desposeídos, la niñez es la más dolida: un puesto desgraciado que nadie les quita a estos migrantes que circulan sin destino a la buena de Dios.
Desarraigo, abusos y xenofobia
¿Por qué nos detenemos con tanto ahínco en este tema, que es solo una parte del trágico momento que vive la humanidad toda? Porque, en toda crisis, el pago más elevado lo llevan los más vulnerables. Entonces, los más de 100 millones de refugiados o desplazados viven un día a día difícil de imaginar, cuando se soportan condiciones extremas. Las desgracias que padecen quienes en el mundo tuvieron dificultades que los doblegaron, deprimieron o enfermaron con justa razón son apenas un fragmento de los que, en la misma situación, llevan además el sello de refugiados o desplazados, con los mismos problemas, pero sin ningún derecho.
Los refugiados sufren graves dificultades de integración, fuerte desarraigo y exclusión social. Presentan, asimismo, carencias en su estructura familiar, falta de acceso a la documentación y falta de derechos vinculados a la atención médica básica. Se ven sometidos a todo tipo de abusos, lo que se convierte en un fermento para la xenofobia, la trata y el tráfico ilegítimo de personas. Por otro lado, la falta de acceso a la educación golpea al 70 % de estas personas, lo que las transforma en míseros desocupados o en tan solo mano de obra barata carente de derechos laborales.
Viven, a veces durante años, en centros temporales, en condiciones de hacinamiento, sin los mínimos servicios acordes a los más básicos derechos humanos. Y, por último, es fundamental considerar lo no cuantificable pero esencial en este gigantesco y desvalido grupo humano internacional: los traumas, los problemas psicológicos y el abandono de sus costumbres; el dolor por la tierra propia abandonada; el insomnio y las pesadillas del aislamiento de una vida que ya no existe tal como la conocieron.
Repensar los instrumentos y las soluciones
Esta situación debe ser atendida de manera inmediata, global y con gigantesco apoyo económico, a pesar de la crisis mundial. De no hacerlo, una tibia respuesta generará, en un muy corto plazo, consecuencias incontrolables en lo social y también en la cantidad de recursos que se necesitarán para encontrar una solución viable y asequible.
Los pronósticos serios son muy pesimistas en aspectos claves que hacen a la cuestión. Hacia fines de este año, de acuerdo con “The World Population Prospects 2022″, de la ONU, la población mundial alcanzará los 8000 millones de personas, de las cuales, más de 800 millones no tendrán garantizada la alimentación básica y pasarán hambre. Según el indicador elaborado por la ONG alemana Deutsche Welthungerhilfe y la irlandesa Concern Worldwide, 47 países del mundo sufren hambruna extrema, alarmante o seria.
Hace pocos meses, la Organización Mundial de la Salud elaboró un informe sobre la grave situación global en materia sanitaria, producto de conductas ambientales evitables, y de decisiones políticas, sociales y comerciales desacertadas. El estudio muestra que más del 90 % de las personas respiran aire insalubre, a lo que se suma la degradación del suelo, la escasez del agua y la contaminación de los océanos, lo que genera gravísimos problemas en la humanidad. La manifiesta desigualdad de las sociedades que conforman el tejido mundial obliga a repensar seriamente y de inmediato este ciclo de destrucción del planeta y de las injusticias en el manejo de la salud en el marco de las naciones.
La gobernanza global de un drama planetario
Todas estas realidades auguran tiempos muy difíciles para todos y, seguramente, insoportables para los más de 100 millones de refugiados y desplazados en el mundo. La ayuda humanitaria es fundamental, pero no representa ninguna cura a la situación, sino tan solo un paliativo. La nueva respuesta está en promover estabilidad y en que la gobernanza global ejerza con seriedad y firmeza las responsabilidades que están manifestadas en los propios documentos que generaron la creación de cada una de estas organizaciones.
Se prevén tiempos de posible estanflación mundial, ya está definida la viruela del mono como una emergencia mundial y no se vislumbra en un futuro cercano el fin de la guerra que afecta la economía global.
Esperemos que el 20 junio del año que viene, Día Mundial del Refugiado, estos tristes antecedentes hayan encontrado respuestas serias que no nos avergüencen como sociedad, esa misma sociedad que genera tecnología y ciencia cuyo asombro apabulla, y, en otros aspectos, parece vivir aún en la época de las cavernas.
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